Con hambre no se puede pensar…
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Maximiliano Caloni
Redacción
A las cuatro de la mañana, cuando buena parte de Necochea duerme, hay una puerta que se abre. No es la de una oficina pública, ni la de un comercio de guardia. Es la de la Parroquia Santa María del Carmen, donde funciona “El Cafecito”, un espacio que nació en 2022 como una iniciativa sencilla para entregar viandas a trabajadores nocturnos y que, con el paso del tiempo, terminó convirtiéndose en un lugar de encuentro para personas en situación de calle.
La escena debería, al menos, interpelarnos. Mientras la ciudad duerme, un grupo de voluntarias recibe a personas que no tienen dónde refugiarse. Llegan cuando otros espacios ya cerraron y encuentran allí algo que puede parecer elemental, pero que para quien vive en la calle adquiere una dimensión enorme: un lugar donde entrar, sentarse, comer, bañarse, cambiarse de ropa y, durante unas horas, dormir tranquilo.
Porque quizás lo más importante de “El Cafecito” no sea el café. Ni siquiera la comida. Es la posibilidad de recuperar, aunque sea momentáneamente, algo que la vida en la calle suele arrebatar: la dignidad de sentirse persona y no parte del paisaje urbano.
El informe que dio origen a este comentario cuenta que son más de 80 las personas que concurren al lugar y que existe un registro de sus nombres y fechas de nacimiento. Pero no se trata de una planilla administrativa. Se utilizan esos datos para algo tan sencillo como celebrar los cumpleaños. Ese gesto permite comprender que detrás de cada persona hay una historia y que reconocerla por su nombre puede ser, en determinadas circunstancias, una forma de devolverle una identidad que muchas veces el sistema terminó borrando.
Y allí aparece uno de los aspectos más dolorosos de esta realidad: la invisibilidad.
Las personas en situación de calle están ahí. Caminan por nuestras calles, duermen donde pueden, buscan refugio, piden ayuda, sobreviven. Sin embargo, buena parte de la sociedad aprende a no verlas.
Se las cruza. Se las esquiva. Se las mira durante algunos segundos y se continúa caminando.
Quizás porque resulta incómodo detenerse y pensar qué historia existe detrás de esa persona. Porque hacerlo obliga a abandonar la explicación fácil, el prejuicio y la idea de que quien está en la calle simplemente “eligió” estar allí.
Las voluntarias de la parroquia cuentan precisamente lo contrario. El contacto cotidiano las llevó a comprender que detrás de cada rostro existe una historia. Y una de ellas plantea una reflexión especialmente fuerte: antes de que alguien termine en la calle, sucedieron muchas cosas y, como sociedad, también existe una cuota de responsabilidad.
Esa frase debería salir de las paredes de la parroquia y llegar a las instituciones.
Porque la solidaridad de los vecinos es indispensable, pero no puede reemplazar a las políticas públicas.
Una iglesia puede ofrecer comida. Puede conseguir ropa. Puede habilitar duchas. Puede tender frazadas sobre el piso para que alguien duerma algunas horas sin miedo a ser echado. Puede escuchar y acompañar.
Pero no puede, por sí sola, resolver las causas que llevaron a una persona hasta allí. Y ése es quizás el principal desafío que tiene la política necochense.
Está claro que no alcanza con asistir. Hay que conocer. Hay que registrar. Hay que acompañar.
Hay que generar mecanismos que permitan reconstruir vínculos familiares cuando sea posible, garantizar acceso a documentación, salud, alimentación, higiene, capacitación y empleo. Y, fundamentalmente, establecer un seguimiento que no termine cuando la persona abandona un comedor o un refugio.
Porque uno de los problemas más graves que aparecen en el relato es precisamente la discontinuidad. Las voluntarias conocen nombres y rostros, pero muchas veces no tienen forma de saber qué ocurrió con alguien que dejó de concurrir. Algunos no tienen teléfono y simplemente desaparecen del radar.
¿Dónde están esas personas? ¿Qué les ocurrió? ¿Volvieron a dormir en la calle? ¿Consiguieron trabajo? ¿Regresaron con sus familias? ¿Están enfermas? ¿Murieron? Son preguntas incómodas. Pero una ciudad que pretende construir políticas sociales serias debería poder responderlas.
La tarea de “El Cafecito” también demuestra que la vulnerabilidad no se resuelve solamente con recursos materiales. Las voluntarias hablan de personas que llegan buscando sentirse “familia” y ser reconocidas por su nombre. El café, el desayuno y la ducha terminan siendo la puerta de entrada a algo mucho más profundo: la necesidad de ser escuchado y reconocido.
Por eso también hay que mirar a quienes sostienen esta tarea.
Las propias voluntarias reconocen que salen “rotas” después de escuchar determinadas historias. También cuentan que la experiencia les enseñó a dejar de lado prejuicios y a no juzgar. Y quizás allí exista otra enseñanza para el resto de la sociedad: nadie debería acostumbrarse al dolor ajeno. El problema es que Necochea corre el riesgo de acostumbrarse.
Acostumbrarse a ver personas durmiendo en una plaza. Acostumbrarse a observarlas buscando comida. Acostumbrarse a que una parroquia abra sus puertas de madrugada porque no existen suficientes alternativas. Acostumbrarse a que sean siempre los mismos vecinos quienes respondan cuando el Estado no llega. Y una sociedad que se acostumbra a la vulnerabilidad termina naturalizándola.
Por eso la política local debería mirar hacia ese lugar. No para apropiarse de una tarea que nació desde la solidaridad, sino para escuchar, acompañar y transformar esa experiencia en información para diseñar políticas públicas.
La parroquia puede ser mucho más que un espacio de contención. Puede convertirse en un punto de partida para conocer una problemática que muchas veces permanece oculta detrás de las estadísticas y de las discusiones cotidianas de la ciudad.
La pregunta es si habrá voluntad para hacerlo.
Porque mientras algunos discuten presupuestos, obras, tasas, campañas y elecciones, hay más de 80 personas que encontraron en una parroquia un lugar donde alguien sabe cómo se llaman y, al menos durante algunas horas, se preocupa por ellas.
No debería ser necesario llegar a las cuatro de la mañana para descubrir una realidad que está frente a nuestros ojos durante todo el día. La ciudad tiene que aprender a mirar. Y la política, especialmente, tiene que aprender a hacerlo.
Porque detrás de cada persona que duerme en la calle no hay solamente una necesidad: Hay una historia.
Y si una institución religiosa y un grupo de voluntarios lograron descubrirla, acompañarla y ponerle un rostro, quizás haya llegado el momento de que el Estado haga lo mismo.
No para contar cuántas personas viven en la calle, sino para empezar a preguntarse por qué llegaron hasta allí y qué puede hacer una comunidad para que alguna vez puedan dejarla.
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