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Todo empezó como un “reto viral”. Mensajes que circularon en redes sociales, pintadas en baños de escuelas, advertencias que hablaban de tiroteos en fechas determinadas. Una lógica que se replicó en distintos puntos de la provincia de Buenos Aires y del país, generando alarma en comunidades educativas completas.
Pero el fenómeno no quedó en lo virtual, lamentablemente. En Necochea, las amenazas escalaron. Hubo pintadas, enfrentamientos entre estudiantes, mensajes intimidatorios y, finalmente, una respuesta judicial: allanamientos en al menos cinco domicilios vinculados a estas intimidaciones.
Ahí aparece la pregunta incómoda: ¿cuándo deja de ser una “broma” y pasa a ser un síntoma?
Hay una escena que vuelve, insistente, como una melodía incómoda. Un chico, joven, anónimo, que de pronto se convierte en noticia. Que pasa de un aula al centro de la escena mediática. Que deja de ser un nombre cotidiano para transformarse en “el chico de la tapa”.
La canción de Fito Páez no hablaba de escuelas ni de amenazas de tiroteos (es la segunda versión, menos romántica, de los chicos de 11 y 6). Pero sí de algo más profundo: de una sociedad que llega tarde. Que mira después. Que reacciona cuando ya es noticia.
Y eso es, en esencia, lo que está ocurriendo hoy en la Argentina con esta ola de amenazas, pintadas, mensajes virales y allanamientos que pusieron en el foco de la escena al sistema educativo en la última semana.
El sistema educativo reaccionó con protocolos concretos. Desde la Jefatura Regional se explicó que ante cada amenaza se debe “dar aviso al inspector y realizar la denuncia en Fiscalía”, articulando con la Justicia.
Pero el protocolo actúa después. Ordena la emergencia. No la previene. Porque en muchos de estos casos hay señales previas. Mensajes que circulan. Conductas que cambian. Violencias que escalan lentamente. El problema es que, muchas veces, esas señales no se leen a tiempo o se minimizan.
Lo ocurrido en Santa Fe semanas atrás, cuando un adolescente ingresó armado a una escuela y mató a un compañero, dejó una advertencia brutal: las amenazas pueden dejar de ser ficción.
En ese contexto, lo que hoy aparece como un “reto viral” adquiere otra dimensión. Ya no se trata solo de adolescentes replicando conductas en redes. Se trata de una cultura que empieza a naturalizar la violencia como lenguaje.
Especialistas en convivencia escolar vienen señalando este fenómeno desde hace años. El sociólogo francés Michel Wieviorka sostiene que “la violencia no es solo un acto, es un proceso social que se construye en el tiempo”. Y en esa construcción intervienen múltiples factores: frustración, falta de pertenencia, exposición a contenidos violentos y debilitamiento de los vínculos.
En Necochea, esos elementos aparecen con nitidez. Las reuniones urgentes con familias, las jornadas de reflexión en escuelas, las intervenciones policiales. Todo indica que el problema desbordó lo estrictamente educativo.
Y cuando eso ocurre, la escuela queda sola.
Porque la escuela no puede (ni debe) ser el único espacio de contención. No puede absorber por sí sola conflictos que nacen en lo social, en lo familiar, en lo digital. Pretenderlo es, en algún punto, repetir el error que describe la canción: mirar el problema cuando ya es visible, cuando ya está en la tapa.
Aquí, el rol de las familias también se transforma en un eje central. ¿Cuánto hablamos con nuestros hijos sobre estas situaciones? ¿Sabemos realmente qué hacen ellos y cómo piensan al respecto?
Hay preguntas aún más fuertes: ¿Logramos “conectar” con nuestros hijos? Y ellos, ¿sienten la confianza necesaria para hablarnos o comunicarnos lo que les pasa? Sin dudas, estas cuestiones también son parte importante de lo que sucede en las escuelas.
Los medios también debemos hacernos cargos de una parte del problema. Tal vez, dar difusión a determinadas situaciones que se generan no contribuyen a “apaciguar las aguas”, sino que provocan un efecto contrario.
Hay algunos datos globales que no ayudan tampoco. Según informes recientes, Argentina se ubica entre los países con mayor cantidad de casos graves de bullying, con cifras que superan los 200.000 episodios anuales.
Ese clima de hostilidad, muchas veces trasladado a redes sociales, encuentra en estos “retos virales” una forma de amplificación. Lo que antes quedaba en un aula, hoy se viraliza. Y lo que se viraliza, se imita.
La lógica del contagio es clave para entender este fenómeno. Lo que ocurrió en una escuela aparece replicado en otra. Lo que fue una pintada, se convierte en tendencia. Y en ese proceso, el riesgo deja de ser hipotético.
Por eso los allanamientos en Necochea no son un dato menor. Son, en realidad, un punto de inflexión. La señal de que el Estado empieza a intervenir no solo en la prevención, sino en la sanción.
Pero incluso eso abre otro debate: ¿alcanza con judicializar? ¿O el problema es anterior?
El psicólogo social Zygmunt Bauman hablaba de una “modernidad líquida” donde los vínculos son frágiles y las instituciones pierden capacidad de contención. En ese contexto, la violencia aparece como una forma de expresión de conflictos que no encuentran otro canal.
Las escuelas, entonces, quedan en el medio. Entre la contención y el desborde.
Y Necochea no es una excepción. Es, quizás, un reflejo más cercano de un fenómeno global. Como lo muestran los recientes episodios en distintos países, donde amenazas similares obligaron a suspender clases y activar protocolos de seguridad.
La diferencia es que, en ciudades más pequeñas como la nuestra, el impacto es más directo. Más personal. Más visible.
Porque ahí el “chico de la tapa” no es una abstracción. Puede ser el compañero de un hijo, el vecino, el alumno que todos conocen.
Y ahí la canción deja de ser metáfora.
Se vuelve advertencia.
Porque cada vez que un hecho así ocurre, la sociedad vuelve a preguntarse qué falló. Y casi siempre la respuesta llega tarde.
Tal vez el desafío sea otro. No esperar a que haya un nuevo nombre en la tapa. No naturalizar la amenaza como parte del paisaje. No reducir el problema a un viral pasajero.
Porque si algo deja en claro esta semana es que no se trata solo de escuelas.
Se trata de una generación que está hablando (no siempre de la mejor manera, tal vez) y de una sociedad que todavía no encuentra cómo escucharla a tiempo.
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