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Nunca fui de esos tipos que se ponen a revisar fotos viejas en redes sociales, pero esa noche hice una excepción. Tal vez fue el aburrimiento, o el vino que ya estaba a punto de mandarme a dormir, o el programa barato de la Televisión Pública, que me hacía sentir como si estuviera viendo a dos forr*s cagándose en la cara de la sociedad. No sé. Lo cierto es que me vi dándole vueltas a las fotos de Julián como si fuera un arqueólogo cavando en ruinas emocionales que nadie más quería escarbar. Y, como si fuera un acto fallido, mi dedo resbaló y presionó el p*to corazón rojo. No pasó ni un minuto antes de que me llegara el mensaje. «Hola, qué sorpresa verte por acá.» Me sentí como si me hubieran disparado con una Taser. Intenté ignorarlo, pero ya era tarde para hacerme el bol***. Abrí el mensaje, y mi corazón empezó un malambo. «Hola, Julián. Sí, creo que me perdí en el scroll nocturno.» Una respuesta segura. Él me respondió al instante. «Hace años que no hablamos. ¿Te parece si tomamos un café y nos ponemos al día?» Leí el mensaje tres veces, buscando alguna trampa, alguna broma del destino. ¿Por qué querría verme después de tanto tiempo? No sé por qué dije que sí. «Perfecto, mañana a las cinco en un bar nuevo que abrieron en 51 casi 6. Se llama Peor para el sol».
Nos conocimos en una Masterclass sobre Cortázar, hace diez años. Yo llegué tarde, apurado y con el café derramándose por los costados del vasito de plástico. Julián estaba sentado a mitad de aula. El orador analizaba «No se culpe a nadie». Julián levantó la mano, y con esa sonrisa de siempre, mitad burla, mitad sabiduría, dijo: «Lo curioso de este cuento es que el tipo no está buscando una solución, ni luchando contra su destino. El tipo solo está tratando de ponerse un pullover. Cortázar nos dice que las grandes tragedias no siempre tienen sentido ni culpa. A veces, solo te caés de cabeza sin saber cómo». Cuando terminó la charla, me acerqué con una excusa barata, algo para no quedar tan tonto. La conversación se deslizó como si fuéramos viejos amigos, y antes de que pudiera darme cuenta, estábamos hablando de todo menos de literatura. Nuestro primer beso fue semanas después, en una fiesta universitaria, debajo de una escalera que crujía cada vez que alguien pasaba. El final vino cuatro años después. La relación se fue deshilachando, como una remera vieja que ya no vale la pena. La última discusión fue tan cho** que del portazo que pegó se cayeron varios libros de la biblioteca.
Llegué al café quince minutos antes. Entré transpirando, con los nervios al borde de explotar. El lugar tenía un aire pretencioso. Las paredes estaban llenas de fotos en blanco y negro, para dar algún tipo de profundidad intelectual. Había fotos de Sabina por todos lados. La luz era suave, de esas que pretenden ser íntimas. Mesitas redondas de madera oscura, sillas de hierro con almohaditas gastadas. Estanterías llenas de vinilos de los 70 y libros de poesía y biografías de artistas. En el rincón más oscuro, una guitarra vieja descansaba sobre un soporte, como esperando que alguien la tocara. La música estaba en todas partes, se colaba entre las conversaciones, entre el tintinear de los vasos, entre los murmullos de los que entraban buscando olvidar o recordar. Me senté junto a la ventana. Fingí leer la carta de bebidas, pero en realidad estaba esperando que Julián apareciera, lo cual sabía que haría a la hora exacta. La puntualidad siempre le había gustado, igual que ordenar los libros por colores o evitar pisar las divisiones de las baldosas en las calles. A las cinco en punto llegó. Llevaba un abrigo azul oscuro y una bufanda a cuadros envuelta de manera desprolija. Su pelo, más corto de lo que recordaba, tenía algunas canas que, sorprendentemente, no le quedaban mal. Cuando me vio, soltó una sonrisa torcida, esa que siempre me desarmaba. «Martín», dijo, dejándose caer en la silla. Se quitó el abrigo, «¿Cuánto tiempo pasó?», preguntó. «Mucho», respondí. Pidió dos cafés sin preguntarme si quería uno. «Entonces... ¿chusmeando fotos de la prehistoria?», dijo, con una mezcla de burla y curiosidad. «Una noche aburrida y un mal manejo del pulgar», respondí, tratando de que sonar desinteresado. Y así, de repente, todo se relajó. Empezamos a hablar, primero de b***deces: el trabajo, la familia, Netflix. Pero poco a poco las preguntas se volvieron más personales, como dos boxeadores tanteando el terreno antes del primer golpe real. «¿Seguís escribiendo?», preguntó, dejando el café a medio camino de su boca. «Algo», dije. «Entre proyectos y cosas freelance, saco tiempo para mí. Nada serio», mentí. La verdad es que hacía meses que no me salía ni un p*to párrafo. «¿Y vos? ¿El arte conceptual sigue siendo tu religión?», le tiré, tratando de desviar el foco. «Algo así. Aunque creo que ahora soy más un agnóstico del arte», respondió riendo. La conversación cargaba con ese ritmo extraño de los reencuentros: cómoda en apariencia, pero con un trasfondo saturado de cosas no dichas. Después de un rato de charla vacía, Julián dejó la taza en el platito con un golpe seco, como si estuviera matando una mosca y no una conversación. «No te das una idea de cuántas veces pensé en escribirte, en llamarte, pero nunca pude hacerlo. Supongo que tenía miedo». «Me pasó lo mismo miles de veces», pude responder apenas. Él rio sin humor, pero sus ojos brillaron de una manera que no podía identificar.
El café ya estaba frío, igual que la conversación, pero sus palabras seguían rondando en mi cabeza, dándome vueltas como un perro enjaulado. Un eco que no me dejaba en paz. Nos quedamos en silencio un par de siglos. «¿Entonces… qué estamos haciendo acá, Martín?», preguntó. Levanté los hombros. Era una pregunta simple y, sin embargo, no tenía respuesta. Porque en el fondo la sabía: estábamos jugando con fuego. Ese café, ese encuentro, era un terreno resbaladizo que nos llevaría a un lugar que ninguno estaba seguro de poder manejar.
Cuando llegamos al hotel, no hubo dudas ni palabras. Julián me tomó de la mano al entrar en la habitación, y por un momento sentí que todo volvía a encajar. El tiempo se diluyó entre caricias y susurros, y cuando finalmente caímos agotados en la cama, todo parecía tan perfecto que asustaba. Julián se quedó dormido primero, respirando profundamente a mi lado. Lo miré mientras dormía, tratando de descifrar qué mierda estábamos haciendo, pero no llegué a ninguna conclusión. Cerré los ojos, y el cansancio me fue venciendo poco a poco.
No podría decir cuánto tiempo pasó antes de que lo sintiera: un peso extraño presionando mi cara. Una fuerza opresiva me devoraba. Intenté moverme, pero mi cuerpo se negó a obedecer. La asfixia se apoderó de mí, lenta, implacable, mientras el pánico hervía en mis venas. Quise gritar, pero solo un hipo ahogado escapó de mi boca. Abrí los ojos. Solo encontré oscuridad.
Sobre el autor:
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Daniel A. Rodríguez Cosentino.
Escritor y Licenciado en psicología. Integrante de Fabuladores: un espacio de escritura con orientación narrativa. Su vocación por la escritura viene desde su adolescencia. Participó del Mundial de escritura en el año 2020. Formó parte de la primera novela colectiva llamada «¿Quién mató a Víctor?», de la editorial Deshoras, publicada en el año 2024. Su primer libro es un poemario llamado «Un nombre in letras» que puede adquirirse por Amazon. Algunos de sus relatos cortos han sido publicados en las Antologías I y II de Fabuladores.
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