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Alguien llama a la puerta de mi casa. Es domingo de mañana y no quiero hacer nada, después de una semana bastante ajetreada. Abro la puerta, y en un principio no reconozco quien es, pero los ojos en esa cara envejecida lo delatan.
Es Rodrigo, un gran amigo de mi juventud. Un ser especial con el que compartí momentos inolvidables y que nunca olvidaré. ¿Volvió, pero de dónde? Lo último que supe de él, fue que había desaparecido en la isla de Vancouver de Canadá. Su camioneta estaba intacta al costado de un camino de un bosque frondoso de cipreses, la puerta semiabierta y sin él. Todo indicaría que algo o alguien hizo que abandonara el vehículo, para esconderse en el bosque. Actualmente su desaparición sigue siendo un misterio. No sé si estoy soñando este encuentro, o es real. Cuando me enteré de su desaparición, me encontraba en otra etapa de mi vida: casado con una hija y viviendo como inmigrante en Estados Unidos.
Habíamos recorrido juntos en nuestra juventud, la Patagonia, de punta a punta. Fui testigo de lo bien y preparado que estaba para incursionar en lugares lejos de las zonas urbanas. Se manejaba muy bien en espacios agrestes y salvajes, y de peligro. Lo soñé dos veces, cuando supe de su desaparición. En esos sueños lo veía como en un trance, y mi intento de comunicarme, ya que escuché mi voz llamándole en el sueño; no tuvo respuesta. Sus padres y sus hermanos usaron todos los medios disponibles en su búsqueda, incluyendo a clarividentes, y sin ningún resultado. Al final, todos lo tomaron por muerto.
“Te pensaba muerto”: dije con vos de asombro, a lo que me contestó sin palabras, con una sonrisa que me calmó. Esto era real.
Me dijo que ésta sería la última vez que me vería en esta vida, y que había venido para contarme lo que pasó con él, y también que no dudara de mi intuición, que me llevaría a vivir muchas experiencias que, aunque difíciles en su momento, tendrían sentido más adelante en mi vida, y que estaba marcada de un derrotero, con la predisposición de querer ayudar a seres humanos vivos y desencarnados.
Lo que me conto’ del día de su desaparición, fue que se encontraba manejando su camioneta, en camino a su trabajo. Desde su casa al Hostal que él administraba, el camino diario lo llevaba por lugares poco transitados. Gozaba de esos minutos, antes de zambullirse en la rutina diaria. Nunca se cansaba de los aromas que destilaban sus árboles y los disparos de luz y sombras que tocaban sus retinas, al manejar por ese camino. Ese día en particular algo, parecido a un cubo negro grande, casi del tamaño de su camioneta, flotaba sobre este. Curva tras curva tomada, Rodrigo sentía una vibración que lo envolvía.
No era desagradable la sensación, pero su instinto reflejo, fue de desacelerar la camioneta y saltar fuera de ella, para buscar resguardo en el bosque. El cubo lo siguió, hasta que él quedó exhausto y sin poder moverse. Confrontado por esto que lo seguía, observó cómo mutaba a una sustancia gelatinosa que se expandía hasta que el quedo dentro del cubo. En ese lugar sintió mucha paz. El cubo era un espacio transitorio para llevarlo a otra realidad. En este otro lugar, seres luminosos le dieron la bienvenida. Le dijeron que lo fueron a buscar y que él eligió nacer en la Tierra para tomar conciencia, de las diferentes realidades simultáneas en que vivimos.
--“Fuiste visitado cuando eras pequeño, y tu inconsciente grabó el camino que te llevó hasta volver a tu verdadero hogar con nosotros. Volverás una vez más a la Tierra, cuando alguien que amaste de corazón esté preparado para su nueva rencarnación. Tu última vida la harás con nosotros, y seguirás después al estado puro de energía amorosa”.
Todo lo que recibí de él fue sin palabras. En un momento dado, empecé a sentir una vibración envolvente. Las paredes de mi casa se veían maleables. Palpitaban. Supuse que nuestro encuentro llego a su final. Cerré los ojos voluntariamente, y vi a Rodrigo en un aura luminosa, transmutándose de a poco al que yo conocí en mi juventud, para luego disolverse en una hermosa sonrisa. Cuando abrí los ojos, con su presencia física ya ausente, recibí el regalo: El saber que mi camino en esta vida, seguiría guiada por esa aseveración, de que todo está bien y no importa lo que me pase, solo debo seguir respirando con gratitud; sabiendo que estoy bien acompañado en mi paso hacia la iluminación, que a todos nos espera.
Sobre el autor:
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Andrés Yanzi. Conocido también como Andrew Baillie, nació en la CABA cuando antes se llamaba “la capital”. Sus raíces: escocés, vasco e indígena. Parte de su vida la vivió en varios rincones del planeta. Practica varios oficios: actor, maestro, traductor, carpintero y ahora granjero y conductor de radio. Tres hijos ya grandes. Reside en Necochea, donde integra el taller literario Como Cuento.
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