Figuritas, herencia cultural
Más que un juego, las figuritas son un ritual cultural que reúne generaciones, transmite pasiones y convierte el intercambio en un espacio de encuentro colectivo.
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En Argentina, pocas cosas logran atravesar generaciones con la naturalidad de las figuritas. No importa el paso del tiempo, ni los cambios tecnológicos: cada cuatro años, con la llegada de un nuevo Mundial, se reactiva un ritual que mezcla nostalgia, juego y encuentro. En Necochea, esa escena se repite en kioscos, veredas y también en espacios culturales, donde el intercambio vuelve a poner en valor algo más profundo que el simple hecho de completar un álbum.
Para los kiosqueros, el fenómeno tiene una dimensión que va más allá de lo simbólico. Ernesto Acuña, presidente de la asociación de kiosqueros de la República Argentina, lo explica desde la experiencia cotidiana: “cada 4 años tenemos la fecha más importante comercialmente, que es el lanzamiento de figuritas, donde hacemos una diferencia para salvar el año”. La expectativa se renueva con cada edición, en un movimiento que combina lo económico con lo emocional.
Pero el verdadero motor no está solo en la venta. Acuña señala un dato clave que ayuda a entender la vigencia del fenómeno: “es un fenómeno que viene más del padre transmitiéndoselo al hijo”. En muchos casos, la pasión no nace en los chicos, sino que baja de generación en generación. “La mayoría de las veces viene el padre, y ves que la pasión va más en el padre que en el hijo”, cuenta, graficando una postal que se repite en todo el país.
Ese vínculo intergeneracional encuentra en el kiosco un punto de encuentro. No solo para comprar, sino para quedarse, charlar y compartir. “Viene gente que vemos cada cuatro años, que no vive cerca, pero vuelve para los mundiales”, relata Acuña, describiendo cómo las figuritas generan una especie de comunidad cíclica que se reactiva con cada torneo.
A la lógica del azar —abrir un paquete sin saber qué vendrá— se suma la paciencia y el intercambio. En algunos casos, incluso, el trabajo detrás del mostrador se vuelve casi artesanal: “abro los paquetes, voy poniendo cada una, las selecciono y las ordeno… si no te gusta, no lo podés hacer”, admite, dejando ver que detrás del negocio hay también una pasión personal.
En Necochea, ese espíritu encuentra eco en espacios como el Centro Cultural y Biblioteca Popular Andrés Ferreyra, donde la práctica se resignifica desde lo social. Su director, Alberto Franco, pone el foco en el valor colectivo: “nos proponemos como un lugar de encuentro de las familias, de encuentro intergeneracional”.
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Desde esa mirada, las figuritas dejan de ser un objeto para convertirse en una excusa. “Es una práctica cultural comunitaria muy arraigada en la Argentina”, señala Franco, quien destaca además el carácter inclusivo de estos espacios: “un espacio gratuito de intercambio, que cierra por todos lados”.
En tiempos donde lo digital domina gran parte de la vida cotidiana, el fenómeno de las figuritas propone algo distinto: contacto directo, negociación cara a cara, espera y sorpresa. Elementos simples que, sin embargo, sostienen una tradición viva.
Así, entre kioscos que esperan su momento cada cuatro años y espacios culturales que abren sus puertas al encuentro, las figuritas siguen ocupando un lugar único. No solo como juego, ni solo como negocio: como parte de una identidad compartida que, en Necochea y en toda Argentina, sigue pasando de mano en mano.///
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