Rolando Chován, un mecánico de oficio y herencia familiar
La pasión y el legado de dos maestros, lo marcó en sus más de 40 años en el taller
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Ese lugar que es prácticamente su casa, donde aún conserva imágenes de niño, tratando de hacer y deshacer piezas de autos, Rolando Chovan repasó su historia que comenzó mucho antes de abrir su propio taller mecánico hace dos décadas. Mecánico de oficio y de vocación, aseguró que prácticamente no recuerda su vida lejos de los motores. “Mecánico de toda mi vida”, dice, y la frase no suena exagerada.
La historia empezó en la infancia. Su abuelo tenía su pequeño taller mecánico y su padre fue un mecánico reconocido en la ciudad, durante décadas vinculado al histórico taller “Mar y Sierras”. Entre carburadores viejos y tornillos desparramados, Omar comenzó a familiarizarse con el oficio mecánico cuando apenas cursaba la escuela primaria. “Iba con mi papá a buscar carburadores viejos para armar y desarmar. Era un juego, pero también era empezar a tomarle cariño a esto”, recordó.
Esa cercanía cotidiana fue su primera escuela. “Yo tenía al maestro en casa”, resumió. Mientras otros chicos jugaban, él observaba cómo su padre reparaba motores, aprendía escuchando y preguntando, y absorbía cada gesto. Con el tiempo, esa curiosidad infantil se convirtió en vocación. De los dos hermanos, fue el único que eligió seguir el legado familiar.
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Trabajó junto a su padre y luego inició su propio recorrido. Primero en sociedad, después en su taller actual, donde ya lleva 20 años de trayectoria. La clientela —muchos de ellos de toda la vida— es prueba de una trayectoria construida con confianza y constancia. Algunos, incluso, lo acompañan desde aquellos primeros arreglos que hacía en la casa paterna cuando era soltero.
Para Rolando, la mecánica es claramente un oficio tradicional. “Es amar lo que uno hace”, afirmó. Y ese amor no se limita al taller: en su casa también repara todo lo que se rompe, como hacía su abuelo. Esa herencia no es solo técnica, sino cultural: la idea de fabricar, de ingeniárselas, de resolver.
La tecnología transformó la profesión. Hoy los talleres necesitan herramientas de diagnóstico electrónico y capacitación constante. “Si no nos abrazamos a ella, quedamos relegados”, reconoció. Sin embargo, sostuvo que la base sigue siendo la misma. “Un motor, en su principio de funcionamiento, es el mismo que arreglaba mi abuelo. Hoy tiene asistencia electrónica, pero el corazón es igual”.
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Esa combinación entre conocimiento tradicional e innovación es, para él, la clave. Muchas veces debe fabricar sus propias herramientas para resolver problemas específicos. El ingenio sigue siendo parte central del oficio.
Rolando observó con preocupación que cada vez menos jóvenes eligen aprender oficios técnicos. “Requiere años, estar al lado de alguien que sabe, absorber la “maña” y el conocimiento”, explicó. La práctica, acompañada de una buena base, es fundamental, aunque hoy los errores pueden ser más costosos que antes.
Al final, al recordar a esos dos grandes maestros que marcaron para siempre su vida, cómo le fueron su abuelo y a su papá, sus palabras fueron escuetas, pero contundentes: “Gracias. Inmensísimas gracias siempre”.
Quizás hubieran sido muchas más las palabras, pero la emoción al recordar aquellas personas que iluminaron su camino de vida, pudo mucho más. Por eso, la voz entrecortada y los ojos cargados de lágrimas lo dijeron todo.///
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