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La postal que dejaron las últimas lluvias en Necochea no es nueva, pero sí cada vez más elocuente. Los más de 100 milímetros caídos en pocas horas no sólo pusieron a prueba la capacidad de respuesta de los equipos municipales, sino que volvieron a desnudar una problemática estructural que la ciudad arrastra desde hace década: la falta de inversión sostenida en infraestructura básica.
Los datos son contundentes. Calles anegadas, viviendas con ingreso de agua, familias que debieron autoevacuarse, escuelas afectadas y hasta el colapso parcial de un ícono urbano como la Rambla. Todo en el marco de un fenómeno que, lejos de ser extraordinario, fue definido por los propios funcionarios como una lluvia intensa pero no inédita. Es decir, no se trató de un evento imprevisible, sino de una situación que el sistema urbano debería estar en condiciones de absorber.
El problema central aparece una y otra vez en los testimonios técnicos: la saturación del sistema de drenaje. Cuando en pocos minutos cae un volumen importante de agua, la ciudad no logra canalizarlo adecuadamente. El resultado es conocido: el agua corre por superficie, se acumula en zonas bajas, invade viviendas y termina generando daños materiales y sociales que podrían evitarse con obras de fondo.
Pero quizás el dato más preocupante no sea la anegación circunstancial, sino lo que ocurrió en la zona costera. El derrumbe de parte de la Rambla no es un hecho aislado ni atribuible únicamente a la lluvia. Es la consecuencia de años de falta de mantenimiento, de ausencia de obras integrales y de una planificación que no ha logrado acompañar la dinámica natural del frente marítimo. La explicación técnica es clara: la filtración del agua y la socavación del suelo, compuesto mayormente por arena, terminan debilitando las estructuras. Pero detrás de esa explicación hay una verdad más profunda: sin inversión, cualquier estructura termina cediendo.
Lo mismo ocurre en los barrios. Las calles de tierra que se parten, los sumideros que no alcanzan, los desagües obstruidos y la necesidad constante de intervenciones de emergencia configuran un escenario donde el Estado actúa más como bombero que como planificador. Se responde a la urgencia, pero no se resuelve el problema de fondo.
En ese contexto, también queda en evidencia una desigualdad territorial persistente. Las zonas más bajas o con menores recursos son las más afectadas, repitiendo un patrón que se agrava con cada tormenta. Allí, donde el escurrimiento es más difícil y las obras nunca llegan o lo hacen de manera parcial, el impacto es directo sobre la calidad de vida de los vecinos.
La suspensión de clases, incluso parcial, es otro indicador de esta fragilidad. No se trata sólo de una medida preventiva, sino de la constatación de que muchos edificios educativos tampoco están preparados para soportar estas condiciones. Filtraciones, falta de energía y problemas estructurales vuelven a aparecer como síntomas de una misma enfermedad.
Mientras tanto, el discurso oficial suele centrarse en la intensidad de la lluvia o en la conducta de los vecinos respecto a la basura. Sin desconocer estos factores, lo cierto es que desviar la atención hacia ellos implica eludir la discusión principal: la ciudad necesita obras. Obras hidráulicas de envergadura, mantenimiento sostenido de los sistemas existentes y una planificación urbana que contemple escenarios climáticos cada vez más exigentes.
La propia voz de los funcionarios reconoce la necesidad de un pluvial colector y de una reconstrucción integral en sectores críticos. Sin embargo, esas soluciones siguen en el terreno de lo pendiente, mientras los episodios se repiten.
Cada tormenta, entonces, funciona como una radiografía. Y lo que muestra Necochea es una estructura urbana vulnerable, sostenida más por la capacidad de reacción que por la previsión. Los trabajadores municipales, Defensa Civil y otras áreas cumplen un rol clave y muchas veces logran evitar consecuencias mayores. Pero no alcanza.
La discusión de fondo no es meteorológica, es política. Tiene que ver con prioridades, con decisiones de inversión y con la capacidad de pensar la ciudad a largo plazo. Porque cuando una lluvia relativamente habitual provoca evacuaciones, daños estructurales y colapsos visibles, lo que está fallando no es el clima: es la infraestructura.
Necochea no enfrenta un problema nuevo. Lo que enfrenta es la reiteración de un problema no resuelto. Y cada nuevo episodio no hace más que profundizar una sensación que ya se instaló en gran parte de la comunidad: la ciudad corre siempre detrás de la emergencia, pero nunca logra adelantarse a ella.
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