La vieja estación: donde el silencio se volvió canto
Por Fernando Pablo Party - Ecos Literatura
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Nací de hierro y ladrillos, un primero de agosto de 1894. Me levantaron con orgullo, con la esperanza de una ciudad que abría los ojos al mundo.
Mi piel olía a pintura fresca y a promesa. Los trenes llegaban desde lejos, trayendo risas, cartas de amor, valijas de madera y sueños envueltos en humo. Yo era el pulmón de un pueblo que respiraba vapor y futuro.
Vi pasar comerciantes con sus carretillas y vecinos saludándose al amanecer; escuché risas de niños corriendo por los andenes y charlas que llenaban el aire. Escuché tangos, gritos de carnaval, el silbido largo del viento costero.
A veces me sentía joven, otras, vieja antes de tiempo. Pero siempre fui casa. Refugio. Fui el nexo, el punto y aparte donde el mundo exterior se encontraba con Necochea; donde la vida se ponía en movimiento.
En 1968, cuando el último tren me dijo adiós con un suspiro de vapor, sentí cómo se me quebraba el alma. Mis paredes se llenaron de silencio. Mis andenes se poblaron de yuyos y soledad. El óxido fue cubriendo mis huesos.
Y fue en ese largo lapso de abandono, cuando ya no llegaban trenes y el silencio pesaba más que el viento, cuando el país empezó a cubrirse de sombras. Entonces vi el horror de mi tierra. Vi gobiernos militares. Sentí el miedo soplar desde adentro de mis muros. Me convertí en testigo mudo de una época en la que la única verdad inmutable parecía ser el miedo. Y, sin embargo, me quedé. Porque una estación nunca deja de esperar.
Cambiaron los gobiernos, los modos de vestir, las canciones que sonaban en las radios. Vi avanzar el tiempo con sus máquinas y promesas, y a los vecinos soñando con que algo — algo — volviera a darme vida. Vi pasar la neblina sobre el río, los inviernos que parecían eternos, el abandono que no tenía fin.
Y un día, de repente, los oí llegar. Venían con pinceles, guitarras, libros y ganas de transformar el aire. Eran una tropa de libertad, de voz suave y mirada encendida.
Entraron sin miedo a mis heridas, a las rendijas que dejaba el tiempo. Donde antes hubo valijas, pusieron colores. Donde hubo boletos, palabras. Donde hubo humo de locomotoras, ahora hay respiración de artistas. El arte no esperó: respiró dentro de mis muros y me dio una segunda oportunidad.
Desde 1983, la Escuela Municipal de Arte me habita. Y yo, que fui estación de trenes, soy hoy una estación de almas. El abandono se rindió ante la cultura. El silencio se volvió canto.
Pero el arte no cierra los ojos. El arte recuerda.
Entre colores, risas y música, mis viejos muros también aprendieron a escuchar otras voces: las de quienes sufrieron y desaparecieron. Una parte de mis paredes ahora custodia la verdad. Alberga el Archivo Municipal de la Memoria. Soy un lugar de enseñanza, sí, pero también de justicia. Aquí se guardan los nombres y las voces de los desaparecidos; el dolor se volvió documento, y el documento, recuerdo. Porque la voz del pueblo no se apaga: sigue siendo un grito que nos convoca a todos.
A veces me escucho reír otra vez, cuando los chicos ensayan una obra o suena un acorde perdido en la tarde. Pienso en aquellos que se fueron y en los que siguen. Sigo siendo refugio. Pero mi puerta ya no se abre para el que viene de paso: se abre para el que quiere quedarse, crear, transformar. Para el que busca su voz.
Porque el arte, como el tren, tiene su propio horario: siempre llega, aunque haya demoras.
Yo, la vieja estación, sé de esperas y de renacimientos. Sé de dolores, de trenes que parten y de sueños que se quedan.
Y si me preguntan qué soy ahora, lo digo con orgullo y ternura: Soy aquella estación que dejó de recibir trenes, pero ahora despacha sueños.
Porque el alma del pueblo vive, y respira, en la verdad con que se canta, se pinta, se escribe, se recuerda… y se ama.
Sobre el autor:
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Fernando Pablo Party es diseñador gráfico, programador y creador de contenidos. Nació en Capital Federal y reside en Necochea desde hace cuatro años. Proveniente de una familia de periodistas, su vínculo con la literatura comenzó en la infancia y se mantuvo como una búsqueda paralela a su trabajo creativo.
Ha generado contenidos para agencias como De Luca, Young & Rubicam y David Ratto, y fue docente de creación de contenidos, diseño y e-commerce en el Centro Cultural Rojas.
A nivel literario, ha participado en diversos certámenes, obteniendo últimamente el segundo puesto en el concurso “Necochea para Contar”.
“La vieja estación” es el guion original de un minidocumental realizado junto al Taller de Periodismo Cultural que integra y presentado en la muestra de fin de año de la Escuela Municipal de Arte, donde explora memoria, identidad y patrimonio local.
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