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En más de una oportunidad, preferentemente luego de cada verano con saldo poco satisfactorio, se intenta discutir un modelo de desarrollo para Necochea. Algo que de veras empiece a cambiar una inercia que viene de años.
Aunque para algunos solo haya sido motivo de discusiones bizantinas, para quienes sueñan una ciudad que potencialmente lo tiene todo pero no lo explota, no deja de ser una situación clave: hay que definir qué Necochea queremos para los próximos 20 o 30 años.
En principio surge un dilema repetitivo a lo largo del tiempo y emparentado al momento de considerar porqué nuestra ciudad perdió el sitial turístico que supo tener y tratar de recuperar el terreno perdido. Y la disyuntiva es: ¿hay que apostar a una hotelería de mayor categoría, con establecimientos de cuatro y cinco estrellas, aparts, resorts o sistemas all inclusive, o eso es innecesario porque el turismo que llega consume servicios más económicos?
La discusión no es solamente turística. También existen razones económicas, urbanas y políticas a dirimir y definir.
Hay quienes sostienen, y es valedero, que no hace falta una hotelería de alto nivel porque Necochea tiene un turismo mayormente familiar, de clase media, que alquila departamentos, casas o utiliza campings o complejos sencillos.
Indudablemente ese perfil existe, funciona y es parte de la identidad histórica del turismo que recibimos. Y negarlo sería desconocer décadas de construcción turística-económica basada en el esfuerzo de propietarios, inmobiliarias y pequeños prestadores.
Interrogantes más profundos
Ampararse en la comodidad de ese análisis y por otro lado protestar porque la ciudad no despega hacia una mejor explotación turística, no es más que una contradicción. Tanto como la idealización de un turismo de “todo el año” que nunca termina de hacerse realidad.
En este escenario no deberíamos apuntarle al turismo que tenemos hoy, pero sí tenemos que plantearnos, seriamente, ¿qué turismo queremos tener mañana? Y sobre todo ¿qué tipo de ciudad queremos construir alrededor de ese turismo?
Los que impulsan una hotelería de mayor jerarquía, sostienen algo que en economía urbana es casi una ley: la oferta muchas veces crea la demanda.
En la misma línea de pensamiento surge que no hay que esperar que mágicamente llegue un turista de alto poder adquisitivo para recién pensar en infraestructura, sino exactamente al revés.
Sin hoteles de categoría ni servicios premium, sin una ciudad estéticamente cuidada y funcional, ese turismo jamás va a llegar.
Cierto es que mientras se hace esa deducción, también hay una realidad palmaria: el turista que elige Necochea, como ocurre en otros sitios turísticos de la costa argentina, viene por no más de cuatro días promedio y no elige hospedarse en hoteles. El cierre de establecimientos y la correspondiente pérdida de decenas de plazas hoteleras es el claro ejemplo.
Tentar la inversión
Ningún destino se transforma por casualidad. Mar del Plata, Pinamar, Cariló, Punta del Este no esperaron que la demanda apareciera sola. Construyeron primero la oferta tentando a la inversión privada y con un acompañamiento desde el Estado municipal a través de la planificación urbana y una visión clara de hacia dónde querían ir.
La costa de Quequén es un primer espejo en el que reflejarse. Si bien hay mucho por hacer, en los últimos años viene solidificando un crecimiento que empieza en la llegada de un turismo de mayor poder adquisitivo.
Pensar que Necochea debe conformarse con un turismo exclusivamente económico, es aceptar un techo de desarrollo.
No es una discusión elitista. Se trata de una diversificación económica que Necochea debe intentar para ampliar su espectro de visitantes y por ende recibir mayores beneficios.
Una ciudad que solo ofrece servicios baratos se vuelve frágil. Depende del buen tiempo, del bolsillo ajustado de las familias y de temporadas cada vez más cortas. En cambio al sumar infraestructura de calidad, puede captar congresos, turismo corporativo o de salud, eventos deportivos, gastronomía de alto nivel y mayor consumo durante todo el año.
Eso no significa expulsar al turismo tradicional, sino complementarlo con la amplitud del menú de oportunidades.
Desarrollar económicamente una ciudad no es solo atraer más gente: es motivar inversiones, generar empleo calificado y elevar el estándar urbano. Ofrecer calidad y nuevas posibilidades no es un lujo; es un motor que obliga a mejorar el entorno, desde el estado de las calles hasta la seguridad, la limpieza y la conectividad, entre otras cuestiones.
Un gran desafío
El verdadero riesgo es no apostar a nada y quedar atrapados en una lógica de supervivencia turística, donde en cada verano se cruza los dedos esperando que el clima ayude y que la temporada “zafe”.
El desafío es que Necochea se anime a pensarse como una ciudad que compita, crezca y proyecte. De lo contrario continuará funcionando como hasta ahora: cuidando lo existente, pero renunciando a transformarse.
Y toda ciudad que renuncia a cambiar para crecer, tarde o temprano empieza a achicarse.
¿Hay un espíritu en Necochea para atreverse a dar el salto cualitativo que necesita y muchos anhelan? La respuesta la tienen los sectores privados y públicos que conforman la comunidad. Mientras tanto sigue en pie la encrucijada de ir en busca de mayor excelencia o resignarse a la inercia de varios años a esta parte.
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