La hoja en blanco y la pregunta de siempre
En vísperas de un nuevo Día del Periodista, una reflexión sobre el oficio, sus transformaciones, los desafíos y un interrogante que nunca desaparece es si estamos haciendo las cosas como corresponde. Entre máquinas de escribir, internet, inteligencia artificial y redes sociales, el criterio y el instinto siguen siendo el principal capital de un periodista
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Por Jorge Gómez
Para Ecos Diarios
El próximo domingo 7 de junio se volverá a celebrar el Día del Periodista. Para muchos será una fecha más dentro del calendario. Para quienes hemos dedicado casi toda la vida a esta actividad es una oportunidad para detenernos unos minutos y mirar hacia atrás, y hacia los costados.
Quien suscribe este artículo va camino a cumplir 47 años de ejercicio profesional. Fue en agosto de 1979 cuando empecé, tímidamente, a asomarme a un mundo de la comunicación y del periodismo que terminó convirtiéndose en una forma de vivir. No solamente en una ocupación. Es una manera de observar la realidad, de preguntar, de escuchar, de desconfiar, de aprender y también de equivocarse.
Cuando uno lleva casi medio siglo en esta actividad inevitablemente aparecen los recuerdos. Las viejas redacciones. Las máquinas de escribir Olivetti. Los papeles carbónicos. Los teletipos. Las radios porteñas que había que escuchar por aquí con atención para desgrabar información nacional porque todavía no existía internet. Los informativos radiales armados a las corridas. Los flashes cada media hora. Las noches largas. Las madrugadas interminables. La espera, en la gráfica, para cerrar los títulos de la jornada.
Era otro mundo.
En aquellos años, quienes en la actualidad integramos la última hilera de los periodistas ya veteranos de Necochea y Quequén -entusiastas y flechados de este lugar en el mundo- aprendimos el oficio de manera posiblemente artesanal. Ejercitamos mirando a los más grandes. Escuchando consejos. Recibiendo retos. Corrigiendo errores. Compartiendo redacciones donde convivían la experiencia y el entusiasmo juvenil.
En mi caso, el transcurrir por la redacción de Ecos Diarios fue determinante. Fue en ese lugar que me formé como profesional y también como persona. Casi veinte años de aprendizaje cotidiano.
Y en este 2026 mi nombre vuelve a imprimirse en este matutino centenario, camino en jornadas más a celebrar 105 años de vida. Antes, paralelamente y después de la experiencia gráfica intensa, estuvo la radio, esa que siempre detentó y tiene todavía esa magia incomparable de llegar de manera inmediata a la gente, de entrar en las casas, en los talleres, en los comercios, en los vehículos.
Pero el periodismo, como la sociedad, cambió. Y cambió mucho.
Nos tocó atravesar varias revoluciones tecnológicas. Primero llegaron las computadoras. Las FM. Después internet. Más tarde los teléfonos inteligentes. Las redes sociales. Los portales digitales. Los videos en tiempo real. Los streamings. Las transmisiones desde cualquier rincón del planeta. Los profesionales que dan soporte académico. Y ahora aparece un nuevo protagonista. Es la provocativa y alborotadora inteligencia artificial.
Muchos la observan con temor. Otros con entusiasmo. Prefiero verla como una más que interesante herramienta. Poderosa e incitadora.
Capaz de ordenar datos, de sintetizar información, de acelerar procesos que antes llevaban horas. Pero hay algo que todavía no puede reemplazar. Estamos hablando del criterio.
Porque el periodismo no consiste solamente en juntar información. El verdadero desafío es decidir qué testimonio tiene valor para una comunidad.
¿Dónde está la noticia? Esa pregunta sigue siendo la misma -para quien suscribe este artículo- que hace cuarenta y siete años. La alborotada y entusiasta curiosidad.
¿Dónde está la noticia? ¿Está en un despacho oficial? ¿Está en una escuela? ¿Está en un hospital? ¿Está en una institución intermedia? ¿Está en una familia que atraviesa una dificultad? ¿Está en una obra pública? ¿Está en una empresa que genera empleo? ¿Está en un conflicto? ¿Está en un logro deportivo? ¿Está en una historia humana?
La noticia sigue estando en la calle. Es propiedad de la gente, de los lectores, de los oyentes. Y es en este momento en que aparece el periodista. No para reemplazar a nadie. No para gobernar. No para administrar. No para convertirse en fiscal permanente de la vida ajena. Sino para observar, preguntar, escuchar, contrastar y contar. Con rigor. Con honestidad. Con paciencia.
Porque vivimos en una época donde la velocidad parece haber reemplazado a la reflexión. Donde la ansiedad por publicar primero muchas veces supera la necesidad de verificar. Donde la información circula de manera tan intensa que termina intoxicando tanto a quienes la producen como a quienes la consumen.
Antes un periodista terminaba su turno y se iba a su casa. Hoy la noticia, los sucesos de esta comunidad que superó los 100 mil habitantes, no duerme nunca.
El teléfono vibra a cualquier hora. Las redes sociales funcionan las veinticuatro horas.
La información aparece en tiempo real. Y, sin embargo, en medio de esa vorágine, las preguntas esenciales siguen siendo las mismas ¿Qué pasó? ¿Dónde ocurrió? ¿Cuándo ocurrió? ¿Cómo ocurrió? ¿Por qué ocurrió? ¿A quién afecta?
Las viejas preguntas del periodismo sobreviven a cualquier avance tecnológico.
También sobreviven las responsabilidades. Porque vivimos tiempos complejos. Tiempos donde las redes sociales permiten que cualquiera pueda expresarse, lo cual es saludable para una sociedad democrática. Pero también son escenarios donde circulan rumores, operaciones, desinformación y noticias falsas.
Es en este marco en que vuelve a aparecer la importancia del profesional. No porque tenga la verdad absoluta. Nadie la tiene. Sino porque tiene la obligación de buscarla. De verificar. De contrastar. De consultar fuentes. De asumir la responsabilidad de lo que publica.
El periodista duda por naturaleza. Duda de los gobiernos. Duda de las oposiciones. Duda de las estadísticas. Duda de las versiones interesadas. Duda incluso de sus propias certezas.
Esa duda permanente no es un defecto. Es una herramienta de trabajo. A veces se confunde al periodismo con la militancia. Son cosas distintas. La militancia tiene un objetivo político determinado. Es lo que aprendí y me enseñaron. Respeto a quienes franquearon ese pórtico.
El periodismo tiene una obligación diferente que consiste en informar y opinar desde convicciones propias, pero sin convertirse en empleado intelectual de ningún sector.
Eso no significa neutralidad absoluta. Significa independencia. Y la independencia, en ciudades como Necochea y Quequén, donde todos nos conocemos, suele ser más difícil que en los grandes centros urbanos. Aquí convivimos todos los días con los protagonistas de las noticias.
Con los funcionarios. Con los dirigentes. Con los comerciantes. Con los vecinos. Con quienes nos felicitan. Y con quienes nos cuestionan y ofenden. Forma parte del oficio.
Después de tantos años sigo preguntándome lo mismo (escribo en primera persona). ¿Estamos haciendo las cosas correctamente? ¿Estamos siendo útiles? ¿Estamos contribuyendo a que la comunidad comprenda mejor lo que sucede? No siempre tengo respuestas. Y tal vez esa sea una buena señal.
Porque cuando un periodista cree que ya tiene todas las respuestas, probablemente haya dejado de hacer preguntas.
Por eso, en vísperas de un nuevo Día del Periodista, la reflexión es sencilla. Agradecimiento a quienes enseñaron. Agradecimiento a quienes confiaron y aún lo hacen.
Agradecimiento y salutación a los colegas de ayer y de hoy. Y, sobre todo, agradecimiento a una comunidad que durante décadas permitió que muchos de nosotros desarrolláramos esta vocación.
El periodismo no hace rico a nadie. No garantiza aplausos. No evita críticas. Pero ofrece algo invaluable. Es la posibilidad de contar la historia cotidiana de una comunidad.
La de quienes nacen. La de quienes trabajan. La de quienes luchan. La de quienes sueñan. La de quienes gobiernan. La de quienes reclaman. La de quienes construyen. Estas páginas de Ecos Diarios son el reservorio y el depósito invaluable de nuestra sociedad. Su archivo es parte del patrimonio local.
Después de 47 años, entre máquinas de escribir, grabadores, computadoras, internet, teléfonos inteligentes e inteligencia artificial, sigo convencido de que la esencia permanece intacta. La noticia sigue estando en la gente. El persistente desafío sigue siendo encontrarla, comprenderla y contarla con la mayor honestidad posible.
Tal vez ahí resida la verdadera misión del periodismo. No en tener siempre razón. Sino en seguir preguntando.
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