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Todos conocemos a la típica niña del barrio, esa niña inocente en la que todo el mundo confía, esa niña con cara de ángel hecha persona, esa pequeña niña que todos aman. Pero nadie sabía lo que era capaz de hacer.
Esa misma tarde, la pequeña salió de su casa como era de esperarse, pero algo cambió: salió con una expresión un tanto extraña y una sonrisa algo perversa.
A un paso lento pero seguro, caminó hacia el kiosco de la esquina. Al salir, llevaba en la mano una soga, una cinta y, asomando del bolsillo, un cuchillo recientemente afilado. Caminaba lentamente hacia el lugar menos poblado del barrio, donde la esperaban tres niños más. Aparentaban la misma edad que ella y eran los únicos en el lugar. Ella se les acercó; unos pasos detrás de ellos había dos sillas.
Les prometió jugar un juego: primero, la niña los tenía que atar a la silla y cubrir su boca con cinta; luego, lo mismo con el otro niño, pero en un palo de luz que se encontraba en el lugar.
Sacó su cuchillo e intentó atacar al niño. Abrió su garganta y su estómago con una risa malvada. Sacó sus intestinos y metió la mano, quitando cruelmente el corazón. Si antes de eso el niño hablara, sus gritos de dolor serían insoportables.
Los otros niños intentaban salir de la silla, sufriendo, intentando escapar para ayudar, pero era demasiado tarde. Los niños lloraban; había sangre por todas partes, pero la niña no tenía piedad. Por alguna razón, les enseñó un tupper lleno de agua. Entonces tiró cruelmente la silla del otro niño hacia el agua, ahogándolo.
Ella reía, el otro lloraba, uno se desangraba y otro se ahogaba. Era una escena demasiado cruel: ver a tus amigos morir frente a tus ojos sin poder hacer nada era horrible, de seguro.
Por alguna razón, el tercer niño llevaba una navaja en el bolsillo. Entonces, en silencio, cortó la soga y logró escapar. Pero antes de huir del lugar, la niña prometió encontrarlo y matarlo con sus propias manos.
Hasta hoy, el crimen de los niños asesinados era un caso sin resolver. Pero...¿Cómo sé yo esto? Porque yo soy el tercer niño y aún vivo con el miedo de que se aparezca en la puerta de mi casa y cumpla lo que algún día prometió.
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Delfina Quinteros, nacida en Quequén y alumna de la escuela Nuestra Señora de la Merced, es una pequeña escritora que descubrió muy temprano que las palabras podían convertirse en aventuras. A los 5 años creó su primer cuento, El gatito Pirulín, dando inicio a un camino lleno de imaginación, ternura y creatividad.
A los nueve años, participó de la Feria del Libro de Necochea y realizó presentaciones en jardines de infantes y escuelas primarias, compartiendo con otros niños la magia de sus historias. Entre sus obras se encuentran Una desastrosa mudanza, La nueva integrante, Misterio en el barrio y una delicada antología de poesías.
Curiosa y soñadora, y ya con diez años, está comenzando a explorar el género de terror, con su cuento La niña del vecindario, animándose a escribir relatos misteriosos y emocionantes sin dejar de lado la dulzura que caracteriza su forma de contar. Su mayor deseo es seguir escribiendo, creciendo y llevando sus historias a cada vez más lectores.
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