Entre la fe del pueblo y el desafío del encuentro
La conmemoración del primer año sin el Papa Francisco evidenció algo más que memoria: mostró a un pueblo que celebra unido y a una lógica de poder que todavía no aprende a sentarse en fraternidad
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Máximo Jurcinovic (*)
Colaboración
A un año de su muerte, Luján no fue escenario de un acto, sino el lugar de una celebración. Y en esa diferencia —que puede parecer menor— se juega algo esencial del legado de Francisco. Porque un acto se organiza y se controla; una celebración, en cambio, se comparte, se habita y se vive. Eso fue lo que ocurrió: un pueblo reunido, una fe que no necesita explicación y una Iglesia que sigue de pie. Hubo pueblo y sacerdotes, familias y jóvenes. Y hubo también “mundo”. No como algo externo, sino como ese interlocutor permanente al que Francisco nunca dejó afuera. Ese cruce —a veces incómodo, a veces desconcertante— forma parte constitutiva de su legado: una Iglesia que no se repliega, sino que se anima a dialogar.
“Hacer lío”
En ese marco se comprende otra de las expresiones del aniversario: la presencia del sacerdote DJ, el padre Guilherme Peixoto. Para algunos, una provocación; para otros, algo difícil de comprender. Pero, en el fondo, fue una expresión concreta de ese “todos, todos, todos” que Francisco dejó como horizonte: una Iglesia que no selecciona a quién incluir, sino que se anima a encontrarse con la realidad tal como es. Lejos de ser un hecho aislado, formó parte de una propuesta más amplia: una experiencia que une música y palabras de Francisco, tendiendo puentes con los lenguajes actuales. Plaza llena, jóvenes y adultos reunidos, y una fe que se expresa sin moldes rígidos: también eso es “hacer lío”.
La celebración de este aniversario volvió a poner en el centro una intuición clave de su pontificado: la fe no puede quedar reducida a lo conocido ni a lo cómodo. Debe animarse a habitar nuevos espacios, incluso aquellos que generan desconcierto. No para diluirse, sino para encontrarse; para anunciar esperanza en lenguajes que puedan ser comprendidos hoy. Eso no implica perder identidad. Al contrario, supone una identidad profunda, pero no rígida: una identidad que no se defiende cerrándose, sino que se fortalece en el encuentro; que escucha, dialoga y se deja interpelar.
En esa misma línea, la celebración en Luján expresó lo que estos eventos religiosos ya venían manifestando. La homilía de monseñor Marcelo Colombo, presidente del Episcopado Argentino, logró poner en palabras una experiencia compartida: la sensación de que Francisco se extraña. “Es muy común escuchar entre nuestra gente, respecto de Francisco, que se lo extraña”, afirmó. Pero inmediatamente desarmó cualquier tentación de nostalgia paralizante: “No se trata de quedarse en el pasado, sino de reconocer que Francisco entró en nuestras vidas para quedarse”.
Lo que significó
Esa afirmación cambia todo. Porque no habla solo de recuerdo, sino de presencia: de una palabra que sigue viva, que sigue interpelando. “¡Cómo nos gustaría escucharlo hoy, en estos momentos tan duros!”, expresó Colombo. Y esa frase, tan simple, condensa una experiencia colectiva: Francisco no fue solo una figura relevante; fue una voz que amplió el horizonte, que insistió una y otra vez en la necesidad de construir un “nosotros” más grande. Siempre desde la periferia hacia el centro. Y también, hasta el final de sus días, su compromiso por la paz. No como una consigna abstracta, sino como una construcción concreta: diálogo entre sectores, encuentro entre diferencias, trabajo paciente por una sociedad más justa. Una paz exigente, que no se improvisa y que necesita de todos.
También el Papa León XIV retomó ese camino al recordar que “sus palabras y sus gestos permanecen grabados en nuestros corazones”, y al convocar a seguir adelante, evocó a Francisco como aquel que anunció la alegría del Evangelio, vivió la misericordia y promovió la fraternidad entre todos. Por eso resulta inevitable mirar con cierta preocupación lo que también ocurrió en Lujan. Mientras dentro de la Basílica se vivía una celebración cargada de sentido, trascendieron discusiones políticas, visibles e invisibles: preocupaciones por lugares, por sillas, por ubicaciones. Como si lo importante fuera ocupar un espacio y no compartir un mismo horizonte. Ahí surge una pregunta incómoda, pero necesaria: ¿somos capaces de sentarnos juntos, incluso cuando pensamos distinto? ¿Podemos vivir la fraternidad más allá de nuestras posiciones? Porque no era un acto. Era una celebración.
El argentino más trascendente
En ese contexto, la frase del presidente Javier Milei, al definir a Francisco como “el argentino más trascendente de la historia”, resuena con fuerza. No solo por lo que afirma, sino por lo que implica: debería ser un punto de partida para mirar más lejos, para salir de la lógica del enfrentamiento permanente y animarnos a construir algo en común. La celebración en Luján dejó ver algo que a veces se pierde entre discusiones: el pueblo sigue estando, la fe sigue viva, la Iglesia sigue intentando dialogar con el mundo real. No con uno ideal, sino con el que existe, con sus contradicciones y sus búsquedas.
Recordar a Francisco no alcanza. Su legado no se honra repitiendo sus palabras, sino animándose a vivirlas. Y eso implica algo profundamente exigente: construir fraternidad en serio. No solo cuando es fácil, sino precisamente cuando es difícil. Cuando hay diferencias, tensiones e intereses en juego. Tal vez, si ese camino se vuelve real, empiece a asomar una nueva cara de la Patria.///
(*) Sacerdote. Director de la Oficina de Comunicación y prensa del Episcopado Argentino
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