El hospital que nunca duerme
La salud pública de Necochea se volvió, con el paso de las décadas, una de las pocas políticas de Estado sostenidas por todos los gobiernos municipales y defendidas por la propia comunidad.
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Hay estructuras del Estado que se pueden apagar por unas horas. Una oficina administrativa puede cerrar sus puertas hasta el lunes. Un expediente puede esperar. Un trámite puede demorarse. Un hospital no. La salud pública no tiene feriados, ni fines de semana largos, ni pausas. Respira, corre, sangra, opera y contiene las 24 horas del día, los siete días de la semana, durante todo el año.
Esa es quizá la primera imagen que deja la charla con la secretaria de Salud de la Municipalidad de Necochea, Andrea Perestiuk. En medio de la entrevista, el teléfono suena. Del otro lado hay un médico. Se habla de cirugías, de anestesistas, de guardias, de urgencias. La conversación se interrumpe y, al volver, queda flotando una idea poderosa, dado que mientras la ciudad discute política, tasas, luminarias o elecciones, hay un sistema enorme funcionando detrás del telón, sin detenerse jamás.
Un sistema que muchos describen como un “gran elefante”. No por torpeza ni por exceso. Por volumen. Por peso. Por lo que cuesta alimentarlo y atenderlo todos los días.
La salud pública municipal de Necochea es en la actualidad una maquinaria gigantesca. Tres hospitales en el distrito -el histórico Hospital Municipal Emilio Ferreyra, el Hospital José Irurzun de Quequén y el Hospital Néstor Cattoni de Juan N. Fernández-, doce centros de atención primaria distribuidos entre Necochea y Quequén, unidades sanitarias en el interior, postas sanitarias y cientos de trabajadores sosteniendo una red sanitaria que creció de manera permanente desde el retorno democrático.
Y creció porque la sociedad la empujó. La historia sanitaria local también explica buena parte de la Argentina contemporánea. El proceso de descentralización del sistema de salud comenzó décadas atrás, cuando el Estado nacional empezó a desprenderse de estructuras que antes financiaba y administraba directamente.
Aquella arquitectura sanitaria diseñada por Ramón Carrillo durante el primer peronismo, con fuerte centralidad nacional y expansión hospitalaria en todo el país, fue mutando con el paso del tiempo hacia sistemas cada vez más sostenidos por provincias y municipios.
En Necochea, la democracia consolidó ese camino. Desde los años ochenta hasta hoy, pasaron y transcurren gobiernos peronistas, radicales, coaliciones y vecinalistas de distinto signo político. Pero hubo algo que ninguno desmontó que es el sistema sanitario municipal. Porque la demanda nunca dejó de crecer.
La secretaria de Salud lo explica con crudeza. Antes, décadas atrás, la expectativa de vida rondaba los 55 o 60 años. Hoy supera ampliamente los 75. Eso implica más enfermedades crónicas, más diabetes, más hipertensión, más tratamientos prolongados, más demanda de medicamentos y mayor complejidad médica. Una población envejecida necesita inevitablemente más sistema sanitario.
Y además apareció otro fenómeno dado que cada crisis económica expulsa personas hacia el hospital público. Cuando cae el empleo formal, cuando se pierden obras sociales, cuando las prepagas aumentan por encima de los salarios, el mostrador del hospital recibe el impacto. La crisis se mide también en guardias saturadas.
Necochea no escapa a eso. El Hospital Ferreyra funciona muchas veces con niveles de ocupación cercanos al 100%. Las camas se llenan. Las guardias parecen “explotar” en otoño e invierno. Los accidentes de tránsito, especialmente de motociclistas sin casco ni cobertura médica, multiplican costos millonarios para el Estado municipal.
Es en este contexto en que aparece otra discusión incómoda que se viste de pregunta ¿Cuánto cuesta realmente sostener la salud pública?
Porque para el paciente el acceso es gratuito. Pero gratuito no significa gratis. Cada contribuyente de Necochea financia, directa o indirectamente, el funcionamiento de ese engranaje. Ambulancias, choferes, médicos, enfermeras, mucamas, mantenimiento, cocina, lavandería, calefacción, internet, aparatología, medicamentos, prótesis, derivaciones y guardias permanentes.
Un paciente con un infarto puede demandar en minutos drogas de millones de pesos. Una fractura grave por un accidente de moto puede requerir prótesis que superan ampliamente los 20 o 30 millones de pesos. Un tratamiento oncológico implica recursos enormes. Y aun así, el sistema sigue respondiendo.
Con tiempos imperfectos, con falencias, con demoras y con críticas -muchas veces justificadas-, pero responde.
Tal vez allí radique uno de los grandes consensos silenciosos de la sociedad necochense. Se puede discutir la atención, exigir mejoras, reclamar turnos más rápidos o mejores condiciones edilicias. Lo que casi nadie discute es la existencia misma del sistema.
Nadie pide cerrar un hospital. Nadie pide eliminar un centro de salud barrial.
Por el contrario. La comunidad históricamente empujó para ampliarlos. Cada barrio quiso su salita. Cada crecimiento urbano reclamó presencia sanitaria. Y esa presión social terminó moldeando una de las estructuras municipales más grandes y costosas de la ciudad.
En estos momentos, según datos oficiales, el sistema sanitario municipal emplea a centenares de trabajadores y realiza millones de prestaciones anuales. Desde una vacuna hasta una neurocirugía. Desde una curación ambulatoria hasta una terapia intensiva.
Y todo eso depende, fundamentalmente, del presupuesto municipal.
En este marco aparece otra de las grandes tensiones del presente. En un contexto donde el gobierno nacional se retira cada vez más de funciones tradicionales del Estado, los municipios quedan muchas veces solos frente a demandas gigantescas. La salud pública es probablemente el ejemplo más evidente.
La discusión no es ideológica cuando llega una ambulancia. La discusión deja de ser abstracta cuando un vecino necesita una prótesis, una cirugía urgente o una cama de terapia intensiva.
Por eso, detrás de las redes sociales, de las críticas coyunturales y de la lógica del enojo inmediato, existe una realidad concreta. Necochea decidió, colectivamente y a lo largo de décadas, sostener un sistema sanitario público de enorme complejidad.
Puede haber errores. Los hay. Puede haber deficiencias. También. Pero resulta difícil imaginar hoy una ciudad de más de cien mil habitantes sin esa red de contención.
Especialmente en tiempos de crisis. Porque cuando la economía se rompe, el hospital aparece como último refugio. Y entonces ese “elefante” sanitario vuelve a levantarse cada mañana. En silencio. Con médicos posiblemente agotados, enfermeras corriendo, ambulancias entrando de madrugada y teléfonos que no dejan de sonar. Como si la ciudad nunca terminara de enfermarse. Como si el hospital, en realidad, fuera el corazón oculto de Necochea.
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