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La aprobación por unanimidad del nuevo pliego para concesionar el transporte público de pasajeros representa bastante más que un trámite administrativo para el Concejo Deliberante de Necochea. Después de dos llamados que quedaron desiertos, el distrito necesita encontrar una salida a un problema que se prolonga en el tiempo y que tiene como principales perjudicados a los usuarios, los trabajadores y una ciudad que no puede organizar su movilidad sobre la base de prórrogas sucesivas.
El acuerdo alcanzado entre el Departamento Ejecutivo y los distintos bloques del cuerpo deliberativo es una señal positiva. No porque garantice que esta vez habrá oferentes, sino porque permitió revisar las condiciones que no consiguieron despertar el interés de ninguna empresa. La experiencia de las dos convocatorias anteriores dejó una conclusión difícil de eludir: insistir con un esquema que el mercado no acepta no conduce a una solución. Había que modificarlo.
El nuevo pliego busca justamente eso. La concesión se proyecta por veinte años, con posibilidad de una extensión adicional, y establece un sistema de nueve líneas, de las cuales cuatro serán obligatorias (502, 510, 511 y 512) y cinco optativas. La línea 502 absorberá parte del recorrido que hasta ahora correspondía a la 503. También se flexibilizaron exigencias vinculadas con la cantidad de unidades, las frecuencias y los recorridos, con una flota mínima de 16 colectivos para cubrir las prestaciones obligatorias. A la vez, las ofertas podrán obtener mejores puntajes si incluyen una mayor cantidad de líneas y recorridos, y se contemplan criterios relacionados con la antigüedad de las unidades.
La modificación apunta a encontrar un equilibrio que hasta ahora no apareció: construir un pliego suficientemente atractivo para las empresas sin resignar cobertura, calidad y controles. Porque una licitación puede ser económicamente viable para un prestador y, sin embargo, resultar insuficiente para los vecinos si deja barrios con menos frecuencias o recorridos que no responden a sus necesidades.
Por eso, la flexibilización no debería confundirse con una renuncia a las obligaciones del concesionario. El nuevo esquema también incorpora herramientas de fiscalización, controles sobre las unidades y las frecuencias, seguimiento mediante GPS y garantías para los trabajadores, incluida la continuidad laboral con reconocimiento de la antigüedad. El desafío consiste en que esas exigencias no queden reducidas a una enumeración de buenas intenciones, sino que se traduzcan en mecanismos efectivos de cumplimiento durante los veinte años de concesión.
En ese escenario aparece una novedad que merece atención: la posible participación de la Compañía de Transportes Necochea, la empresa que actualmente presta el servicio y que no se presentó en los dos llamados anteriores. Su representante, Érica Giancarelli, anticipó que la firma tiene intención de adquirir el pliego y evaluar una oferta, aunque la decisión definitiva dependerá de las condiciones establecidas. No es todavía una candidatura formal ni una garantía de que vaya a competir, pero sí una señal relevante.
La pregunta es inevitable: ¿Qué cambió para que la actual prestataria vuelva a considerar una participación que antes no concretó? La respuesta deberá buscarse en las condiciones del nuevo pliego, en la estructura económica del servicio y en las posibilidades reales de sostener una operación que exige inversiones, unidades disponibles, personal y una organización capaz de responder a las necesidades de Necochea y Quequén.
Existe, también hay que decirlo, una situación muy compleja para la mencionada empresa y para los usuarios. Estos últimos han mostrados sus quejas casi permanente para quien presta el servicio; y la primera, hasta el momento siempre ha dicho que no es viable la funcionalidad del transporte, pero sin embargo volvería a presentarse con la idea de mantener el control de los colectivos.
La eventual presentación de la empresa local también introduce un elemento particular. Su conocimiento de los recorridos, de la demanda y de las dificultades cotidianas puede representar una ventaja operativa. Pero esa experiencia no debería transformarse en un privilegio ni anticipar el resultado. Si aparecen otros interesados, todos deberán competir bajo las mismas reglas y con criterios de evaluación transparentes. La continuidad de la prestataria actual no puede darse por descontada, del mismo modo que tampoco corresponde descartarla por no haber participado en los procesos anteriores.
La aprobación unánime del pliego despeja una etapa, pero no resuelve el problema. El paso siguiente será comprobar si las nuevas condiciones consiguen transformar el interés potencial en ofertas concretas. Después habrá que evaluar esas propuestas y determinar si alguna reúne las condiciones necesarias para garantizar un servicio regular, accesible y sostenible.
Mientras tanto, el transporte sigue funcionando bajo una prórroga que busca asegurar la continuidad de las prestaciones. Esa solución transitoria es necesaria, pero no puede convertirse en un modelo permanente de gestión. Cada extensión contractual posterga una definición que la ciudad necesita para planificar su futuro.
Los dos llamados desiertos dejaron una advertencia. La aprobación del nuevo pliego abre una oportunidad para corregir el rumbo, pero el éxito no se medirá por la unanimidad de los concejales ni por la cantidad de páginas del documento. Se medirá por algo mucho más concreto: que haya empresas dispuestas a competir, que el servicio responda a las necesidades de los vecinos y que Necochea deje de vivir pendiente de la próxima prórroga.
El título de aquella canción de Fito Páez, incluida en “El amor después del amor”, parece ofrecer una imagen apropiada para describir el camino que ha recorrido el transporte público de pasajeros en Necochea. Un tránsito complicado, con obstáculos, desvíos y más de una pared que parece difícil de atravesar. Después de dos licitaciones desiertas, la aprobación de un nuevo pliego por parte del Concejo Deliberante abre otra posibilidad para encontrar una salida. Pero, como suele ocurrir, entre la intención y el destino todavía queda un trecho por recorrer.
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