¿La tercera?
La guerra que conmociona al mundo forma parte de una estrategia estadounidense de erosión progresiva del bloque oriental
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Por Facundo Florentín
Para Ecos Diarios
Algunos teóricos, como Robert Gilpin, se refieren a las guerras hegemónicas como aquellas que modifican el sistema internacional, es decir, la distribución de poder dentro de ese sistema.
Desde la caída de la Unión Soviética en 1989 hasta 2016, año en que Donald Trump inició la primera guerra comercial con China, Estados Unidos fue la principal potencia militar del mundo. Sin embargo, su economía, erosionada por los principios liberales de libre movilidad de capitales, inversión y apertura de mercados —que el propio Estados Unidos promovió durante el período neoliberal— terminó cavando, en parte, su propia derrota económica frente a China.
Muchísimas empresas trasladaron sus fábricas hacia regiones con menores costos laborales y mercados de consumo más amplios, principalmente China y el sudeste asiático.
Esto, sumado a la enorme eficiencia política del Estado chino para dirigir y desarrollar su economía, convirtió a China en un coloso económico difícil de detener.
Ambas potencias iniciaron su contienda en 2016, y durante 2025 Trump reavivó la guerra arancelaria y comercial contra el gigante asiático.
En el plano militar, China ha venido fortaleciendo su alianza con Rusia mediante intercambio tecnológico y ejercicios conjuntos, como el Vostok, realizado hasta 2022 cuando comenzo la invasion a Ucrania
Irán completa el tridente militar-económico del bloque oriental. Se trata de una potencia nuclear con capacidad de destruir varias ciudades europeas y de bombardear simultáneamente hasta nueve países de la región, como lo ha demostrado recientemente.
Además, abastece aproximadamente el 15% del petróleo que consume China. Si bien el gigante asiático ha intentado reducir su dependencia energética de Irán mediante oleoductos provenientes de Rusia, estos solo cubren alrededor del 20% de su demanda.
Rusia, por su parte, ha perdido dos aliados estratégicos: Venezuela, tras la caída de Maduro, y Siria, luego del colapso del régimen el año pasado. A ello se suma la prolongada y desgastante guerra en Ucrania, que el gobierno de Putin libra contra Occidente.
¿Estamos ante la Tercera Guerra Mundial? ¿Ya comenzó? ¿Se trata de una guerra hegemónica que resolverá definitivamente la disputa entre Estados Unidos y China?
¿Estamos ante las puertas de un cambio definitivo del orden internacional?
Las respuestas las dará la historia. Sin embargo, lo que sí puede observarse es una estrategia estadounidense sumamente inteligente de erosión progresiva del bloque oriental —integrado por China, Rusia, Irán, Corea del Norte, Venezuela y Cuba—.
La estrategia estadounidense
Trump inició su movimiento de la siguiente manera: en lugar de librar una guerra abierta contra los enemigos de Occidente, comenzó una partida de ajedrez lenta, capturando pieza por pieza.
Ucrania fue utilizada como instrumento para desgastar a Rusia. Las últimas imágenes del frente muestran soldados rusos montando a caballo ante la escasez de vehículos. Se han identificado tropas mercenarias provenientes de países pobres de África. El frente permanece relativamente estático, sin avances significativos ni un vencedor claro. Se asemeja, en muchos aspectos, a la Primera Guerra Mundial: disputa de metros de trincheras durante meses, pero combinada con elementos contemporáneos como drones, inteligencia artificial y ciberataques.
El punto central es que Rusia, más allá de la narrativa oficial, no logró vencer a Ucrania ni a sus aliados. Se embarcó en un conflicto de desgaste y drenaje de recursos que, sin dudas, benefició estratégicamente a Estados Unidos.
Desde febrero de 2022 comenzó ese desgaste. En julio de 2025 cayó Siria, su principal bastión en Medio Oriente. En diciembre de 2025 perdió Venezuela, sin poder responder militarmente en defensa de ninguno de sus aliados, limitándose a pronunciamientos diplomáticos. Como señala el antiguo adagio, el poder “se sienta en la espada”, y la realidad es que Rusia no pudo responder militarmente a las acciones estadounidenses contra sus socios estratégicos.
Así, Rusia fue perdiendo primero una pierna, luego un brazo, y resta observar si ahora perderá otra extremidad con Irán.
Irán
Tras neutralizar a Venezuela, Siria y, en cierta medida, debilitar a Rusia, Trump avanzó sobre una pieza mayor: Irán.
Un estado con capacidad nuclear muy superior a las de otros adversarios de Occidente. El propio Rafael Grossi, presidente de la OIEA, declaró que nunca pudo realizar plenamente su tarea de inspección sobre el programa nuclear iraní debido a la falta de cooperación.
Bajo el argumento de frenar el desarrollo nuclear iraní y derrocar al régimen de los ayatolás —acusado de financiar organizaciones terroristas que operan en diversas regiones del mundo— Trump, con el apoyo de Israel, lanzó la operación “Furia Épica”, eliminando al ayatolá Ali Jamenei y a su círculo cercano.
Paradójicamente, la oficina desde la cual operaba se encontraba en la calle Pasteur, en Teherán. En Buenos Aires, en la calle Pasteur, se encontraba la AMIA.
Lo que Trump esperaba era que, tras la muerte de Jamenei, el pueblo iraní tomara el poder y se estableciera una democracia liberal que garantizara libertades individuales y derechos para las mujeres musulmanas.
Lo que ocurrió fue distinto: asumió el hijo de Jamenei, se radicalizó la cúpula del gobierno iraní y se produjo una escalada bélica sin precedentes. Drones iraníes explotaron en Chipre y, el 4 de marzo de 2026, un misil iraní impactó en Turquía, miembro de la OTAN.
China se pronunció en favor de Irán y declaró que colaboraría en su defensa. La incógnita es de qué manera lo hará.
La cuestión religiosa
Esta guerra no solo apunta a limitar el desarrollo nuclear iraní o a estrangular la economía china encareciendo y controlando su abastecimiento energético. También posee un componente religioso.
Existen sectores del mundo islámico que mantienen un profundo resentimiento hacia Occidente. Medio Oriente fue víctima del imperialismo británico y francés en el siglo XIX y posteriormente del intervencionismo estadounidense y la expansión territorial del Estado de Israel durante el siglo XX y comienzos del XXI. Desde esa perspectiva, millones de personas perciben a Occidente como responsable histórico de sus conflictos.
A ello se suma el fundamentalismo religioso. A través del concepto de “yihad” o guerra santa, ciertos grupos islamistas muchos de ellos financiados por Iran (Al qaeda, Hezbola, Hamas) consideran que libran una guerra contra los “enemigos de Alá”, es decir, contra todo aquello que no sea musulmán. En ese ámbito, la violencia parece no tener límites claros en el corto ni en el mediano plazo.
Europa: ni sí, ni no
El bloque europeo se encuentra en una posición incómoda.
Amenaza rusa en el este.
Inestabilidad en el sur.
Penetración de productos chinos que afectan su industria.
Dependencia energética y alimentaria de Estados Unidos.
Presión de Trump para alinearse plenamente.
A ello se suma su baja natalidad y el crecimiento de la población musulmana dentro de sus propias fronteras. Hoy, países como Francia, Alemania y España presentan porcentajes de población musulmana impensables para la Europa de 1950: Francia (7-11%), Alemania (5,5-6,6%), España (aprox. 5%) y Reino Unido (2,7-6,7%).
En los últimos días, Europa se fracturó frente a la ofensiva de Trump y Netanyahu. Francia, Bélgica, Holanda y Alemania apoyaron a Estados Unidos, facilitando bases y movilizando tropas. Francia incluso desplazó su único portaaviones desde el Báltico hacia el Mediterráneo.
Reino Unido y España, en cambio, se negaron. España sufrió la suspensión de su comercio con Estados Unidos, que en 2025 representaba exportaciones por 16.716 millones de euros (4,3% de su total). Reino Unido recibió una reprimenda pública cuando Trump declaró que su histórico aliado no había cooperado con la operación, tras negar permisos estratégicos en Diego García, en el archipiélago de Chagos.
Argentina: ¿hay que apostar?
La neutralidad le resultó costosa a Argentina durante la Segunda Guerra Mundial. Si bien el presidente Castillo ofreció ingresar al conflicto del lado aliado, Estados Unidos no respondió, en parte debido al interés británico de mantener nuestros buques de alimentos navegando sin riesgo de ataques alemanes.
Simultáneamente, Argentina comerciaba alimentos hacia la Alemania nazi mediante triangulación con Noruega.
Tras el golpe de 1943, el país se acercó a posiciones más próximas al Eje y terminó declarando la guerra a Alemania en marzo de 1945, pocos días antes del final del conflicto, bajo presión estadounidense.
Durante la presidencia de Perón, documentos del Departamento de Estado indicaban la clara orden de evitar que Argentina desarrollara su industria pesada, limitando su acceso a insumos estratégicos. La política de “tercera posición” —ni comunismo ni capitalismo—buscaba autonomía, pero el resultado histórico fue desfavorable.
No hubo Tercera Guerra Mundial. Estados Unidos boicoteó nuestro desarrollo industrial, en parte como represalia por nuestra neutralidad y falta de alineamiento automático.
Además, nuestros productos competían con los estadounidenses: carne, cuero, cereales, algodón, madera. No existía complementariedad económica como sí la había con el Reino
Unido durante el siglo XIX
Con el diario del lunes, Argentina debió haberse alineado con Estados Unidos y aprovechar el acceso a mercados e insumos para desarrollar una industria competitiva.
Eso no ocurrió. Nuestra industria dependió del proteccionismo, incrementamos la dependencia de divisas del sector agropecuario y del endeudamiento externo. El resultado: más de seis décadas de atraso económico.
Hoy la historia ofrece una nueva oportunidad. Además de alimentos y materias primas, contamos con la segunda mayor reserva de shale gas del mundo y la cuarta de petróleo no convencional en Vaca Muerta. Tenemos una población relativamente pequeña respecto de nuestro territorio y un enorme potencial de crecimiento.
Milei difícilmente opte por la neutralidad si el conflicto escala. Su alineamiento con Estados Unidos e Israel es público.
¿Es riesgoso? Sí.
Pero la neutralidad ya nos costó caro.
Si hubiera que elegir, la apuesta —según esta lógica— debería ser por Occidente. Estamos en el continente americano, y Estados Unidos difícilmente tolere un enclave pro sino-iraní en su esfera de influencia, como dejó en claro con Venezuela.
Quizás incluso pueda abrirse una oportunidad para replantear la cuestión de las Islas Malvinas en un nuevo escenario de fractura entre Trump y el Reino Unido.
El tablero parece configurarse para que tengamos que jugar en alguno de los bloques. Y la apuesta, esta vez, no sería solamente simbólica.///
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