[FRAGMENTO]
En mitad de la noche, tras haberse asegurado de que Marcela B. dormía, Javier K. se vistió en silencio. No soportaba, no soporto, compartir el sueño con aquella mujer. Prefería dormir solo, como en los últimos dos años, desde que Patricia D. se había marchado sin siquiera decirle por qué dejaba de quererlo.
Quizás, Patricia D. no había sabido tolerar el malhumor constante de Javier K., ni su total desinterés por las nimiedades propias de la convivencia. En los últimos meses que pasaron juntos, Javier K. ni siquiera cenaba con ella, apenas si comía algo de pie frente a la ventana de la cocina, mientras fumaba hasta el último cigarrillo.
De seguro, ella había intentado descubrir qué había pasado con el hombre que había conocido en los pasillos de la Universidad; aquel con quien podía debatir durante horas sobre política, Ecología y Derechos Humanos; el mismo que tenía sueños, proyectos, conmigo, con ella. Ahora, Javier K. era un ser ensombrecido que respondía a cada pregunta con un monosílabo.
En cualquier caso, Patricia D. lo había dejado, y Javier K. bien podía afrontar su nueva situación. Aún recordaba la noche en que, al llegar a su departamento, había descubierto que, tal como lo explicaba la nota que había sobre la mesa, su mujer nunca regresaría. Sentado a la mesa, bebió una botella de licor barato y fumó seis o siete cigarrillos; se permitió llorar un poco, sólo un poco, casi nada.
Marcela B. todavía dormía cuando Javier K. abandonó el cuarto. Bajó las escaleras a oscuras y se alejó caminando por una calle vacía y sucia. Advirtió que su camisa blanco amarillenta estaba impregnada de una fragancia floral que se filtraba a través de la tela y se le adhería a la piel; aquel era un aroma obsceno, repulsivo, tan distinto al casi imperceptible y mentolado de Patricia D., quien jamás se le entregaba hasta haber vaciado juntos una botella de vino, hasta que él no la hubiese escuchado recitar alguna de las poesías que ella misma había escrito, hasta que no hubieran soñado con un mundo mejor. Recordó cuán intenso era el amor que alguna vez había sentido por Patricia D., una mujer que quizás lo quería pero nunca le decía cuánto, y que jamás había manifestado sus deseos de compartir toda una vida con él, conmigo.
Patricia D. podía pasar horas sin hablar, sin hablarme; inmersa en un misterioso silencio, construía mundos perfectos, iguales a los que tantas veces habían soñado juntos. A ella le gustaba recorrer aquellas calles de fantasía, y hasta era capaz de entablar largos y animados diálogos con los habitantes del lugar, seres que siempre tenían la respuesta adecuada para sus preguntas. Javier K. podía acceder a ese mundo cada vez que ella se le acercaba, lo besaba y lo arrastraba a la cama, donde él la retenía con fuerza por miedo a que se le esfumase, a que ella también fuera pura fantasía.
Javier K la besaba y ella se dejaba besar; él la amaba y ella deambulaba por algún otro sitio. Junto a Patricia D., Javier K. sentía todo a su alrededor demasiado liviano, incluso el cuerpo de ella, que intentaba sostener con fuerza entre sus brazos pero, por volátil, era incontenible; al hacer el amor, Javier K. pensaba que quizás podría retenerla en la cama, en la Tierra. Y era por eso que, cuando Marcela B. lo atrapaba con sus piernas delgadas, firmes, poderosas, él se sentía anclado en el mundo concreto, frustrante, triste, imperfecto, real.
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Sobre la autora:

Cintia Lepere (Necochea, 1982) es redactora especializada en textos literarios. Trabajó más de doce años en medios de comunicación. Fue premiada en el certamen El Niño, el Joven y los Derechos Humanos (1999 y 2000). Participó como autora invitada en la Feria Internacional del Libro de Buenos Aires (2015). Formó parte de cuatro antologías dirigidas por Diego Paszkowski. Su primera novela, "El Perro Fiel", fue seleccionada en el concurso organizado por Ediciones Oblicuas y publicada en 2016. Coordina talleres y ofrece seminarios de escritura creativa.
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