Un almuerzo de padre e hijo: La charla pendiente de Malvinas
Mario y Agustín Carlini los sábados comparten un momento juntos, con varios temas, aunque hubo uno que nunca apareció: aquella guerra de 1982
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El almuerzo de los sábados es, desde siempre, un ritual para los Carlini, padre e hijo. Una mesa compartida, charlas distendidas y ese clima íntimo que se repite “religiosamente”, como plantea Agustín. Sin embargo, durante años hubo un tema ausente: Malvinas. Nunca se habló. Nunca se preguntó. No por desinterés, sino por lo que representa. Por el peso de una experiencia que, en el caso de Mario Carlini, quedó guardada en silencio.
Ese mismo escenario cotidiano fue el elegido para abrir, por primera vez, esa historia. Sin estudio de radio ni formalidades, Agustín, conductor del programa “Lo dije o lo pensé” por FM 97.9, Ecos Radio, encaró la charla como hijo, con respeto, pero también con la necesidad de entender. “Almorzamos todos los sábados… y nunca jamás hablamos de Malvinas”, dice al comenzar. Y en esa frase ya se define el tono: humano, cercano, cargado de significado.
Mario tenía 25 años en 1982. Recién recibido, cumplía el servicio militar como médico en el Hospital Naval de Ushuaia. “Para mí era una obligación a la patria”, recordó, describiendo una época donde las decisiones estaban marcadas por otro contexto social y político. Sin embargo, ya hacia fines de 1981 comenzó a notar movimientos que no encajaban: traslados repentinos, cambios de destino, maniobras militares poco habituales. “Se sospechaban cosas… pero no sabíamos qué”, explicó.
Aun así, como muchos, pensó que el conflicto no escalaría. “Creía que estaba arreglado… que no se iban a enfrentar a la OTAN”, señaló. Esa percepción se derrumba cuando llega la confirmación de que debía embarcarse. El 17 de abril deja de ser una fecha más: la guerra pasa a ser una realidad concreta.
Su destino fue el ARA Burruchaga. Allí, rodeado de personal de carrera, asumió la responsabilidad sanitaria. “El único que no estaba preparado era yo”, admitió. Pero en ese contexto, la preparación parecía secundaria frente a la incertidumbre total. Todos, de una u otra forma, enfrentaban lo desconocido.
El relato adquirió mayor intensidad cuando recuerda su paso por el crucero ARA General Belgrano, apenas dos días antes de su hundimiento. “Hubo una alarma de combate real… ahí pensé que no podía morir entre esas latas”, contó. No hay épica en su descripción, sino miedo y una lucidez que lo llevó a tomar decisiones clave. Incluso, en ese momento, debió ordenar el regreso de un superior que quería quedarse. “Me planté”, dijo, casi al pasar. Esa decisión, con el tiempo, pudo haber significado una vida salvada.
Agustín escuchaba, preguntaba, e intervenía. No lo hizo desde el rol periodístico, sino desde el vínculo. “¿Pensaste que te ibas a morir?”, le dijo. “Sí, por supuesto”, respondió Mario, sin rodeos. La charla avanzaba así, entre recuerdos duros y silencios que también dicen mucho.
Las marcas invisibles
En medio del relato aparecen también las marcas invisibles de la guerra. Mario recordó a compañeros con secuelas psicológicas, escenas que se activaban ante estímulos mínimos. “Eso te hacía pensar cómo iban a enfrentar cualquier situación de estrés”, reflexionó. La guerra no solo estaba en el frente, también quedaba en quienes la atravesaban.
El hundimiento del Belgrano, el rescate en medio de condiciones extremas y la precariedad de los recursos médicos forman parte de esa memoria. “Había materiales de la Segunda Guerra Mundial”, contó, evidenciando las limitaciones con las que trabajaban. Aun así, el compromiso era total. “No se murió nadie”, resaltó sobre una de las operaciones de rescate, destacando la importancia de cada vida en medio del caos.
El regreso tampoco fue igual para todos. En su caso, la comunicación con su familia había sido constante. “Mandaba cartas y sabían que estaba bien”, explicó. Eso llevó tranquilidad en medio de la incertidumbre generalizada que vivía el país. Sin embargo, el silencio posterior fue una forma de procesar lo vivido. Durante décadas, Malvinas quedó fuera de la mesa familiar.
Hasta ese sábado
La charla también dejó lugar a reflexiones más profundas. Mario habló de la formación de la época, de cómo se vivía el compromiso y de la percepción que tenían sobre las decisiones políticas. “Los militares son los que menos quieren la guerra”, recordó que le decían. Una frase que abre otra dimensión del conflicto, lejos de simplificaciones.
Hacia el final, Agustín llevó la conversación al presente. Mario habló de la familia, de los hijos, de la vida que siguió después de la guerra. Por eso le pidió a su padre un mensaje. No como médico ni como excombatiente, sino como alguien que atravesó una experiencia límite.
La respuesta es simple, pero contundente: “La guerra hay que evitarla”.
No hay discursos grandilocuentes ni construcciones épicas. Solo la palabra de alguien que estuvo ahí y que, durante años, eligió el silencio. Ese sábado, en esa mesa compartida, padre e hijo no solo rompieron ese silencio: construyeron memoria.
Y en ese gesto, íntimo pero profundo, dejaron algo más que una entrevista. Dejaron un testimonio. Una conversación pendiente que, finalmente, encontró su lugar y abrió la puerta a nuevas charlas que, quizás, ya no vuelvan a callarse.
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