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Al gigante la cintura se le estaba por romper,
y al enano le dolían las puntitas de los pies.
Desparejas amistades este fin suelen tener.
Germán Berdiales
Godofredo conoció a Úrsula en diciembre, en una exposición de bonsáis.
Ella se inclinó para mirar uno a ras del piso, él se sacó la flor de la solapa y la alzó para ofrecérsela. Ella se rio. Terminaron recorriendo la exposición juntos, intercambiaron números.
Durante los tres primeros meses, se juntaban a la mañana a caminar por los senderos del parque. Se los veía muy enamorados, ella enfundada en su jogging talle 8XL, y él con su sombrero y una escalerita plegable, que usaba para besarla si se detenían y no encontraba nada a qué treparse.
Úrsula alquilaba una casa antigua, con puertas y paredes altas. El enano la visitaba seguido. Ella no podía retribuirle las visitas, porque no cabía en el ascensor y su amado vivía en un piso veintitrés. En mayo este hecho más la suba de los alquileres precipitaron la decisión de la convivencia.
Antes de Godofredo, las habitaciones estaban llenas de estantes altos donde la giganta colocaba los bonsáis para apreciarlos sin esfuerzo. Cuando el enano llegó, acomodó los suyos en los rincones, a ras del piso, en pequeñas macetas rojas.
Con Úrsula se sentía tan a gusto como un pueblo en el valle de una montaña.
Solía expresar su amor limándole las uñas dos veces a la semana. Como retribución ella lo subía sobre los hombros y lo llevaba al patio, para que él descolgara de la parte inalcanzable de una higuera las brevas maduras que tanto le gustaban. Al enano le encantaba elaborar largos monólogos sobre cualquier tema, desde las concepciones de los filósofos presocráticos a la gramática de la lengua española, pasando por las excavaciones de Florentino Ameghino y la expedición de Thor Heyerdahl. En general cansaba a sus interlocutores, pero no a Úrsula, quien sufría de una hipoacusia severa. La mayoría de las palabras de su compañero le llegaban como el zumbido de un zángano. Pero le agradaba mirar cómo se apasionaba con cualquier tema que estuviera tratando, las manos se le crispaban, fruncía los labios, se le encendían los ojos. Cuando la exposición terminaba, hacían el amor con frenesí.
Hacia octubre, Godofredo se sentía un poco harto de tener que gritarle las cosas tres veces a su amada, por su parte a ella le fatigaba tener que andar por la casa cuidándose de no pisar a su tesorito.
Un día el enano llegó a casa con un megáfono que colocó delante de su boca:
—¡Para que me escuches mejor! —le gritó.
Ella se rio, abrió un armario y sacó unas luces parpadeantes, autoadhesivas, que le colocó sobre los hombros.
—¡Para verte mejor! —le dijo.
A Godofredo le irritaba que Úrsula olvidara cosas en los estantes altos, también la cara de éxtasis que ponía cuando en El Señor de los anillos aparecían los hobbits. A ella, que él se perdiera de vista entre las macetas del invernadero y que viera básquet femenino.
Hacia diciembre, cuando cumplían un año, la pareja se hallaba en medio de un temporal. Él decía que Úrsula ya no lo veía con los mismos ojos, que no se cuidaba, como antes, de no aplastarlo en la cama. Ella se quejaba de dolor en las cervicales y de vértigo de tanto mirar hacia abajo. La crisis se agudizó cuando el enano tomó la decisión de dormir en el cajón inferior de la cómoda, «para no molestar».
Por algún motivo, la conexión eléctrica de la casa enloqueció, si encendían la luz de la pieza, se apagaba la del living, y si encendían las dos, sonaba el timbre. Úrsula llamó a Roldán, un técnico con quien, cuando ella era adolescente, habían saltado algunas chispas.
El enano sabía de la historia de Roldán y, para no saludarlo, se escondió en un rincón, detrás de sus bonsáis de macetas rojas. Roldán desplegó sus herramientas y pronto determinó que el problema se hallaba en un tubo fluorescente pegado al techo de aquella casa de habitaciones altísimas.
—¿No tenés escalera? —preguntó Roldán.
—¿Para qué? —dijo la giganta y con un gesto lo invitó a subir sobre sus hombros, montura que hasta ese momento había sido propiedad exclusiva de Godofredo.
Entre risas, Roldán cambió unos cables debajo del zócalo del fluorescente. La electricidad volvió a la normalidad. Cuando el técnico se fue, la giganta tuvo que arrodillarse a recoger los restos de cables del piso. De Godofredo, ni noticias.
Apareció a la hora de la cena.
—¿Dónde te habías metido? —preguntó—. Tenés que seguir explicándome lo de la geotermia.
Godofredo negó con la cabeza. Se llevó la mano a la garganta.
—Estoy afónico.
Ella siguió poniendo la mesa. El silencio le pesaba más que de costumbre.
—Podrías usar el megáfono.
—No tengo ganas.
Godofredo tragó saliva, bajó de la mesa y fue a refugiarse en el cajón de la cómoda.
A la mañana siguiente, la giganta lo buscó por toda la casa: el enano había desaparecido junto con su colección de bonsáis de macetas rojas.
Sobre el autor:
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Marcelo de la Hera es escritor, editor y coordinador de Fabuladores, un espacio de escritura con orientación a la narrativa.
Algunos de sus relatos cortos han sido publicados en antologías en España y Venezuela. Al frente de la editorial Fabularia ha editado dos antologías de trabajos de autores necochenses.
En 2023 publicó Volar y despegar, un volumen de cuentos en los cuales la vida cotidiana se topa con lo insólito.
El cuentario puede adquirirse en Amazon a través del siguiente link: https://www.amazon.com/Despegar-y-volar-Cuentos-Spanish/dp/B0CHL7M32Y
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