El árbol que une a las familias y enciende emociones compartidas
Un ritual que reúne a las familias, despierta recuerdos y crea un espacio de encuentro más allá de toda creencia.
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Armar el árbol de Navidad en las casas de todo el distrito Necochea se transforma, cada diciembre, en un ritual que trasciende cualquier creencia religiosa. Más allá del origen tradicional, el momento de desplegar las ramas, buscar los adornos y encender las luces funciona como una pausa necesaria para reunir a la familia alrededor de una tarea común. En muchos hogares, ese gesto simple se convierte en una verdadera ceremonia que marca el inicio de una temporada donde lo íntimo y lo afectivo toman protagonismo.
El armado del árbol despierta emociones diversas: recuerdos de la infancia, la presencia de quienes ya no están, risas espontáneas y una nostalgia suave que convive con la expectativa de un nuevo fin de año. Cada familia tiene su propio modo de hacerlo. Los chicos suelen disputar quién coloca la primera luz, mientras los adultos rescatan de las cajas aquellos adornos que guardan una historia. Hay quienes suman uno nuevo cada temporada, como una forma simbólica de dejar registro del camino recorrido.
En ese intercambio de miradas, decisiones y pequeñas discusiones afectuosas —si la estrella va arriba, si las luces deben quedar intermitentes o fijas, si ya está demasiado cargado— aparece el verdadero espíritu del árbol: un espacio de encuentro. Poco importa la religión o la práctica espiritual de cada hogar. Para muchos, se trata simplemente de un momento para compartir, conversar, reír y permitirse una pausa en medio de la rutina.
En Necochea, esta tradición se sostiene como un símbolo de hogar. No se arma un árbol: se construye un escenario emocional donde conviven la memoria, la ilusión y el deseo de cerrar el año con algo que conecte. La ceremonia, aunque breve, logra reforzar vínculos y generar esa sensación de “estar juntos” que, en la vorágine del día a día, a veces cuesta encontrar.
Incluso en las casas donde la Navidad no se vive desde lo religioso, el árbol cumple un rol social y afectivo. Es excusa para reunirse, para compartir un mate mientras se eligen los colores, para abrir un cajón y reencontrarse con un adorno hecho por un hijo en el jardín o con una estrella que ya acompañó muchas fiestas.
Por eso, cada diciembre, cuando los árboles iluminan nuevamente los livings de la ciudad, también encienden algo más profundo: la certeza de que los momentos simples, construidos en conjunto, son los que dejan las huellas más duraderas.///
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