El fin de una era y el comienzo de otra
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Maximiliano Caloni
Ecos Diarios
La decisión del Concejo Deliberante de aprobar el proyecto enviado por el intendente, Arturo Rojas, para realizar una subasta y vender el Complejo Casino, pareciera abrir una nueva etapa en la historia de nuestra Necochea.
Hay edificios que son símbolos, testigos, incluso, heridas abiertas cuando el paso del tiempo y la falta de políticas públicas los condenan al abandono. El Complejo Casino de Necochea es todo eso junto: una obra arquitectónica monumental, inaugurada a mediados de los años 70, un punto de referencia para generaciones de turistas y residentes, y, desde hace demasiado tiempo, un recordatorio incómodo del deterioro urbano.
Por eso, la decisión del municipio de avanzar en la subasta del predio no es un trámite administrativo: es una definición política de gran escala, un reordenamiento estratégico y una apuesta al desarrollo que podría redefinir la fisonomía del sector costero. Ya lo había intentado en el 2020, pero hoy pareciera que todo ha avanzado de mejor manera y su concreción estaría a la vuelta de la esquina.
Hablar de la venta del Casino es hablar de las últimas cuatro décadas de la ciudad. El edificio fue, durante años, un emblema del movimiento turístico. Sus explanadas, sus terrazas, la popular rambla convertida en paseo obligado y su articulación con el parque y la playa generaban un ecosistema urbano único en el país. Cuando su actividad comenzó a declinar, también se deshilachó parte del pulso económico que lo rodeaba. El cierre definitivo, el desuso, los problemas estructurales y los episodios de vandalismo fueron consolidando un paisaje que nada tenía que ver con la Necochea que los vecinos desean proyectar hacia el futuro.
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En ese sentido, la decisión de venderlo no pareciera ser un acto de desprendimiento, sino un intento de reactivación. Las inversiones que requiere el edificio -mencionadas como extraordinarias por los propios informes técnicos- están fuera del alcance de cualquier administración municipal. Es un gigante que necesita de capital privado, de planificación a largo plazo y de una lógica de desarrollo que combine lo público con lo empresarial. La venta, entonces, funciona como una herramienta para atraer inversiones y, al mismo tiempo, liberar al municipio de una carga financiera y operativa que ya no podía sostenerse.
Pero el punto clave es otro: la expectativa que puede generar. Está claro que el Casino no es un lote más. No se trata de un predio periférico ni de una estructura aislada. Es el corazón simbólico de la zona balnearia, una zona donde conviven el parque, la playa, la avenida 2 y buena parte del circuito turístico. Desarrollar ese espacio -con nuevas residencias, hotelería, propuestas comerciales, espacios culturales y servicios modernos- implica reescribir el mapa urbano. Ningún otro sector de la ciudad concentra un potencial de impacto tan directo en materia turística.
En un contexto donde la Costa atlántica compite cada vez más por atraer visitantes, la posibilidad de recuperar un faro arquitectónico como el Casino se vuelve estratégica. Con un proyecto adecuado, ese sector podría transformarse en un polo de actividad durante todo el año y no sólo en temporada. El turismo contemporáneo exige infraestructura renovada, servicios de calidad y espacios seguros y caminables. Hoy, el predio del Casino no cumple ninguna de esas condiciones. Pero puede convertirse en un motor si se lo integra en un plan de revitalización que incluya accesibilidad, conectividad, paisaje urbano, seguridad y un uso mixto que combine actividades culturales, recreativas y residenciales.
Hay quienes temen que la venta implique la pérdida de identidad. El riesgo existe si no se controla el proceso, si no se preservan los elementos patrimoniales y si no se articula un proyecto que mantenga la escala humana del entorno. Pero también es cierto que la peor pérdida es la que ya ocurrió: la de un edificio icónico deteriorado y abandonado, que dejó de cumplir cualquier función social, turística o cultural. La identidad se preserva cuando se recupera el movimiento, no cuando se conserva la ruina.
Otro punto central es el efecto multiplicador que puede generar una inversión de esa magnitud. El sector de la playa arrastra desde hace años una tensión entre su condición de destino turístico histórico y su evidente falta de renovación. Si el Casino renace con un proyecto contemporáneo, la actividad inmobiliaria podría dinamizarse, los emprendimientos gastronómicos y comerciales podrían expandirse y la ciudad podría reposicionarse en el mapa turístico de la provincia. La inversión privada -bien regulada, con exigencias claras y mecanismos de cumplimiento- no debe verse como una amenaza, sino como una oportunidad de reconstrucción de un área que ya no admite demoras.
La ordenanza, además, incorpora una variable fundamental: la obligación de destinar parte del predio al funcionamiento del Casino por al menos 20 años. De esta manera, se garantiza, si la Provincia así lo dispone, la continuidad de una actividad turística característica de la ciudad. El equilibrio entre lo patrimonial y lo moderno será una de las claves del éxito del proyecto.
La expectativa social es enorme porque el Casino no es simplemente un edificio: es un punto emocional para quienes nos visitan y también para nosotros mismos. Todos, o la gran mayoría, tenemos una foto familiar con el Casino como paisaje imponente. Representa la memoria de una ciudad que alguna vez fue referente turístico y que, en parte, perdió ese lugar. La venta no garantiza el éxito, pero sí abre la puerta para que ese sector vuelva a ser un espacio de encuentro, un punto de referencia estética y un atractivo turístico que conecte pasado y futuro.
Estamos ante una oportunidad histórica. La ciudad no siempre tiene la posibilidad de redefinir un área estratégica de este tamaño, en una ubicación tan privilegiada y con un impacto tan directo en su economía. Lo importante, ahora, será que el proceso sea transparente, que la adjudicación promueva inversiones reales y que el proyecto final respete la lógica urbanística, ambiental y social del sector.
La venta del Complejo Casino es, sobre todo, un gesto de futuro. Una ciudad que decide transformar una ruina en un motor es una ciudad que elige avanzar. Necochea tiene la oportunidad de cerrar un capítulo y empezar otro. Y eso, en tiempos de incertidumbre, ya es una noticia.
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