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Hay noticias que, por repetirse demasiado, corren el riesgo de dejar de sorprender. Un choque en una esquina, una moto contra un auto, una ambulancia que llega, un traslado al Hospital Municipal, algunos vehículos destrozados y, después, el tránsito que vuelve a ponerse en marcha. Al día siguiente, o apenas unas horas más tarde, la escena vuelve a repetirse en otro punto de Necochea.
Los últimos días ofrecen un nuevo capítulo de una problemática que ya no puede ser mirada como una sucesión de hechos aislados. El tránsito de la ciudad continúa dejando un registro cotidiano de colisiones, personas heridas, vehículos dañados y situaciones que, aunque en muchos casos no terminan en consecuencias graves, vuelven a poner sobre la mesa la necesidad de discutir qué está pasando en las calles y qué se puede hacer para evitarlo.
Un repaso por las publicaciones de Ecos Diarios permite dimensionar, al menos parcialmente, la frecuencia con la que se producen estos episodios. El 5 de septiembre, dos automóviles chocaron en avenida 75 y calle 68. El impacto fue suficientemente fuerte como para que uno de los vehículos hiciera un trompo y terminara en el carril contrario. No hubo heridos, pero el episodio terminó con una pelea a golpes entre los dos conductores. La discusión posterior al accidente agregó una escena que también forma parte de la problemática vial: la violencia y la dificultad para manejar los conflictos que se producen detrás del volante.
Tres días después, el 8 de septiembre, otro choque entre dos automóviles, esta vez en calles 55 y 72, dejó importantes daños materiales aunque sus conductores resultaron ilesos. El episodio demandó la intervención del Comando de Patrullas, de la División Tránsito y del servicio de emergencias.
Pero la sucesión de hechos tomó otra dimensión el 11 de septiembre. Ese día, en la esquina de calles 63 y 80, dos automóviles protagonizaron una violenta colisión. Uno de ellos terminó contra un poste de madera ubicado sobre la vereda. Las ocupantes salieron por sus propios medios y no necesitaron ser trasladadas al hospital. Horas antes, en avenida 75 y calle 28, una moto y una camioneta habían protagonizado otro siniestro que dejó a un joven motociclista con heridas y derivado al Hospital Municipal Ferreyra.
No fue una jornada excepcional. Al día siguiente, el 12 de septiembre, un motociclista fue embestido por un automóvil frente al semáforo de avenidas 59 y 74. El hombre sufrió golpes y fue llevado al hospital, aunque posteriormente recibió el alta médica. La acompañante de la moto y el conductor del automóvil resultaron ilesos.
El 15 de septiembre volvió a aparecer la combinación que tantas veces se encuentra en las crónicas policiales: una motocicleta y un automóvil. En la intersección de avenidas 75 y 98, una Motomel de 110 centímetros cúbicos chocó contra un Chevrolet Corsa. La conductora de la moto sufrió golpes leves y fue asistida en el lugar. No necesitó ser trasladada al hospital. Sin embargo, el episodio tuvo otro dato: la motocicleta fue secuestrada porque su conductora no contaba con la documentación requerida para circular.
Al día siguiente, la escena se trasladó a 75 y 18. Allí colisionaron un Peugeot 308 y una Honda 150. El conductor de la motocicleta, un hombre de 80 años, sufrió golpes y fue trasladado al hospital. La propia crónica de Ecos Diarios aportó un dato que debería llamar la atención: se trataba del tercer choque registrado durante esa mañana en distintos sectores de la ciudad.
Y cuando todavía no había terminado la semana, el 17 de septiembre, una nueva colisión volvió a involucrar a una motocicleta. En la esquina de calles 63 y 52, una Motomel Blitz chocó contra un Toyota Corolla y el conductor del rodado menor tuvo que ser trasladado al Hospital Municipal. Nuevamente aparecieron en la escena efectivos policiales, personal de Tránsito, Defensa Civil y una ambulancia del SAME.
El repaso no pretende convertir una serie de noticias policiales en una estadística oficial de siniestralidad. Las publicaciones periodísticas no reemplazan un registro integral y sistemático de todos los accidentes ocurridos en la ciudad. Tampoco permiten establecer, por sí solas, cuáles fueron las causas de cada colisión. En varios de los episodios mencionados, precisamente, las circunstancias permanecían bajo investigación.
Pero hay algo que sí permiten hacer: observar una realidad que aparece repetidamente frente a los ojos de todos.
Necochea tiene un problema con el tránsito.
Y decirlo no significa señalar a un único responsable. Sería demasiado sencillo reducir cada accidente a una infracción, a una mala maniobra, a la imprudencia de un conductor, al estado de una calle o a la falta de controles. La realidad suele ser bastante más compleja.
En las calles conviven automóviles, motocicletas, bicicletas y peatones. Hay esquinas de intensa circulación, avenidas que concentran buena parte del movimiento urbano y una cantidad importante de motos que forman parte del paisaje cotidiano. Hay conductores experimentados y otros menos habituados al tránsito; personas que respetan las normas y otras que las incumplen; vehículos en buenas condiciones y otros cuya situación puede no ser la adecuada.
También hay una dimensión cultural.
El tránsito no es solamente una cuestión de inspectores, multas o semáforos. Es, fundamentalmente, una cuestión de convivencia. Cada persona que se sienta detrás de un volante o se sube a una moto toma decisiones que pueden afectar la vida de los demás. Una velocidad excesiva, una distracción, una maniobra imprudente, el desconocimiento de una prioridad de paso o simplemente la falta de atención pueden convertir una situación cotidiana en un accidente.
Por eso, frente a la repetición de estos hechos, la pregunta no debería ser solamente cuántas multas se hicieron esta semana o cuántas motos fueron secuestradas. También habría que preguntarse qué se está haciendo para que el próximo choque no ocurra.
La presencia de Tránsito y de las fuerzas de seguridad después de cada accidente resulta indispensable. También lo son las pericias, la asistencia médica y el control de la documentación. Pero actuar después del choque es, por definición, llegar cuando el riesgo ya se convirtió en daño.
La discusión importante es la prevención.
Eso supone controles, pero también educación vial. Supone revisar aquellos lugares donde los accidentes se repiten, analizar la señalización, evaluar la visibilidad en las esquinas, observar el funcionamiento de los semáforos y estudiar los horarios y sectores donde se concentran los siniestros. Supone, además, contar con información pública que permita conocer cuáles son los puntos más conflictivos y qué tipo de accidentes se producen con mayor frecuencia.
Y supone una responsabilidad que no puede recaer exclusivamente en el Estado.
También hay una tarea que corresponde a quienes circulamos todos los días por la ciudad. Frenar en una esquina no debería depender de que haya un inspector. Usar casco no debería depender de una multa. Respetar una señal de tránsito no debería depender de la presencia de una cámara. Dar prioridad a un peatón o reducir la velocidad cuando las condiciones lo exigen debería formar parte de las conductas básicas de cualquier persona que participa del tránsito.
El problema es que, con el paso del tiempo, la repetición puede generar acostumbramiento. Un nuevo choque se incorpora rápidamente a la conversación cotidiana y después desaparece. Se arregla un vehículo, se reemplaza un paragolpes, se hace la denuncia al seguro y la vida continúa. Hasta que vuelve a sonar una sirena.
El verdadero costo de la inseguridad vial, sin embargo, no se mide solamente en chapa abollada.
Está en las horas de una familia esperando noticias afuera de una guardia. Está en una persona que debe recuperarse de una lesión. Está en quienes quedan con secuelas. Está también en el temor que genera cruzar determinadas avenidas o circular en moto por una ciudad donde los accidentes forman parte demasiado frecuente de las noticias.
Los últimos antecedentes publicados por Ecos Diarios no permiten afirmar que Necochea esté atravesando una determinada tasa de siniestralidad sin contar con estadísticas oficiales completas. Pero sí muestran una sucesión de hechos que merece atención: en menos de dos semanas, distintas esquinas de la ciudad volvieron a ser escenario de colisiones, con motociclistas entre los protagonistas de varios de los episodios y con varios traslados al Hospital Municipal.
No hace falta esperar una tragedia para volver a hablar del tema.
La seguridad vial suele ocupar el centro de la conversación cuando un accidente tiene consecuencias irreparables. Después, con el paso de los días, vuelve a perder espacio. El desafío consiste justamente en evitar que la discusión dependa de una tragedia.
Necochea necesita discutir su tránsito antes de que las estadísticas se conviertan en nombres y apellidos.
Porque detrás de cada choque hay algo más que dos vehículos que se encuentran violentamente en una esquina. Hay personas. Hay familias. Hay responsabilidades. Y hay una pregunta que vuelve a quedar planteada después de cada sirena: ¿cuánto más vamos a esperar para asumir que el problema no está en el accidente de hoy, sino en la forma en que estamos construyendo, o permitiendo, el tránsito de todos los días?
Una ciudad que se acostumbra a chocar corre el riesgo de acostumbrarse también a las consecuencias.
Y eso es precisamente lo que no debería suceder.
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