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En la escuela me gustaba sentarme cerca de la ventana. No porque quisiera escaparme, como decía el profesor de matemática. Desde ahí se veía el cielo.
Había empezado segundo año en el comercial. Todavía me gustaba estrenar los cuadernos. Las hojas prolijas, la fecha en la esquina, las letras derechas.
Cuando terminaba antes que los demás levantaba la vista. Dejaba de mirar el cuaderno. A veces pasaban gaviotas.
No sé de dónde venían ni a dónde iban, pero me gustaba cómo se dejaban llevar por el viento. Abrían las alas y parecía que el aire las sostenía.
Cuando era más chico mi mamá me leía un libro antes de dormir.
Era la historia de una gaviota que quería aprender a volar más alto que todas las demás.
—Mirá —decía señalando el dibujo—. ¿Ves cómo abre las alas?
A veces también me decía que las gaviotas no le tenían miedo al viento.
Después cerraba el libro y apagaba la luz.
Esa noche ya estaba dormido. Entonces escuché el golpe.
Un ruido seco. Después otro.
Gritos. Llantos. Pasos corriendo.
Me desperté sin entender. Desde el pasillo llegó el grito de mi mamá. La puerta del cuarto se abrió de golpe.
Sombras. Hombres moviéndose rápido.
Uno me agarró de los brazos antes de que pudiera levantarme. —¿Qué pasa? —dije.
Nadie contestó.
Otro me encajó una bolsa sucia sobre la cabeza. Áspera. Con olor repugnante a grasa vieja y humedad. El aire adentro era espeso.
Intenté sacármela.
No me dejaron.
Me arrastraron por el pasillo. Mis pies golpean el piso frío.
—¡Dejanos! —gritaba mi mamá.
La escuché forcejear. Después nos empujaron afuera. El aire de la noche estaba helado. Me doblaron la cabeza hacia abajo y me metieron en un auto.
El motor arrancó. Durante el viaje mi mamá seguía gritando. Su voz se mezclaba con el ruido del motor y las puertas que se cerraban. Después alguien dijo algo en voz baja. Y ya no la escuché.
El lugar al que nos llevaron olía a humedad, a ropa mojada que nunca termina de secarse. Siempre había pasos. Nunca silencio.
Puertas metálicas.
Cadenas arrastrándose contra el piso.
Y a veces pájaros. Cantaban en algún lugar del techo, como si afuera, el mundo siguiera igual.
Una noche, en la oscuridad, empezaron los golpes. Primero los sentí en el cuerpo: un ardor que me corría por la espalda, el estómago, las piernas.
Grité, o creí gritar, pero el sonido se perdía adentro de la bolsa o la capucha.
Después los golpes se volvieron lejanos, como si mi piel se hubiera endurecido o el dolor hubiera encontrado otro camino.
Escuché gemidos de mujer cerca, roncos, entrecortados, una voz que intentaba decir algo, pero se ahogaba en sollozos.
Era la voz de mi mamá. La misma que me leía antes de dormir.
La llamé. Quise moverme hacia ese sonido. Entonces vino un golpe seco en la cabeza, como un trueno adentro del cráneo.
Todo se volvió silencio. Un silencio espeso, sin pájaros ni cadenas ni respiraciones.
Desperté en un cuarto oscuro, el mismo olor a humedad, pero más fuerte, pegado a la piel. El piso era frío y húmedo bajo mi espalda.
Arriba, muy alto, una pequeña ventanita dejaba entrar un hilo de luz gris. Por ahí vi una gaviota posarse en el borde, quieta, mirando hacia adentro como si supiera algo que yo no. Abrió las alas un segundo, pero no voló. Solo se quedó, blanca contra el cielo opaco, y después desapareció.
Un día me llevaron hasta una mesa. Había una olla caliente. Mate cocido.
Antes de que la levantara alguien tiró algo adentro. Escuché pequeños golpes blandos contra el metal. Esperé. Cuando ya no hubo pasos cerca metí la mano despacio. Cucarachas. Las saqué. Una por una. Las aplasté.
Las escondí en mi bolsillo.
Después revolví el mate cocido con la cuchara.
Subí la escalera con la olla entre las manos. Los escalones crujían. Arriba había gente sentada en el piso. Cuando les acercaba el jarro, por el resquicio de luz que entraba por la puerta entreabierta, veía sus caras un segundo: ojos hundidos, labios resecos, la piel marcada por moretones que parecían mapas. Respiraciones cortas, gemidos apagados, una tos seca que me recordaba a la de mi abuelo cuando se iba apagando en la cama del hospital. Alguien llorando, muy despacio. El roce de las cadenas cuando alguno intentaba acomodarse.
Algunos levantaban apenas la cabeza cuando les acercaba el jarro. —Gracias —susurró una mujer una vez. Su voz era tan baja que casi no la escuché.
Con los días empecé a reconocerlos por la respiración, por la tos, por la forma en que se movían en la oscuridad. Algunos ya no estaban. Venían otros. Siempre me preguntaba lo mismo: a dónde iban.
Una noche creí escuchar la voz de mi mamá en algún lugar del edificio. Intenté acordarme de su voz leyendo. Las cadenas la tapaban.
La llamé.
Alguien me golpeó la nuca y todo se apagó por un momento.
Cuando volví a escuchar, ya no estaba.
El día que nos sacaron hacía frío. Nos hicieron caminar rápido. Afuera el aire tenía otro olor, más abierto. Escuché motores. Pasos subiendo por una rampa. Metal alrededor. Adentro el piso vibraba. Nos sentaron juntos. Podía sentir los hombros de otros contra los míos. Nadie hablaba.
Alguien me acomodó una máscara en la cara. Después sentí un pinchazo en el cuello. El sueño empezó a venir de golpe.
Entre los pensamientos vi la ventana de mi aula. El cielo abierto. Las gaviotas. Después la cocina de casa. Mi mamá con el libro en las manos.
—Mirá —decía—. ¿Ves cómo vuela?
El ruido del motor cambió. De repente entró aire frío. Mucho aire. El viento golpeaba mi cara.
Por un segundo sentí que mi cuerpo se levantaba. Como si flotara.
Pensé en las gaviotas.
Pensé en mi mamá leyendo.
Después todo se volvió negro.
Primero la ventana.
Después su voz.
Ya no hubo más cielo.
Sobre el autor:
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Fernando Pablo Party es diseñador gráfico, programador y creador de contenidos. Nació en la Ciudad de Buenos Aires y reside en Necochea desde hace cuatro años. Proveniente de una familia de periodistas, su vínculo con la literatura se inició en la infancia y se mantuvo a lo largo del tiempo como una búsqueda paralela y persistente.
Ha desarrollado contenidos para agencias como De Luca, Young & Rubicam y David Ratto, y se desempeñó como docente de creación de contenidos, diseño y comercio electrónico en el Centro Cultural Ricardo Rojas.
En el ámbito literario, participó en diversos certámenes, obteniendo recientemente el segundo puesto en el concurso “Necochea para Contar”.
Es autor del guion original de “La vieja estación”, minidocumental realizado junto al Taller de Periodismo Cultural que integra y presentado en la muestra anual de la Escuela Municipal de Arte, donde explora temas vinculados a la memoria, la identidad y el patrimonio local.
Actualmente trabaja en un libro de relatos titulado Cuentos cuánticos.
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