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Hacía tiempo que el otoño no adelantaba su llegada como este año.
Carola se llamaba. En las tardes se sentaba junto al ventanal frente al mar, le gustaba escribir; el sonido de las olas la llenaban de nostalgia. Se quedaba ahí por horas, hasta que los últimos rayos del atardecer dejaban de iluminar sus hojas.
Fue la noche del primer viernes del mes que, mientras dormía, se ahogaba, el fuerte golpe del postigón la despertó. Agobiada se sentó en la cama cubriéndose el rostro con las manos. “No fue un sueño”, dijo. “Hay fantasmas en las sombras, están entre las cortinas”. Susurrando bajo extendió la mano y encendió el velador. Afuera la luna seguía su viaje, la oscura noche de a poco se retiraba.
Esa madrugada no dejó caer su cabeza nuevamente en la almohada. Se levantó y miró por la ventana de la cocina los árboles del fondo, las sombras de las ramas cubrían la sepultura de sus padres. Un temblor la sacudió, agarró la cortina y cubrió la celosía. “Sería una fantasía que cruzó por mi mente dormida”; se preguntó después de beber un vaso de leche que se sirvió de la heladera. Pensó en voz alta: “Quizás sea tiempo de volver a la ciudad”. Sin dudarlo, invadida por algo que la acechaba, sacó del ropero una vieja valija y la cargo con ropa; preocupada se mantenía en movimiento hasta que la mañana entró en su casa. En un bolso de mano guardó un libro, la billetera y una pequeña botella de agua. Dejó la cama tendida, los muebles cubiertos con sábanas. Después de abrigarse con un saco cerró la puerta y se dirigió a la estación. Desde lejos, con una mirada triste, miró hacia atrás: vio hojas secas en el techo y fantasmas ocultos en las sombras del altillo. Siguió caminando, con la voz quebrada musito: “No es posible. ¿Por qué me aterran?”.
Llegando a la galería vio a un hombre sentado leyendo el diario. Acercándose a un costado se sentó a esperar el tren. Su mirada comenzó a fijarse en la infinita vía y en las agujas del reloj. Sintiéndose acompañada dejó relajar sus párpados; poco a poco descansó. Volvió en sí cuando escuchó:
—¡Se me va el tren!
Su mirada lánguida se detuvo en un muchacho que corría sosteniendo un boleto en su mano.
Estando en el tren se volvió a dormir. Soñó que el viento de la costa y las sombras golpeaban las ventanas. Entretanto le temblaban las manos, la oscuridad la atormentaba; se sintió como si la tuvieran atada. Con un grito desgarrador, ahogado, volvió en sí. Un hombre sentado frente a ella la observaba.
—¿Se encuentra bien, señorita? —Exclamó.
Un sabor extraño llenó su boca, abriendo el bolso de mano, agarró la botella de agua y bebió un sorbo
Sobre la autora:
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Gumer Reyes. Hace diez años que descubrí el maravilloso mundo de la literatura, sintiendo especial afinidad con la poesía, las frases y los cuentos. Es por ello que estudié cinco años en el taller literario coordinado por María Cristina Martinez Teixans, participé un año con los Fabuladores, Espacio de Escritura Creativa. Aborde el Curso de Formación Técnico Profesional de Talleres Literarios en el Instituto Superior de Letras de Eduardo Mallea de Buenos Aires.
Tuve la oportunidad de participar con poesías y cuentos en los libros: Treinta años y algo más, Once, escrituras poéticas y narrativas y La voz inefable, escritos del mundo. Actualmente participo en la SEP Filial Necochea, Sociedad de Escritores de la Provincia de Bs. As.
En 2021, publiqué mi primer libro Ráfagas Intensas. Dentro de muy poco estaré publicando mi segundo libro.
Me encuentro activa en la red social Instagram donde comparto poesías y frases. Pueden encontrarme con el nombre de usuario @gumer-rey
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