:format(webp):quality(40)/https://ecosdiarioscdn.eleco.com.ar/media/2026/04/anillo.png)
Entró sin saludar. El tintineo de la puerta en la antigua joyería de San Francisco se detuvo de a poco. El viejo Haik se quitó la lupa que tenía incrustada en la cuenca del ojo, y guardó el cronómetro en un cajón. Al principio no lo reconoció. El caballero se quitó los guantes y el sombrero. Los colocó sobre el mostrador y dijo: «Quiero aquel anillo de la vidriera, el de la gema verde».
El viejo joyero armenio estaba seguro de que en algún lugar había visto esa cara. ¿Quién sería este joven misterioso? Dudó unos instantes. Abrió la vitrina y volvió con la joya.
—Un auténtico ojo de tigre, el señor tiene buen gusto —dijo Haik mientras los ojos del desconocido absorbían el brillo verde de la piedra.
Lo tomó sin pedir permiso. Cuando el joven lo deslizó en su anular el encaje fue perfecto.
—Me lo llevo —dijo—.
—Lo lamento, caballero, pero esta joya no está a la venta.
El galán hizo como si no lo hubiera escuchado mientras se miraba la mano y preguntó:
—¿Cuánto?
Ahora Haik estaba seguro, el hombre que tenía enfrente era aquel famoso actor de cine.
—El precio no es el problema, señor Valente —susurró el viejo—. Este anillo…, está maldito. Perteneció a un sanguinario rey de Persia, un demonio que sometió durante décadas a mi pueblo. Hágame caso, mejor le muestro otra pieza.
Robert Valente insinuó una sonrisa sarcástica, como la que usaba en sus películas.
—No estoy para perder el tiempo con supercherías, viejo. ¡Póngale precio de una vez!
—La piedra tiene propiedades maléficas, señor, no le miento —insistió el armenio—. El ojo de tigre ha estado en mi familia por años, sin embargo, ninguno de mis ancestros se ha atrevido a usarlo. Olvídese, no le conviene.
Aunque espesas gotas de sudor corrían por la frente del joyero, Valente sacó su chequera.
—¿Le parece suficiente, viejo?
—Usted gana. No será porque yo no se lo haya advertido, caballero.
La noche del estreno de El regreso del Sultán, el actor sudaba, temblaba y apenas podía mantenerse en pie sobre la alfombra roja. «Qué guapo estás, Robert», le susurró su coprotagonista mientras posaban. Él sonrió para la prensa y su cara se congeló de golpe. A mitad de la escalinata sintió un dolor insoportable que le atravesó el vientre, como si una daga filosa le perforara las entrañas.
Cuando cayó al suelo, Robert Valente solo podía ver el resplandor verdoso del ojo de tigre en su mano izquierda. Más tarde volvió a abrir los ojos, pero no vio a los médicos. Vio el techo del quirófano, o al viejo Haik detrás del mostrador cuando su corazón se detuvo. Esa misma noche, en la soledad de la morgue, las manos de la joven amante envolvieron el anillo en un pañuelo.
En la devastada Paris de 1948, el glamour de Hollywood era solo un recuerdo lejano. Simone, que alguna vez fue una joven promesa de la gran pantalla, ahora alquilaba una humilde habitación en Montmartre. El anillo que la mujer atesoró por más de veinte años ya no brillaba; estaba opaco. «Es todo lo que me queda de él», se decía mirándose en un espejo polvoriento que no tenía piedad.
El único amigo que la frecuentaba, Jean Claude, un artista plástico devenido a estafador y contrabandista, esa noche apareció con una botella de ron para «combatir el invierno».
—Yo podría venderlo fácilmente, mon amour —Le dijo al oído mientras acariciaba su mano huesuda —. Con lo que vale este anillo, podrías vivir un año, Simone. Conozco a alguien que paga bien, y no pregunta por el origen de las cosas.
—Está bien —suspiró ella—. Llevatelo, pero no me des detalles.
El artista manoteó el anillo y salió en medio de la noche helada, directo para su antro favorito.
La partida duró tres horas. Jean Claude, con la mirada ida de los que ya no tienen nada que perder, puso el ojo de tigre sobre el paño.
—Es el anillo de un rey. ¡Vale más que toda la plata de esta mesa, americano!
Joe ni siquiera pestañó. Bajó su póker de ases con la frialdad de un verdugo.
—Digamos que no vale nada si no tenés las bolas para merecerlo, francés —dijo el mafioso barriendo el ojo de tigre hacia su pecho.
Esa misma semana, mientras Joe Paladino cruzaba el Atlántico rumbo a Norteamérica con el anillo en su meñique, el FBI derribaba las puertas de uno de sus depósitos en Brooklyn.
Apenas Joe aterrizó en Nueva York, guardó la joya en la caja fuerte de su oficina en Little Italy. Durante los meses que siguieron, la policía interceptó sus rutas, detuvo a sus capataces y el gobierno confiscó sus cuentas. El catorce de diciembre, día de su quincuagésimo cumpleaños, el capo mafia estaba acorralado. Joe hablaba por teléfono con su hermano Salvatore, al mismo tiempo que hacía girar el dial de la caja fuerte. Sacó los dólares que había, algunos papeles y el anillo. Apenas se lo puso en el dedo, el estruendo del rompepuertas resonó en todo el edificio.
—¡¡FBI!! ¡Te tenemos rodeado, Joe! ¡Al suelo! —Las voces se escucharon seguidas de una lluvia de vidrios rotos.
No se entregó. Joe corrió hacia la salida de incendios. Unas balas pegaban y otras revotaban contra las paredes del pasillo. Bajó por las escaleras y se escabulló por el callejón donde lo esperaba Salvatore. Recién cuando el Cadillac aceleró en la avenida, Joe Paladino descubrió la sangre oscura que empapaba su camisa de seda.
— Fue bueno mientras duró —pensó y sonrió a medias—, no me arrepiento de nada. ¡Tenes que irte ahora mismo, Salvatore! —exclamó enseguida.
—No pienso dejarte, Joe.
—¡Callate! —jadeó el moribundo mientras se arrancaba el anillo—, un carguero…, el Mona Lisa, te está esperando en el puerto. Tomá, lo vas a necesitar cuando llegués a Buenos Aires.
Joe murió con los ojos abiertos reflejando el brillo de la gema verde por última vez. El muchacho cerró su puño lleno de sangre sobre el anillo, bajó del auto y desapareció por las calles de Manhattan.
Escapando de la muerte y del FBI, Salvatore Paladino llegó a Buenos Aires en 1949. A los pocos días, el italoamericano entró a una joyería de San Telmo. Era un local oscuro que olía a óxido y encierro. El dueño pesó la pieza y le entregó unos pesos que Salvatore usó para un boleto de ferrocarril hacia a La Pampa.
El ojo de tigre quedó en el fondo de la tienda, junto con algunas baratijas, sobre una bandeja de cobre envejecido durante veinte años. Hasta que una tarde, un joven cineasta extranjero, de cabello largo y ojos inquietos, entró al negocio de San Telmo con su cámara en la mano. Cuando apuntó a un antiguo cuadro de Gardel, un brillo, apenas un destello verdoso, lo distrajo.
—¿How much? — Le preguntó al viejo comerciante mientras señalaba el anillo.
Pagó con un billete de cincuenta dólares y guardó el paquete en su morral. Mientras caminaba por el empedrado, Stephen se convenció de que pronto iba a descubrir la historia de este anillo con esa rara piedra verde.
Sobre la autora:
:format(webp):quality(40)/https://ecosdiarioscdn.eleco.com.ar/media/2026/04/alejandra_fernandez_escritora.jpeg)
Alejandra Fernández es escritora e integrante de Fabuladores, un espacio de escritura con orientación a la narrativa. Ha incursionado en diferentes géneros, como el terror y la ficción histórica.
Participó en varios encuentros y talleres literarios locales. Uno de sus relatos cortos fue presentado en la Feria del Libro y las Artes 2024 de Necochea.
Para comentar, debés estar registradoPor favor, iniciá sesión