El interminable escollo de construir acuerdos
Necochea atraviesa más de cuatro décadas de democracia con alternancia política, crisis institucionales y tensiones permanentes entre oficialismos y oposiciones. Pero detrás de cada coyuntura aparece un interrogante más profundo ¿La dirigencia logrará en algún momento construir una idea común de comunidad y de futuro?
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Por Jorge Gómez
Para Ecos Diarios
Después de casi 43 años de democracia ininterrumpida uno de los fenómenos más notorios de la vida política de Necochea no es solamente la alternancia de gobiernos, los cambios partidarios o las crisis económicas recurrentes. El dato más persistente parece ser la enorme dificultad de la dirigencia para encontrar acuerdos básicos que permitan construir una idea compartida de distrito y de futuro. Aquella y la actual carecen de un croquis consensuado y respaldado por esa impalpable mayoría social.
La tensión constante -mirando la película democrática originada en diciembre de 1983- entre oficialismo y oposición terminó convirtiéndose en una marca registrada de la política local.
Diferencias que muchas veces nacen en la lógica partidaria o electoral terminan trasladándose al plano institucional y, finalmente, impactan sobre una sociedad que observa, cuestiona, reclama y descree.
Es la que tampoco logra visualizar con claridad hacia dónde se dirige Necochea ni cuáles son los objetivos colectivos que deberían unirla más allá de las ideologías, tanto en fases moderadas como en ciclos de dificultad.
El distrito tiene perfiles económicos definidos. El campo articulado con el puerto, el turismo, el comercio, los servicios y las pequeñas y medianas empresas forman parte de una identidad productiva reconocible. Sin embargo, esa identidad económica nunca terminó de consolidarse como un proyecto político común y regular en el tiempo.
La historia democrática muestra una sucesión de tensiones y dificultades para construir fértiles consensos. Desde Domingo Taraborelli hasta Arturo Rojas, pasando por gobiernos radicales, peronistas, vecinalistas y distintos frentes electorales, la sensación es que muchas veces ha predominado más la confrontación que la búsqueda de coincidencias estratégicas.
Taraborelli (PJ), por ejemplo y como casual referencia histórica, representaba una vieja lógica política basada en el diálogo reservado. Buscaba acuerdos silenciosos -por citar- con dirigentes opositores como Santiago Doumecq Mileiu (UCR) para avanzar en determinados temas dentro del Concejo Deliberante. Había diferencias, pero también cierta comprensión de que la gobernabilidad requería puentes.
Aun así, la democracia local arrastró episodios traumáticos. Necochea tuvo dos intendentes destituidos, Alfredo Vidal y Horacio Tellechea. Más allá de las razones y el contenido de cada juicio político, esas situaciones dejaron heridas institucionales profundas y deterioraron la confianza colectiva en los organismos democráticos del distrito.
Porque el municipio es el primer Estado al que recurre el vecino. Es al que se le reclama por calles, seguridad, salud, empleo, residuos o transporte. Pero al mismo tiempo es el Estado más débil en términos económicos, dependiente de la coparticipación provincial, de los actualmente inexistentes aportes nacionales y de una recaudación local condicionada por la realidad económica.
En contextos de recesión y caída de la actividad, las demandas sociales aumentan mientras los recursos escasean. Y si además la Nación se retira progresivamente de la cooperación con los municipios la tirantez se profundiza todavía más.
Sin embargo, aun contemplando esas limitaciones, el problema de fondo sigue siendo político. O quizás algo más profundo todavía. La posiblemente probada dificultad de la democracia municipal para obrar sanos pactos que le den sentido y dirección a la comunidad.
Porque la discusión ya no pasa solamente por si un gobierno administra mejor o peor. También aparece otra pregunta incómoda, que consiste en saber si la sociedad todavía siente que el sistema democrático local le sirve para resolver sus problemas cotidianos, tanto en épocas de bonanza como en tiempos de crisis. De todas las organizaciones institucionales democráticas se entiende que las comunas son el eslabón más débil a la hora de sumar recursos.
La baja participación electoral observada en los últimos años parece reflejar parte de esa erosión. Hay ciudadanos que empiezan a desentenderse del acto de votar, no necesariamente porque rechacen la democracia, sino porque sienten que muchas veces terminan eligiendo administradores de urgencias antes que dirigentes avezados -de un lado y del otro del tablero político- en el arte de proyectar un rumbo colectivo
Eso no significa idealizar el pasado que se parió en la primavera del ’83, ni afirmar que antes todo funcionaba mejor. Simboliza advertir que el sistema estatal tiende a crujir cuando pierde capacidad de interpretar la época, de generar confianza y de construir acuerdos mínimos sobre prioridades comunes.
En la actualidad, Arturo Rojas transita su segundo mandato consecutivo. Más allá de las valoraciones positivas o negativas sobre su gestión, el problema de fondo permanece incólume. Necochea sigue sin encontrar una síntesis política superadora que permitiría discutir seriamente un propósito comunitario de largo plazo.
El actual Concejo Deliberante, dividido en ocho bloques sobre veinte concejales, reflejaría esa partición. La política aparece como espejo de una sociedad dispersa, donde cada sector mira la realidad desde su propia lámina.
Mientras tanto, la discusión pública se vuelve cada vez más agresiva y belicosa. Las redes sociales amplifican sospechas, enojo y descalificaciones permanentes. Oficialismos acusados de todo. Oposiciones señaladas de obstruccionistas. Dirigentes atrapados muchas veces en la lógica de la “chiquita”, incapaces de pensar más allá de la próxima elección. Es la modesta esperanza de que las egoístas e ineficaces pasiones por el poder muten hacia la serenidad de una asociación que empuje hacia un nuevo entusiasmo comunitario.
El clima nacional tampoco ayuda. La confrontación entre Javier Milei y Axel Kicillof reproduce una lógica de disputa constante que baja hacia todas las escalas del Estado. Nación contra Provincia. Y Provincia tensionada con municipios. Y en el medio quedan las comunidades intentando sobrevivir a la incertidumbre económica y social.
Sin embargo, tarde o temprano la dirigencia local deberá comprender que Necochea necesita algo más que una administración cotidiana o la crítica permanente. Requiere de un diagnóstico sustentable sobre sus posibilidades reales de desarrollo y, a partir de allí, esbozar por escrito acuerdos mínimos capaces de consolidar políticas en el tiempo.
Eso corre tanto para el actual oficialismo como para quienes aspiran a reemplazarlo. Los curalotodos e ilusionistas, favor hacerse a un lado.
Arturo Rojas todavía tiene un año y medio de gestión por delante y posiblemente el desafío de redefinir el rumbo de Nueva Necochea, más allá de los nombres propios. Pero también la oposición deberá demostrar que puede ofrecer algo más que cuestionamientos e iniciativas que muchas veces tienen la vida de un fósforo.
La sociedad empieza a demandar proyectos posibles, realizables y financieramente sustentables. Los aplausos a los embustes son para las chácharas de café. Urgen conocerse planes capaces de recuperar la confianza de un electorado cada vez más escéptico y distante.
Porque una sociedad puede convivir con diferencias. La democracia, de hecho, se nutre de ellas. El problema aparece cuando no existen acuerdos mínimos sobre hacia dónde ir, cuando cada crisis reinicia todo de cero y ninguna gestión no logra consolidar políticas de Estado duraderas.
Necochea parece vivir bajo una nubosidad política permanente, marcada por el desgaste, el escepticismo y la fragmentación. Pero debajo de esa superficie todavía persiste una expectativa silenciosa que consiste en que alguna vez la dirigencia logre abandonar la confrontación constante y construir una agenda común que trascienda nombres, partidos y coyunturas.
Porque al final, las comunidades no se sostienen solamente con elecciones. También necesitan acuerdos, horizontes y una mínima idea compartida de futuro. Y quizás esa siga siendo, después de más de cuatro décadas de democracia, la deuda política más profunda de Necochea.
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