Cinco años después del encierro decretado por el gobierno en plena pandemia de COVID, la sociedad se encuentra marcada por avances tecnológicos y cambios en el mundo laboral, pero también enfrenta crecientes desigualdades y problemas de salud mental.
Hace cinco años, el país vivió uno de los episodios más significativos de su historia reciente. El confinamiento obligatorio impulsó una aceleración sin precedentes en la adopción de tecnologías digitales, transformando de manera radical la forma de trabajar, estudiar e interactuar. Instituciones educativas, empresas y el sistema de salud se vieron forzados a reinventar sus modelos, adoptando el teletrabajo, la educación a distancia y la telemedicina como alternativas viables y, en muchos casos, efectivas.
Este giro hacia lo digital facilitó una mayor flexibilidad laboral, permitiendo a muchos equilibrar mejor sus responsabilidades profesionales y personales. Además, la virtualidad abrió nuevas oportunidades para superar barreras geográficas, fortaleciendo lazos a través de redes de apoyo y comunidades en línea. Sin embargo, esta misma transformación evidenció una creciente brecha digital, ya que quienes carecían de acceso a las nuevas tecnologías quedaron en desventaja, profundizando desigualdades preexistentes en áreas esenciales como la educación y el trabajo.
Por otro lado, el aislamiento prolongado y la dependencia de las interacciones virtuales tuvieron un impacto negativo en la salud mental de amplios sectores de la población. El aumento en casos de ansiedad, depresión y estrés se convirtió en una preocupación latente, mientras que la pérdida de encuentros presenciales debilitó algunos lazos comunitarios tradicionales. Además, sectores económicos vulnerables, especialmente aquellos vinculados a la economía informal, sufrieron de manera aguda las repercusiones del confinamiento.
La experiencia vivida invita a reflexionar sobre la necesidad de políticas públicas inclusivas que puedan mitigar estas desigualdades y promover un equilibrio entre la digitalización y el mantenimiento de espacios de encuentro y solidaridad. A medida que se consolidan nuevos modelos laborales y educativos, el desafío consiste en aprovechar los avances tecnológicos sin perder de vista la importancia de la interacción humana y el tejido social que sostiene a la comunidad. ///
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