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Seis a.m. suena la alarma pero mis ojos ya están clavados en el techo que es iluminado por la débil luz de la luna que se filtra a través de mi ventana; el sonido de mi alarma es como un golpe en el pecho, un recordatorio de que otro día monótono está a punto de comenzar.
Me levanto de la cama y me dirijo al baño. El agua fría de la ducha es un despertar brusco para mi cuerpo adormecido. Mientras me visto, pienso en la escuela y las burlas que seguramente escucharé hoy, las risas de los demás es como un cuchillo que se clava en mi corazón, un recordatorio constante de que no encajo, me siento como un fantasma que vaga por los pasillos, un alma perdida que ronda por ese edificio.
Llego a la escuela y me siento en mi lugar habitual, al centro y al fondo. El profesor comienza a hablar, pero mi mente se desvía cuando nota que soy el único que se sienta solo, una vez más me encuentro solo en estas cuatro paredes, lo raro es que me encuentro rodeado de gente. Me siento como un objeto de estudio, un espécimen bajo el microscopio de todos, hasta de mí mismo por tratar de cumplir las expectativas de los demás, quizás así logre encajar.
Al llegar a casa, me encuentro con la soledad que me espera. Mi mamá está durmiendo la siesta, y yo me estoy en la cocina, comiendo un sándwich de jamón y queso mientras miro por la ventana.
Mamá se levanta de la siesta y hace la pregunta de todos los días:
- ¿Qué tal la escuela? –
Y mi respuesta también es algo de todos los días
- Bien, por suerte –
Pero en realidad nada está bien. Estoy cansado de esta vida monótona, cansado de estar bajo la supervisión de todos.
Al fin es de noche. Me acuesto en mi cama y saco mi celular, juego con personas que no conozco, pero que me hacen sentir conectado, importante, me tratan como si fuera uno de ellos. La pantalla del teléfono es como una ventana a un mundo diferente, un mundo donde puedo ser yo mismo sin miedo a ser juzgado. Me siento feliz, al menos por un rato.
Las horas pasan y yo sigo jugando. No me importa la hora, solo quiero ser feliz un poco más, quiero seguir sintiendo que encajo. Mamá entra al cuarto.
- ¿No ves la hora que es? - me dice - Deja el teléfono y dormí –
Siento como si me estuvieran quitando lo único que me hace sentir vivo y me duele que ella no entienda lo que significa este momento de conexión con personas que no conozco.
Seis a.m. suena la alarma y me pregunto si mañana será diferente. ¿Podré encontrar la fuerza para soportar otro día más de esta exclusión y soledad? ¿O seguiré envuelto en esta monótona rutina?
Sobre el autor:
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Soy Lucciano Bachiaz. Santafesino de sangre, sancayetanense por cuestiones de la vida. Actualmente tengo 17 años y me encuentro cursando el último año de Secundaria en la EES N° 1 de San Cayetano.
La literatura no siempre fue mi pasión; sin embargo fue algo que descubrí con el tiempo. Escribir lo que el corazón grita, pero que la garganta ni siquiera susurra. Fue una vía necesaria para alguien que tenía tantas cosas por gritar.
"La constancia de que no encajo", escrito ganador del primer puesto en el concurso literario "Jóvenes escritores 2025" organizado por la Fundación La Dulce, fue inspirado por una infancia que necesitaba estar llena de escapes, de mundos imaginarios para no vivir el real porque dolía demasiado vivir ese mundo. Más allá de que es un escrito personal y que no refleja con toda precisión lo que fue, en "La constancia de que no encajo" puede verse reflejada la vida de muchas personas que pasaron por lo mismo: una vida llena de exclusión y de ser "la. segunda opción" (si es que llegaste a ser opción siquiera)
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