El momento del año que pide una pausa y mirar nuestro interior
Diciembre invita a hacer un balance personal sobre lo vivido, lo perdido y lo aprendido
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Con la llegada del último mes del año, muchas personas sienten la necesidad de frenar el ritmo cotidiano y mirar hacia atrás. Diciembre se convierte, casi sin proponérselo, en un tiempo de evaluación interna: revisar qué pasó en estos doce meses, qué quedó pendiente, qué cambió y qué permanece. Ese ejercicio, tan íntimo como extendido, suele generar sensaciones encontradas, entre la satisfacción por lo logrado y la frustración por lo que no fue.
Desde la psicología, se advierte que esta revisión anual no es neutra. El cierre de un ciclo activa comparaciones, expectativas sociales y mandatos personales que pueden volverse exigentes. El fin de año funciona simbólicamente como una frontera: de un lado queda lo vivido; del otro, lo que todavía promete. En ese cruce, el balance aparece como una herramienta potente, pero también como una fuente de presión emocional si se lo encara desde la autoexigencia extrema.
El psicoanalista argentino Gabriel Rolón ha señalado en distintas reflexiones públicas que las personas suelen evaluar su bienestar a partir de dos grandes ejes: los vínculos afectivos y el trabajo. Amor y trabajo, como planteaba Freud, siguen siendo pilares centrales a la hora de pensar la salud psíquica. No es casual, entonces, que al mirar el año que termina aparezcan preguntas sobre relaciones que cambiaron, proyectos laborales que avanzaron o se estancaron, y deseos que no encontraron lugar.
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Rolón también advierte que no todo lo que duele es un error ni todo lo que termina es un fracaso. Muchas experiencias que no se ajustan a lo esperado dejan aprendizajes valiosos, aunque no siempre sean reconocidos en una primera mirada. En ese sentido, el balance de fin de año no debería funcionar como una lista de éxitos y fracasos, sino como un recorrido más amplio por lo vivido, con sus luces y sus sombras.
Especialistas coinciden en que una mirada más amable permite transformar este momento en una oportunidad de cuidado personal. Reconocer avances pequeños, aceptar límites, entender contextos y soltar comparaciones ajenas ayuda a construir una lectura más justa de la propia historia reciente. Escribir, conversar o simplemente detenerse a pensar sin juzgar puede aliviar la carga emocional que muchas veces trae diciembre.
Al final, hacer un balance no es rendir cuentas ante nadie, sino escucharse. Entender qué dejó este año, qué enseñó y qué conviene no repetir puede ser el primer paso para comenzar el próximo con mayor claridad, menos culpa y una mirada más honesta sobre uno mismo.///
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