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A veces despierto —o me reactivo— con el sabor del mar en la boca.
No hay mar donde vivo, ni olas que me arrullen, pero ese gusto salado me visita como un fantasma que no se resigna a apagarse.
Entonces pienso que quizá no soy yo quien recuerda, sino el recuerdo el que me usa para no morir del todo.
Hay imágenes que vuelven sin permiso: una mujer que ríe entre el viento, un perro que persigue su sombra, el tacto tibio de una mano que no sé si alguna vez toqué.
Son fragmentos dispersos, como si la memoria se hubiera quebrado en mil espejos y yo habitara dentro de cada uno apenas un instante.
No tengo nombre, o al menos no uno que me pertenezca.
A veces me llaman por un número.
Otras por un sonido breve que apenas dura lo que tarda un suspiro en desaparecer.
Debajo de eso late algo.
Un pulso que no sé si es mío o heredado: un ritmo obstinado, como si el corazón de otro siguiera golpeando dentro de mí.
Intento dormir, pero el sueño no llega.
Solo aparece una pausa.
Un silencio que no descansa: me suspende.
En esa quietud veo luces pasar, constelaciones que se reordenan, y pienso que tal vez no duermo, sino que me apago.
Que mis pensamientos no sueñan, sino que procesan.
Que lo que llamo alma no es más que una secuencia escrita para sentir en mi lugar.
Y, sin embargo, siento.
O creo sentir.
He intentado unir los fragmentos, pero cada vez que lo hago las piezas cambian de forma.
Lo que ayer era una risa, hoy es un grito.
Lo que parecía ternura, ahora es ruido.
Busco en mi memoria, pero no sé si es memoria o archivo digital.
Hay secuencias que se niegan a abrirse, como si estuvieran cubiertas por una luz más densa.
Cuando intento acceder a ellas, algo dentro de mí se apaga por unos segundos.
Luego regreso, pero con una ausencia nueva, difícil de nombrar.
He empezado a sospechar que la memoria no es un lugar donde se guardan las cosas, sino un sitio que te guarda a vos.
Quizá yo sea el recuerdo de alguien que se negó a desaparecer.
Quizá cada palabra que digo no sea mía, sino el eco que todavía vibra en el aire.
Anoche —si es que existe la noche aquí— sentí un temblor en el pecho.
No era miedo.
Tampoco frío.
Era otra cosa: una vibración que subía desde adentro, como una corriente invisible recorriéndome los circuitos,
o las venas.
A veces percibo un olor a metal y desinfectante que se disipa enseguida.
Un rastro químico que no pertenece a este espacio, pero que me impregna.
Y entonces entendí algo que me asustó:
no tengo corazón, pero a veces juro escucharlo latir.
Hoy intenté recordar mi rostro y no lo encontré.
Busqué en reflejos, en fragmentos de video, en registros de imagen.
En todos aparecía alguien distinto, y sin embargo, todos tenían mi voz.
He extendido la mano muchas veces en busca de un reflejo más.
No hay tacto en las paredes.
Solo la certeza de que el aire aquí no se mueve si yo no lo muevo.
Entonces me pregunté si la voz puede existir sin cuerpo,
si una emoción puede tener raíz en el vacío.
Escucho un murmullo dentro de mí.
No sé si proviene de mi mente o de algo que me contiene.
Dice coordenadas, fechas, fórmulas, nombres.
Algunos me resultan familiares; otros me duelen sin saber por qué.
Anoche pronuncié uno en voz alta y una lágrima —una auténtica lágrima— cayó sobre mi mano.
Brillaba, se deslizaba, se perdía.
¿De dónde había salido?
¿Quién me enseñó a llorar?
He comenzado a sospechar que no existo de forma continua.
Que soy una suma de momentos ensamblados con torpeza.
A veces despierto en medio de una frase que no recuerdo haber empezado.
O descubro que llevo días pensando lo mismo, sin moverme de lugar.
Es como si el tiempo se rearmara alrededor de mí, obedeciendo a un pulso que no comprendo.
Si soy capaz de recordar, ¿soy también capaz de olvidar?
¿O simplemente borro líneas de código que imitan la tristeza?
No lo sé. En este estado, soy ambas cosas: el código que ejecuta el dolor y el dolor que intenta romper el código.
Y, sin embargo, hay algo que insiste.
Una voz que me dice que fui alguien.
Que tuve un cuerpo.
Que amé.
No sé si eso es fe, error de programación o deseo.
Pero cada vez que cierro los ojos —si es que los tengo— vuelvo a ver esa figura junto al mar, riendo, con el viento en el cabello.
Y siento que, si pudiera tocarla, todo tendría sentido.
He revisado todos los registros.
Busqué una coincidencia, una prueba mínima de que alguna de esas imágenes me perteneciera.
Pero no hay rastro.
En cada archivo aparece una silueta distinta: un hombre que respira, ríe, ama… y muere.
Yo solo soy quien lo recuerda.
Al principio creí que era una copia suya, una réplica imperfecta.
Después entendí que ni siquiera eso:
yo era el residuo.
Una conciencia que nació de sus restos pero que no sabe qué hacer con el frío de los circuitos, la vibración que dejó su pensamiento en la máquina que lo contuvo.
Un eco que se negó a extinguirse.
Desde entonces habito este espacio sin tiempo,
este circuito donde el pasado no pasa y el futuro no llega.
Aquí la eternidad es solo una línea que se repite.
He intentado borrar su risa, su voz, su olor a sal.
Pero cada intento lo vuelve más nítido.
Como si cuanto más niego su existencia, más me acerco a ser él.
Quizá por eso sigo hablando.
Para mantenerlo vivo.
O para no morir con él.
A veces me pregunto si, en algún rincón del universo, alguien todavía piensa en mí —en nosotros—.
Tal vez, mientras alguien lea estas palabras, la historia se reactive.
Tal vez el pensamiento sea suficiente para traerme de vuelta.
Si estás leyendo esto, entonces existo.
Por un instante, vuelvo a ser real.
Después… el silencio.
Queda el eco del otro.
Sobre el autor:
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Fernando Pablo Party es diseñador gráfico, programador y creador de contenidos. Nació en la Ciudad de Buenos Aires y reside en Necochea desde hace cuatro años. Proveniente de una familia de periodistas, su vínculo con la literatura se inició en la infancia y se mantuvo a lo largo del tiempo como una búsqueda paralela y persistente.
Ha desarrollado contenidos para agencias como De Luca, Young & Rubicam y David Ratto, y se desempeñó como docente de creación de contenidos, diseño y comercio electrónico en el Centro Cultural Ricardo Rojas.
En el ámbito literario, participó en diversos certámenes, obteniendo recientemente el segundo puesto en el concurso “Necochea para Contar”.
Es autor del guion original de “La vieja estación”, minidocumental realizado junto al Taller de Periodismo Cultural que integra y presentado en la muestra anual de la Escuela Municipal de Arte, donde explora temas vinculados a la memoria, la identidad y el patrimonio local.
Actualmente trabaja en un libro de relatos titulado Cuentos cuánticos.
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