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La escena que se vivió en la localidad de La Dulce no es un hecho aislado. Es, en todo caso, la expresión más visible de un problema estructural que atraviesa al sistema de salud pública en el distrito de Necochea: la creciente dificultad para garantizar atención médica oportuna, sostenida y equitativa en todo el territorio.
La muerte de una vecina, en circunstancias que aún generan conmoción y debate, actuó como detonante de un reclamo que venía gestándose en silencio. La movilización posterior de los habitantes de La Dulce, exigiendo un médico permanente, no fue sólo una reacción emocional, sino una manifestación concreta de una demanda histórica: el derecho a la salud en condiciones de igualdad, sin importar el lugar de residencia.
En paralelo, la exposición ante concejales de la secretaria de Salud municipal, Andrea Perestiuk, puso en palabras una realidad incómoda: el sistema funciona con limitaciones severas, especialmente en las localidades del interior. La dificultad para conseguir profesionales que se radiquen en pueblos pequeños, la cobertura incompleta de guardias y la dependencia de esquemas de atención fragmentados configuran un escenario frágil, donde cualquier emergencia puede convertirse en una situación crítica.
El caso de La Dulce dejó al descubierto una lógica que, aunque habitual, resulta cada vez más cuestionada: la presencia de enfermería como primera línea de atención y la llegada posterior (no siempre inmediata) de un médico. Si bien este esquema puede responder a criterios organizativos en contextos de escasez de recursos, también plantea un interrogante central: ¿Es suficiente para garantizar respuestas efectivas ante emergencias graves?
La respuesta, a la luz de lo ocurrido, parece ser negativa. Y ese es el punto donde el sistema muestra signos de agotamiento.
Según explicó Perestiuk, ahora el gobierno municipal inició tratativas con otra médica que no vive en nuestra ciudad, pero estaría en condiciones de convertirse en la tercera profesional residente en la localidad del interior.
Aquí quedas otras preguntas en el aire: ¿Por qué ninguno de los dos profesionales estaba disponible en el momento del lamentable suceso? ¿Si un profesional estaba de vacaciones, no hubiera sido atinado enviar un refuerzo médico hacia la Unidad Sanitaria? ¿Por qué no se hizo?
Con el diario del lunes, como se dice habitualmente, es fácil obtener respuestas. Pero queda a las claras que el sistema se encuentra en una etapa crítica.
Lo que ocurre en La Dulce, es similar a lo que viven los vecinos de Juan N. Fernández, Ramón Santamarina, Claraz y Energía. Justamente, habitantes de esas localidades también se sumaron a la masiva marcha realizada hasta la Unidad Sanitaria dulcense.
Pero el problema no se limita a las localidades más pequeñas. En Necochea, el Hospital Municipal enfrenta también tensiones crecientes: demanda sostenida, recursos humanos limitados, desgaste del personal y dificultades para sostener servicios críticos. La situación en La Dulce no es más que la punta del iceberg de un sistema que funciona al límite de sus capacidades.
En términos estructurales, el déficit de profesionales es uno de los factores más determinantes. No se trata sólo de una cuestión local, sino de un fenómeno extendido en todo el país. En este punto, es totalmente real lo que plantea el Ejecutivo conducido por Arturo Rojas. Sin embargo, en distritos como Necochea, donde la dispersión geográfica exige cobertura en múltiples puntos, el impacto es aún mayor. La falta de incentivos concretos para la radicación, las condiciones laborales y las perspectivas profesionales juegan en contra de cualquier estrategia de fortalecimiento del sistema.
Otro dato a tener en cuenta es que la Provincia de Buenos Aires, más allá de algunos reclamos esporádicos y charlas informales, nunca se ha avanzado de forma concreta en la posibilidad de acompañar el sostenimiento de un sistema de salud que ya no sólo intenta dar respuesta a los necochenses, sino que por su complejidad también es utilizado por vecinos de localidades cercanas.
A esto se suma otro elemento clave: la desigualdad territorial. Mientras que en los grandes centros urbanos existen mayores niveles de cobertura, especialización y acceso, en las localidades más pequeñas la atención depende muchas veces de estructuras mínimas, con recursos acotados y capacidad de respuesta limitada.
La movilización en La Dulce, en este sentido, no sólo interpela a la gestión municipal, sino también a las políticas públicas en su conjunto. Porque garantizar un médico permanente en cada localidad no es únicamente una decisión administrativa: implica planificación, inversión y una estrategia sostenida en el tiempo.
El riesgo, si no se abordan estos problemas de fondo, es que episodios como el ocurrido dejen de ser excepcionales para convertirse en parte de una normalidad preocupante. Y cuando eso sucede, el sistema deja de ser una red de contención para convertirse en un esquema de supervivencia.
La discusión, entonces, no debería limitarse a lo ocurrido en un caso puntual, sino ampliarse hacia un debate más profundo: qué modelo de salud pública necesita Necochea y cómo se construye un sistema capaz de responder no sólo en condiciones ideales, sino también en los momentos críticos.
Porque en definitiva, lo que está en juego no es sólo la organización de un servicio, sino algo mucho más esencial: la confianza de la comunidad en que, ante una urgencia, habrá una respuesta. Y hoy, en más de un rincón del distrito, esa certeza empieza a resquebrajarse.
En este punto, la respuesta del gobierno municipal, hasta el momento, ha sido lenta (La Dulce lleva unos 6 años sin médico permanente); suave, ya que se ha ido emparchando como se ha podido; y, lamentablemente, letal.
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