Hotel Quequén: la historia del ícono turístico que estuvo a punto de desaparecer
Construido en 1895, el histórico edificio sobrevivió al cierre, al abandono y a un intento de demolición.
:format(webp):quality(40)/https://ecosdiarioscdn.eleco.com.ar/media/2026/02/hotel_quequen.jpeg)
El edificio que hoy muchos conocen como Hotel Quequén guarda una historia tan rica como poco conocida. Con más de 130 años, fue uno de los grandes íconos del turismo argentino y protagonista de una época dorada que marcó para siempre a la ciudad.
Aunque popularmente se lo llama Hotel Quequén, ese no fue su nombre original. Construido en 1895, nació como Hotel Victoria, y supo ser una joya arquitectónica y social. Contaba con el salón comedor más grande de Sudamérica, además de salones de billar, baile, lectura, recreo, confitería y hasta peluquería. En aquellos años, los huéspedes descendían a la playa en carruajes tirados por caballos y se instalaban en pequeñas casillas, que con el tiempo evolucionaron en toldos con piso de madera.
Uno de los datos más llamativos es que en el sótano del hotel funcionó la primera ruleta del país. Si bien se había solicitado autorización, nunca fue oficialmente habilitada, por lo que muy pocos sabían de su existencia. El acceso al hotel también reflejaba su exclusividad: visitantes llegaban desde distintos puntos del país en tren, un colectivo propio los trasladaba hasta el edificio y una camioneta se encargaba del equipaje.
La historia comenzó a cambiar con la construcción del puerto, que le quitó al hotel el privilegio de la vista y el acceso directo a una playa exclusiva para sus huéspedes. A comienzos de la década del 40 pasó a llamarse Hotel Balneario Quequén, y en 1969 creó su propio balneario, La Virazón, bautizado así por los cambios de viento característicos de la zona.
En 1979, la familia Suárez, por orden del propietario, debió comunicar una noticia que marcó un quiebre: el hotel cerraba sus puertas. Permaneció cerrado durante los veranos de 1980, 1981 y 1982, mientras Ecos Diarios reflejaba la creciente preocupación de la comunidad ante las intenciones de demoler el edificio.
El punto de inflexión llegó el 24 de agosto de 1982, cuando se constituyó la sociedad anónima Edificio Quequén, que arrendó el inmueble bajo una modalidad tan particular como simbólica: 700 litros de nafta especial por cada unidad ocupada por sus accionistas. En 1983, la familia Larraburu, dueña hasta ese momento, vendió el hotel a este grupo inversor integrado por turistas que veraneaban allí, quienes se autodenominaron “los doce apóstoles”.
Gracias a esa decisión, el edificio se salvó de la demolición. Hoy, los 33 departamentos pertenecen a esas familias, el lugar se conserva en excelentes condiciones, aunque no está abierto al público. Un patrimonio histórico que sigue en pie, silencioso, como testigo de una época en la que Quequén fue sinónimo de lujo, turismo y visión de futuro.
Para comentar, debés estar registradoPor favor, iniciá sesión