El accidente ocurrió en horas de la noche, de un día viernes. Dos jóvenes murieron cuando eran trasladados gravemente heridos al hospital zonal y otro resultó con lesiones de consideración, luego de que, el auto en el cual viajaban, fue a incrustarse en la hilera de árboles, ubicados a la vera de la ruta de acceso a la ciudad.
“Asesinos, asesinos”, gritaron con furia y clamando venganza, algunos amigos de los muertos. “Hay que sacarlos, eliminarlos, cortarlos”, bramó el padre de una de las víctimas. Al unísono, cientos de voces se sumaron al reclamo.
Al poco tiempo, en una reunión organizada al efecto en el club del pueblo, se decidió, por unanimidad, solicitar al Intendente que se tale “esos malditos árboles”. Los concejales, en una sesión a pleno, convocada con extrema urgencia, votaron por la mayoría a favor de la tala rasa. Así es como, al día siguiente, una cuadrilla de empleados municipales provistos con hachas y motosierras, derribaron uno por uno los treinta fresnos que llevaban más de veinte años plantados al costado de la última curva de entrada al pueblo, recientemente inaugurada.
La plantación fue idea de Gregorio Flores, el encargado de la cuadrilla de forestación que, en ese entonces, quiso proveer un poco de sombra a los chóferes de los camiones, que llegaban a descargar trigo en el molino harinero.
No pasó mucho tiempo en que se produjo otro grave accidente. Dos menores de edad, en una veloz carrera automovilística, fueron a estrellar el auto contra la fila de árboles ubicados en el costado norte de la ruta, a unos metros de distancia de la ya talados.
“Asesinos, asesinos”, se alzaron cientos de voces y se hizo una marcha por el pueblo, rumbo a la intendencia. Allí, le insistieron al Intendente que procediera nuevamente como lo había hecho antes.
A la tarde, todos los concejales levantaron rápidamente la mano, aprobando la tala. Sólo uno de los concejales, Don Gregorio Flores, votó en contra. El los había plantado y cuidado. Hacia él iban dirigidos todos los dedos acusadores, responsabilizándolo por los accidentes.
Entonces habló. Explicó que había sido un desgraciado accidente y que nadie tenía toda la culpa; en todo caso eran culpas compartidas. Quiso decir que la solución pasaba por colocar carteles indicadores y cambiar la curva peligrosa, por un nuevo trazado, más seguro. Pero nadie lo escuchó.
Ya se habían retirado todos.
Esta vez no se esperó al día siguiente. En forma presurosa, pobladores, cuadrilla de obreros y funcionarios municipales, con el Intendente a la cabeza de la marcha, se trasladaron al lugar de los acontecimientos. En un breve, sencillo y emotivo acto, se expusieron las razones por las cuales se había decidido eliminar a los árboles asesinos, que en las noches frías de invierno atacaban a los desprevenidos automovilistas y se los llevaban por delante. Eran “los asesinos de la noche”. Como castigo, esta vez se cortaron cincuenta grandes árboles, entre fresnos y eucaliptos.
Por unos meses se vivió una envidiable tranquilidad. Aunque esta calma se acabó, cuando el hijo menor del Intendente se accidentó con el auto en que viajaba.
Las causas: una bandada de pájaros golpeó contra el parabrisas, lo hizo estallar en mil pedazos y el conductor, al perder el control del rodado, volcó sobre la banquina.
“Asesinos, asesinos”, vociferaron los pobladores. “Hay que exterminar a todos los malditos pajarracos que andan volando descaradamente por los cielos del pueblo”. “Además de los accidentes, ensucian los autos con sus excrementos y hay que lavarlos todos los días”, se quejaron otros, más críticos, que hasta el momento no habían tomado cartas en el asunto.
A los pocos días, no quedó un solo pájaro vivo en todo el pueblo y sus alrededores. Se habían organizado grupos de a cincuenta vecinos, con toda clases de armas y durante el fin de semana se encargaron de combatir al terrible enemigo.
Después les llegó el turno a los sapos, a los búhos y, en general, a todo animal o vegetal que causara molestias. Es así como centenarios plátanos cayeron pesadamente al suelo: sus frutos y ramas habían abollado las carrocerías impecables de algunos autos cero kilómetros recientemente adquiridos por las bondades de la soja. Cosa terrible e imperdonable.
Los álamos hicieron de las suyas- arrojando al aire masas blancas de pelusas alérgicas-, hasta que el hacha justiciera les abrió enormes tajos en sus cuerpos, antes de caer derribados como boxeadores noqueados.
Hasta el viento se calmó. Fue amenazado con un eterno encierro en las grutas, si seguía levantando el polvo de los caminos y ensuciando autos recientemente lavados y lustrados.
Lo que , al parecer fue un tiempo de paz entre los pobladores y la naturaleza, se vio amenazado una noche de julio, a raíz de una intensa tormenta de lluvia y viento, que llegó de un poblado vecino.
El pueblo, con sus cinco mil almas y sus casas blancas y autos nuevos relucientes, desapareció bajo las aguas. La mayoría de los pobladores fueron rescatados, después de muchos meses de trabajo de los equipos de salvamento llegados de lugares aledaños. Todos fueron hallados muertos y con claros síntomas de haber sido atacados y comidos por alimañas que andaban sueltas y sin enemigos naturales.
El único sobreviviente de esa tragedia, fue Gregorio Flores, quien me ha contado esta historia muchas veces, con lujos de detalles, con la firme promesa de mi parte de que guardara el secreto, mientras él estuviera con vida.
Ahora, que él acaba de morir, considero prudente dar a conocer públicamente este valioso testimonio, como una modesta contribución para que nunca más vuelva a desaparecer la vida en algunos pueblos.
Don Gregorio Flores no tenía autos. Naturalmente.
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Sobre el autor:

Daniel Mariscal es Ingeniero Agrónomo, por la Universidad Nacional de La Plata. Hizo su primera incursión en el periodismo, en 1980, en el diario El Atlántico, de Mar del Plata. Luego colaboró en el Diario El Día, de La Plata y el diario Clarín.
Ha publicado varios libros de poesía, entre ellos: Hilos de lluvia, Un viento desolado, Lunas suburbanas, Océano interior, Voces naturales, Es el tiempo que vence, El contorno de tus labios y Peces sin aire.
También, ha publicado dos novelas: La Bahía de los Vientos y "Al final del mapa"; y un libro de Cuentos: Pensar en mañana.
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