El Tigre del Quequén, el bandido que convirtió a la región en leyenda
La historia de Pascual Pacheco, entre el mito y la realidad, sigue ligada a los campos y cuevas del sur bonaerense
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En los paisajes abiertos del sudeste bonaerense, mucho antes de la fundación de Necochea, comenzó a tejerse una de las historias más persistentes de la tradición gauchesca: la del llamado Tigre del Quequén, un personaje que aún hoy divide miradas entre la leyenda popular y el registro histórico.
Su nombre era Pascual Felipe Pacheco. Nacido en 1828 en Buenos Aires, en la zona de Palermo, su vida estuvo marcada desde temprano por la marginalidad. Según distintas reconstrucciones históricas, fue abandonado en su infancia y creció vinculado al mundo rural, desempeñándose como peón, domador y hombre de a caballo, en una época donde la frontera entre la ley y la supervivencia era difusa.
El quiebre llegó en su juventud, tras un episodio violento en una pulpería que lo obligó a escapar. Años más tarde, en 1866, protagonizó un hecho clave: la muerte de un capataz, tras una disputa. Desde entonces quedó definitivamente fuera de la ley y comenzó una vida de persecuciones.
Fue en ese contexto donde su figura se arraigó en esta región. Durante años, Pacheco se habría movido entre los campos de Lobería, la zona costera cercana a la actual Necochea y las inmediaciones del río Quequén Salado. Distintas versiones coinciden en que utilizaba cuevas naturales como refugio, especialmente en sectores agrestes y de difícil acceso. Lugares como Pescado Castigado aparecen reiteradamente en los relatos orales y escritos.
Acompañado por su caballo y sus perros, y armado con facón, el “Tigre” logró eludir durante mucho tiempo a las partidas policiales. Su apodo no fue casual: hacía referencia tanto a su carácter como a su habilidad para moverse en terrenos hostiles.
Su captura marcó otro capítulo importante. Fue detenido por el comisario Luis Aldaz, conocido como el “gorra colorada”, una figura también destacada en la historia policial de la provincia de Buenos Aires. Pacheco fue trasladado a la Penitenciaría Nacional, donde su historia tomó un giro inesperado.
Allí entró en escena el periodista y escritor Eduardo Gutiérrez, uno de los grandes impulsores del folletín policial en la Argentina del siglo XIX. En 1880, tras entrevistarlo en prisión, publicó en el diario La Patria Argentina la novela por entregas “El Tigre del Quequén”, una obra que amplificó su figura y la proyectó al imaginario popular.
Como ocurrió con otros personajes de la época, la literatura contribuyó a difuminar los límites entre realidad y ficción. El propio Pacheco, ya en sus últimos años, reconocería esa distorsión con una frase que quedó para la historia: “Hay algo que es verdad, pero lo más es cuento”.
Esa ambigüedad es, quizás, lo que mantiene vigente su figura. Para algunos historiadores, fue un delincuente con varios crímenes en su haber. Para otros, una especie de rebelde rural, surgido en un contexto de desigualdad y violencia estructural en la campaña bonaerense.
Incluso el territorio de su leyenda sigue en discusión. La ubicación exacta de la llamada “Cueva del Tigre” ha sido motivo de debate durante décadas, con distintas versiones que la sitúan tanto en el actual distrito de Necochea como en zonas cercanas a Coronel Dorrego.
Lo concreto es que su historia quedó profundamente ligada a este paisaje. A los campos abiertos, a los cursos de agua como el Quequén y a una época en la que la frontera sur era escenario de tensiones permanentes.
Pascual Pacheco murió en 1898, en La Pampa, lejos del lugar que le dio su apodo. Sin embargo, su figura no desapareció. Sigue presente en relatos, investigaciones y en la memoria cultural de la región.
Porque más allá de los hechos comprobables, el Tigre del Quequén pertenece a ese territorio donde la historia y la tradición oral se cruzan. Y en ese cruce, Necochea y sus alrededores siguen siendo parte esencial del origen de la leyenda.
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