Influencers se ríen de haber pateado en la cabeza a otro joven en Necochea
Con casi dos millones de seguidores, Orce Ey relató entre risas una violenta pelea en Necochea y generó fuerte repudio social
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Un video que ya acumula cerca de 300 mil visualizaciones desató una fuerte polémica en redes sociales. En él, el influencer Gabriel Orce, conocido como Orce Ey —con casi dos millones de seguidores— se muestra riendo junto a un amigo mientras relatan un episodio de violencia extrema ocurrido, según sus propios dichos, a la salida de un boliche en Necochea. Lejos de cualquier gesto de arrepentimiento, el hecho es narrado como una anécdota graciosa, casi celebrada, ante una audiencia mayoritariamente joven.
Según el testimonio que se escucha en el audio viralizado, el conflicto comenzó tras una discusión con un grupo de desconocidos que los habría increpado con insultos. La situación escaló rápidamente hasta derivar en una pelea “mano a mano” entre uno de los acompañantes de Orce —apodado “Beta”— y otro joven. El desenlace fue brutal: tras derribar a su oponente, le propinó una patada directa en la cabeza, dejándolo inconsciente en el acto. Los protagonistas comparan el golpe con un “fatality” del videojuego Mortal Kombat y relatan el episodio entre risas, mezclando una satisfacción explícita con una leve preocupación por la gravedad del resultado.
El contenido generó indignación no solo por la violencia del hecho relatado, sino por el modo liviano y burlón con el que es presentado. El video circula en un contexto especialmente sensible: ocurre a pocas semanas de la muerte de Bautista Coronel en una pelea callejera y cuando todavía resuena, a casi seis años, el crimen de Fernando Báez Sosa, que marcó a fuego la discusión social sobre la violencia juvenil en Argentina.
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Violencia real convertida en entretenimiento
Lo más alarmante no es solo la presunta agresión en sí —que, de comprobarse, podría tener consecuencias penales— sino la naturalización de la violencia como contenido de consumo masivo. Un hecho que en cualquier marco debería ser motivo de preocupación, denuncia y reflexión, es transformado en un relato humorístico, viralizable, apto para sumar reproducciones, likes y visibilidad.
En este punto se abre una discusión de fondo: ¿qué se comunica cuando una figura pública se ríe de haber dejado inconsciente a otra persona de una patada en la cabeza? ¿Qué mensaje reciben los cientos de miles de jóvenes que siguen, imitan y legitiman a estos referentes digitales?
La violencia deja de ser un límite para convertirse en un espectáculo. La agresión ya no es un problema social, sino una historia “divertida” para contar. Y la víctima, un daño colateral invisible, reducido a un elemento más del relato.
La responsabilidad de tener millones de seguidores
Gabriel Orce construyó su popularidad desde un perfil que siempre se mostró “auténtico”, alejado de imposturas, con un discurso de espontaneidad y cercanía. Justamente por eso, su llegada a millones de jóvenes lo convierte en una figura pública con un nivel de influencia que excede largamente lo individual.
Tener casi dos millones de seguidores no es solo una estadística: es capacidad de modelar conductas, de instalar valores, de legitimar prácticas. Cuando desde ese lugar se banaliza la violencia física extrema, se habilita un mensaje peligroso: que golpear, desmayar o casi matar a otro puede ser motivo de risa, orgullo y viralización.
No se trata de censura ni de moralismo. Se trata de responsabilidad social. Porque lo que se dice y se muestra en redes no queda encapsulado en una pantalla: circula, se replica, se imita, se normaliza.
Un síntoma de época
El caso no es aislado. Forma parte de un clima más amplio en el que la violencia atraviesa la vida cotidiana de muchos jóvenes: peleas a la salida de boliches, agresiones filmadas, desafíos virales, códigos de “aguante” que premian al que pega más fuerte. En ese escenario, la figura del influencer no es neutral: puede contribuir a desarmar esa lógica o a reforzarla.
Reírse de una patada en la cabeza que deja a una persona inconsciente no es un chiste. Es la trivialización de una escena que pudo haber terminado en una tragedia. Es la transformación del dolor ajeno en contenido. Es, también, un espejo incómodo de una sociedad que consume violencia con la misma rapidez con la que desliza el dedo por la pantalla.
Mientras tanto, en las calles, las consecuencias son reales. Los golpes no son virtuales. Las muertes tampoco.
La pregunta, inevitable, queda flotando: ¿qué tipo de referentes estamos construyendo para las nuevas generaciones y qué responsabilidad están dispuestos a asumir quienes hoy concentran la atención de millones?
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