El frente costero no puede seguir esperando
Necochea tiene una oportunidad que lleva más de tres décadas postergada. Decidir qué hacer con su frente marítimo. Hay tierras, antecedentes, proyectos y demanda privada. Falta decisión política y un acuerdo comunitario que permita avanzar sin destruir, pero también sin convertir la preservación en una excusa para la inmovilidad
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Por Jorge Gómez
Para Ecos Diarios
Después de una larga charla con el ingeniero civil Gustavo Galván, funcionario municipal durante más de tres décadas y protagonista de las gestiones que permitieron que la Municipalidad obtuviera el dominio de las tierras del Parque Miguel Lillo, queda una certeza. Alguna vez, y creo que ese momento debería ser ahora, Necochea tiene que tomar una decisión sobre su frente costero.
Mientras la actividad privada avanza, construye, invierte y encuentra nuevos espacios, el Estado municipal continúa mirando buena parte de su frente costero como una fotografía detenida en el tiempo. Y no es solamente una cuestión estética, sino de desarrollo.
Hacia el Noreste, rumbo al puerto, existe un sector de tierras municipales transferido por la Provincia de Buenos Aires en 1994. Galván recuerda aquella operación porque participó de las gestiones. Mensuras, Geodesia, Catastro, tasación, aceptación de la donación por el Concejo Deliberante y finalmente inscripción del dominio.
Pero ese traspaso tenía un propósito, o sea que la Municipalidad desarrollara algún proyecto, público o privado. Han pasado más de treinta años y nunca llegó. Hay, además, un dato que no debería ser menor.
Según la documentación que Galván conserva, el incumplimiento del cargo de la donación puede permitir la revocación y reversión del dominio a favor de la Provincia. No se trata simplemente de un terreno vacío. Existe un compromiso histórico que el municipio debería resolver, no para perderlo, sino para ponerlo en valor.
Esa área supera las 20 hectáreas y presenta condiciones diferentes según se mire hacia el mar o hacia la ciudad. La zona de dunas obliga a pensar cualquier intervención con cuidado. Nadie propone una urbanización agresiva. Existen alternativas compatibles con el ambiente, entre ellas construcciones livianas, paradores, servicios, gastronomía, paseos y propuestas recreativas que respeten la dinámica de la arena. No hay que elegir entre conservar y hacer. Hay que aprender a hacer conservando.
El otro gran punto aparece en el Jardín de Rocas, junto al Complejo Casino. La información aportada por Galván es contundente. El lugar está escriturado a nombre de la Municipalidad y forma parte del antiguo Lote Mar IV. La ordenanza 3110/94 desafectó ese sector del Parque y lo incorporó a la zona urbana. Son unas 6 hectáreas y, fundamentalmente, su interior es un espacio despejado, con forestación mínima.
Pero hay algo todavía más importante, dado que ya fue planificado. Hace décadas se convocó a representantes de los colegios profesionales para estudiar qué hacer. Participaron arquitectos, ingenieros, maestros mayores de obras, escribanos y martilleros. Surgió una propuesta de 6 lotes de aproximadamente media hectárea, con usos permitidos, alturas y parámetros urbanísticos definidos. La idea era venderlos mediante subasta pública, con un pacto comisorio expreso.
El comprador podía desarrollar un emprendimiento dentro de reglas claras. Debía cumplir un proyecto, determinada calidad y determinados usos. Una vez terminada la obra y verificado el cumplimiento, obtenía la plena titularidad.
¿Por qué no discutir entonces la venta de determinados sectores del frente costero, con reglas urbanísticas y ambientales extremadamente claras?
Eso no significa regalar tierras, vender el Parque ni habilitar una ocupación indiscriminada, sino determinar qué sectores pueden incorporarse al desarrollo y cuáles son intocables.
El Parque Lillo tiene una identidad que debe ser preservada. Sus sectores forestados, sus caminos y sus espacios recreativos forman parte de aquello que hace que Necochea sea Necochea. Nadie sensato propone arrasar árboles para levantar edificios.
Pero tampoco parece justo convertir cada metro cuadrado del Parque en una zona intocable, como si la única forma de protegerlo fuera impedir cualquier intervención. El propio Galván recuerda que nunca se habló de desmontar la arboleda, sino de utilizar claros existentes y generar servicios compatibles con el entorno.
La discusión no debería ser Parque sí o Parque no, sino qué Parque queremos y qué ciudad queremos alrededor de él. Cariló, Mar de las Pampas, Mar Azul y Valeria del Mar son ejemplos que los propios necochenses visitan y admiran. Uno camina entre árboles, encuentra gastronomía, cafeterías, negocios y espacios recreativos integrados al paisaje. Más de una vez un vecino de Necochea formula allí la misma pregunta ¿Por qué nosotros no tenemos algo así? La respuesta no es porque no tengamos tierra. Tampoco porque nos falte paisaje. Es porque no hemos terminado de decidir.
Nuestra frente costero necochense sigue concentrando buena parte de su actividad turística en las mismas pocas cuadras. Se embellece lo existente, aparecen concesiones, pero el frente costero continúa teniendo un límite invisible que cuesta atravesar.
Mientras tanto, la actividad privada ya cruzó esa frontera. La avenida 10 avanzó hacia el Sudoeste. La construcción se extendió. Aparecieron emprendimientos y nuevos espacios de actividad.
Por eso la discusión no puede reducirse al Jardín de Rocas o al Frente Costero Norte. Hay que pensar en prolongar corredores, conectar sectores, generar estacionamientos, sumar gastronomía y servicios, crear paseos comerciales y hacer que el frente marítimo sea un lugar para vivir durante todo el año y no solamente durante el verano.
El turismo cambió y la forma de viajar mutó. La gente permanece menos tiempo y busca experiencias. Nosotros no podemos pretender que el mundo se adapte a una ciudad que decidió quedarse quieta.
El bosque frente al mar tuvo una función histórica que es detener el avance de la arena hacia la ciudad. Pero las condiciones cambian, como mutan las tecnologías y las necesidades. No se puede gobernar una ciudad del siglo XXI con las respuestas de otra época. La pregunta es sencilla ¿Qué queremos que sea el frente costero de Necochea dentro de 20 o 30 años?
Si pretendemos seguir siendo una ciudad turística, tenemos que comportarnos como tal. No podemos mirar cómo crecen otros destinos mientras nosotros discutimos durante décadas los mismos expedientes.
Tampoco todo debe resolverse con concesiones. Hay activos estratégicos donde quizá convenga una venta, con reglas precisas, para que el capital privado haga lo que el Estado no puede o no quiere hacer. El Jardín de Rocas podría ser una prueba testigo, o sea un proyecto seleccionado mediante procedimientos transparentes, con indicadores urbanísticos definidos, alturas controladas, protección de árboles, exigencias ambientales y pautas de calidad.
Galván y otros funcionarios hicieron en su momento un trabajo administrativo enorme para que esas tierras pasaran al patrimonio municipal. Se consiguieron mensuras, escrituras, registros y ordenanzas. Después terminó una gestión y, como tantas veces ocurrió en Necochea, nadie tomó la posta. La falta de continuidad es el problema.
Necochea no requiere un plan faraónico. No necesita una escalera hasta Plutón ni un tren a 500 kilómetros por hora. Urge reglas claras, tierra disponible, seguridad jurídica, planificación y capacidad para escuchar propuestas privadas. Pero después hay que decidir.
El frente costero de Necochea no puede continuar siendo una sucesión de oportunidades perdidas. Tenemos mar, parque, playa, infraestructura y tierra. Lo que falta es perder el miedo. Hay que preservar lo que nos distingue, pero también permitir que la ciudad respire.
Este frente al maravilloso pide una decisión política y un gran acuerdo comunitario. ¿Qué queremos preservar, qué vender, qué concesionar, qué construir y hasta dónde crecer?
No hay que liquidar el Parque Miguel Lillo, sino dejar de vendernos la idea de que no se puede hacer nada en él.
A 32 años de aquella transferencia de tierras, Necochea tiene una deuda consigo misma. Quizás haya llegado el momento de saldarla.
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