El resultado del agua de lluvia cuando se crece sin desagües
La expansión urbana avanza más rápido que la infraestructura. Sin pluviales, cada lluvia expone un problema estructural. El desafío ya no es climático, es de planificación, inversión y decisiones que escapan a la capacidad financiera municipal
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JORGE GOMEZ
Para Ecos Diarios
Hay problemas que no se ven… hasta que llueve. Y cuando llueve en Necochea y Quequén, el diagnóstico aparece sin anestesia dado que emergen calles anegadas, barrios aislados, vecinos que no pueden salir de sus casas y una sensación cada vez más extendida de que el crecimiento urbano fue más rápido que la capacidad de acompañarlo con obras esenciales.
El secretario de Planeamiento, Obras y Servicios Públicos, Adrián Furno, lo explica en charla con crudeza técnica, escritorio de por medio, pero también con una lógica difícil de refutar. Sin pluviales no hay solución de fondo. Todo lo demás -alteo, engranzado, mantenimiento- apenas funciona como paliativo frente a un problema estructural.
Ambas ciudades, ubicadas y lindantes al mar y al río tienen pendientes naturales. El agua, inevitablemente, busca su salida. El problema es que en vastos sectores urbanos esa salida no existe bajo tierra, que es donde debería estar. Entonces circula por superficie, se acumula en las zonas bajas y termina donde puede. Muchas veces, en la puerta de una casa o directamente dentro de ella.
Ni siquiera el casco céntrico está completamente resuelto. Sectores delimitados -como el comprendido entre calles 62 a 38 y de 75 a 53- carecen también de infraestructura pluvial. En esta área el escurrimiento depende exclusivamente de la pendiente y de la capacidad del agua de “encontrar camino”. Lo mismo ocurre en sectores de la playa. Es decir, el problema no es exclusivo de la periferia. Es estructural y transversal.
Pero es en los barrios donde la situación se vuelve más crítica. En Quequén, por ejemplo, hay múltiples zonas complejas. Desde sectores de la playa vecina donde arterias clave actúan como barreras al escurrimiento, hasta áreas céntricas y bajas donde el agua queda estancada. Existen proyectos técnicos aprobados, pero permanecen sin ejecución por falta de financiamiento.
Del lado de Necochea, barrios como Mataderos o el amplio sector de la zona Sudoeste en expansión -mirando Las Grutas y los molinos de viento- reflejan la misma lógica. Crecimiento sin infraestructura hidráulica acorde. Para estos sectores los proyectos existen, incluso con aval técnico, pero no han pasado del papel a la obra por carencia de recursos extraordinarios.
El caso más representativo es ese “triángulo” urbano que crece entre la calle 50 y las avenidas 91 y 10. Según estimaciones técnicas, solo en esa zona se necesitarían alrededor de 100 cuadras de pluviales para comenzar a ordenar el escurrimiento del agua.
Y es en este punto donde el problema deja de ser únicamente urbanístico para convertirse en económico. Hoy, una cuadra de desagüe pluvial ronda los 80 millones de pesos. No se trata de un zanjeo menor ni de una obra superficial. Son conductos troncales, de gran diámetro, pensados para conducir volúmenes importantes de agua de lluvia.
Si se proyecta una solución mínima -alrededor de 300 cuadras entre Necochea y Quequén- la cuenta es tan simple como contundente y sencilla: 300 cuadras por 80 millones de pesos son 24.000 mil millones de pesos.
Es decir, una cifra que equivale aproximadamente a un cuarto del presupuesto anual municipal, que hoy se ubica por encima de los 100.000 millones de pesos.
Traducido a términos concretos. Para encarar un plan integral de pluviales, el municipio de Necochea debería destinar durante un año entero cerca del 25% de sus recursos únicamente a este fin, dejando de lado mantenimiento urbano, salud, servicios, salarios y el resto de las obligaciones básicas. En otras palabras, es directamente inviable.
Ni siquiera mediante endeudamiento la ecuación cierra. La capacidad de crédito municipal -por ejemplos los famosos leasing- está pensada para equipamiento o inversiones acotadas, no para obras de esta magnitud. Y mucho menos en una ciudad donde una parte significativa de la población tiene dificultades incluso para sostener el pago regular de tasas.
Ahí es donde aparece la dependencia estructural de financiamiento externo. Históricamente, estas obras se realizaron con fondos nacionales o provinciales, o a través de programas específicos.
Hoy, ese respaldo es limitado o inexistente. Y cualquier alternativa -incluso créditos internacionales- requiere la intervención y aprobación de Nación o Provincia.
Mientras tanto, la ciudad sigue creciendo. Y ese crecimiento trae consigo nuevas tensiones. Antes los terrenos abiertos permitían derivar buena parte del agua. En la actualidad, con lotes cerrados, esa posibilidad desaparece. El agua queda atrapada en calles y cunetas, agravando los anegamientos.
A esto se suma un cambio evidente en el régimen de lluvias. De promedios históricos de 700 milímetros anuales -La Niña- se pasó a registros cercanos o superiores a los 1.100 milímetros, como ocurrió el año pasado -El Niño-. En lo que va de este año, el promedio mensual ronda los 100 milímetros. Con napas altas, la infiltración disminuye y el agua queda en superficie.
En ese contexto, la discusión sobre la planificación urbana se vuelve inevitable. Durante décadas, la ciudad de Necochea -por citar la cabecera del distrito- se expandió sin una correspondencia directa con la infraestructura básica. Se construyó donde se pudo, donde se compró, donde se ocupó. Y aunque las normativas existen, en la práctica es muy difícil frenar ese proceso. Ni hablar de Quequén, dado que su traspaso del partido de Lobería al nuestro, en 1979, se llevó a cabo sin la afectación de recursos.
El resultado de todo esto es una tensión permanente entre la necesidad social de acceder a la tierra y la incapacidad del Estado para garantizar servicios esenciales en todos los sectores.
La paradoja es evidente. Una ciudad de Necochea que crece, pero que al mismo tiempo profundiza sus déficits estructurales. Cada nuevo barrio sin pluviales es, en términos concretos, un problema anunciado.
Necochea y Quequén no son una excepción. Es un espejo de lo que ocurre en gran parte del país. Desarrollos urbanos incompletos, donde conviven sectores consolidados con otros que todavía esperan lo básico.
Porque, en definitiva, los pluviales no se ven. No lucen, no generan impacto inmediato. Pero sin ellos, todo lo demás falla. Y mientras no aparezca una inversión de escala -provincial, nacional o internacional- el escenario difícilmente cambie. Las lluvias seguirán llegando. El agua seguirá buscando su camino. Y Necochea y Quequén seguirán enfrentando, año tras año, el mismo dilema. Crecer no es el problema. El problema es hacerlo sin la infraestructura que ese crecimiento exige.
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