:format(webp):quality(40)/https://ecosdiarioscdn.eleco.com.ar/media/2026/05/comentario_1.webp)
Hay una lógica que atraviesa buena parte de la política argentina contemporánea, sea cual sea el partido político que se encuentre en el poder: la centralidad. Un país pensado desde la mirada del AMBA (Área Metropolitana de Buenos Aires), donde las discusiones públicas, las prioridades económicas y hasta las decisiones de infraestructura parecen definirse a cientos de kilómetros de distancia de los problemas reales del interior.
Y cuando esa distancia se profundiza, ocurre algo peligroso: de deja de observar. No se ve la ruta destruida que une ciudades productivas. No se ve el camión que demora más horas para llegar al puerto, en nuestro caso el de Quequén. No se ve la ambulancia obligada a desviarse kilómetros por un corte. No se ve el municipio que intenta sostener servicios esenciales mientras el Estado nacional se retira de áreas históricamente estratégicas.
Eso es, en esencia, lo que hoy sucede en Necochea y buena parte del sudeste bonaerense con la situación de la Ruta Nacional 228 y el vínculo cada vez más distante entre los municipios y el gobierno nacional.
La frase del intendente Arturo Rojas en Ecos Radio esta semana fue contundente: “Nos dejaron solos en muchas responsabilidades”.
No es solamente de una declaración política. Es la síntesis de un modelo de gestión nacional que, bajo la lógica del ajuste y el retiro del Estado, trasladó gran parte de las obligaciones a provincias y municipios, pero sin recursos equivalentes para afrontarlas.
Un modelo de gestión que fue votado mayoritariamente hace 3 años y a sabiendas de lo que iba a suceder, ya que el principal eslogan de aquella campaña de Javier Milei fue mostrar una motosierra en cuanta pantalla exista (llámese redes sociales, videos de Youtube o canales de streaming y televisión)
La situación de la Ruta Nacional 228 funciona casi como una metáfora perfecta de ese esquema.
La traza, fundamental para la conectividad regional entre Necochea, San Cayetano y Tres Arroyos, volvió a quedar en estado crítico tras el último temporal. La rotura de una alcantarilla provocó un corte total y dejó expuesta una infraestructura vial que arrastra años de deterioro.
Pero el problema no es solamente climático. El temporal mostró el daño; no lo generó. El deterioro venía de antes. Y ahí aparece el verdadero trasfondo político: el abandono progresivo de la infraestructura nacional en el interior del país.
Mientras desde Nación se sostiene un discurso centrado casi exclusivamente en el equilibrio fiscal, los municipios quedan atrapados en una contradicción permanente: deben responder a demandas cada vez mayores con herramientas cada vez más reducidas.
Rojas lo planteó claramente al referirse al estado de las rutas nacionales: “El estado de las rutas es una preocupación permanente”.
Y no es una exageración. Las rutas del interior no son un lujo ni una obra secundaria. Son el sistema circulatorio de la economía regional. Por allí pasa la producción agropecuaria, el turismo, el abastecimiento, los trabajadores y hasta la atención sanitaria.
Cuando una ruta colapsa, no se corta solamente el tránsito. Se interrumpe la vida cotidiana de una región entera.
Lo más llamativo es que incluso las soluciones terminan dependiendo de los propios municipios. Según se informó tras la reunión entre autoridades locales y Vialidad Nacional, tanto Necochea como San Cayetano deberán colaborar con maquinaria y materiales para avanzar en las reparaciones.
Es decir: los gobiernos locales terminan asumiendo responsabilidades que corresponden a Nación.
Y ahí vuelve la sensación de lejanía.
Porque mientras en Buenos Aires se discuten variables macroeconómicas, superávit fiscal y equilibrio de cuentas públicas, en el interior se discute algo mucho más básico: si una ruta puede seguir funcionando o no. La centralidad porteña genera además otro problema: invisibiliza las consecuencias territoriales del ajuste.
Cuando se paraliza la obra pública nacional, cómo ya hemos marcado en otras oportunidades en esta misma página, el impacto no se percibe igual en todos lados. En ciudades intermedias como Necochea, la ausencia del Estado nacional se vuelve mucho más evidente porque afecta directamente cuestiones esenciales: caminos, infraestructura hidráulica, mantenimiento vial, conectividad y servicios.
La Ruta 228 es estratégica no solo para Necochea, sino para toda la región productiva. Une corredores agrícolas, conecta puertos y articula localidades donde la circulación diaria de personas es indispensable. Su deterioro impacta en costos logísticos, seguridad vial y actividad económica.
Sin embargo, durante mucho tiempo el tema quedó relegado.
Y eso ocurre porque desde lejos no se ve el desgaste cotidiano. No se ven los baches permanentes. No se ven las banquinas destruidas. No se ve el riesgo constante con el que conviven quienes transitan esas rutas todos los días.
La política nacional actual parece partir de una premisa: reducir al mínimo la intervención del Estado central y dejar que cada jurisdicción resuelva como pueda. El problema es que los municipios no tienen capacidad financiera para reemplazar a Nación.
Ahí aparece otra tensión de fondo: la autonomía municipal muchas veces es más formal que real. Porque sin financiamiento nacional o provincial suficiente, las comunas administran escasez, no desarrollo.
Rojas viene insistiendo en esa idea desde hace meses. Y no es casual que otros intendentes de distintos signos políticos planteen diagnósticos similares. Lo que emerge es una percepción compartida: el interior productivo siente que quedó fuera del radar nacional.
No es solamente un problema económico. También es cultural y político.
La Argentina sigue funcionando bajo una lógica profundamente centralista/unitaria, donde las prioridades del interior aparecen muchas veces subordinadas a las urgencias metropolitanas. Y en ese esquema, las rutas nacionales del sudeste bonaerense difícilmente ocupen un lugar central en la agenda.
Pero para quienes vivimos en Necochea, San Cayetano o Tres Arroyos, estas rutas no son una estadística presupuestaria. Son parte de nuestra vida diaria.
Por eso el debate excede la coyuntura del temporal o las obras anunciadas. La discusión de fondo es otra: qué lugar ocupa el interior en el modelo de país que propone el gobierno nacional.
Porque cuando la infraestructura se deteriora, cuando los municipios quedan solos y cuando las soluciones llegan tarde o dependen de recursos locales, lo que aparece no es solo un problema de gestión. Aparece una señal política. La de un país cada vez más centralizado en sus decisiones, pero cada vez más distante de las realidades concretas del interior.
Y desde lejos, efectivamente, muchas veces no se ve.
Para comentar, debés estar registradoPor favor, iniciá sesión