Chicos sin límites, que no saben esperar y con pantallas: la preocupación de los que educan a los más pequeños
Docentes advierten sobre ansiedad, intolerancia a la frustración y falta de límites desde edades cada vez más tempranas
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Por Ian Larsen - Redacción
En estos días, el debate público vuelve una y otra vez sobre la violencia escolar, las amenazas de tiroteos y los episodios más extremos. Es lógico: conmueven, asustan, interpelan. Pero mientras la agenda se concentra en esos picos de gravedad, hay un problema más silencioso, y probablemente más extendido, que se está incubando en las aulas desde los primeros años.
“Chicos sin límites, que no reconocen autoridad, adictos a las pantallas y que no saben esperar”. La frase no pertenece a un estudio académico ni a un informe oficial: es el diagnóstico crudo que repiten docentes de primer grado, en conversaciones cotidianas, lejos de los titulares.
Lo preocupante no es solo el contenido, sino la recurrencia. No se trata de casos aislados ni de una escuela en particular. Es, según coinciden, una tendencia que se profundiza año tras año.
La escena se repite: dificultades para aceptar un “no”, reacciones desmedidas frente a la frustración, conflictos entre pares que escalan rápidamente. “¿Por qué le tiraste del pelo?”, pregunta la docente. “Porque no me escuchaba”, responde el alumno. La lógica es directa, casi instintiva: si algo no funciona como quiero, lo fuerzo.
A eso se suma un lenguaje que muchas veces no se corresponde con la edad y formas de vincularse atravesadas por la agresividad. No es que antes no existieran conflictos en la infancia, pero hoy aparecen antes, con menos mediación adulta y con menor tolerancia.
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En paralelo, hay otro factor que atraviesa todo: las pantallas. Los propios chicos lo cuentan con naturalidad. Uso intensivo de celulares, tablets o televisión, incluso hasta altas horas de la noche. El impacto no es solo en el descanso, sino en la forma en que procesan el tiempo, el estímulo y la espera. Todo es inmediato, todo está a un clic. Y cuando la realidad no responde a esa lógica, aparece la frustración.
Pero reducir el problema a los chicos sería, además de injusto, simplista. Los adultos también estamos en ese mismo ritmo: agendas cargadas, tiempos fragmentados, múltiples responsabilidades. La ansiedad no es patrimonio de la infancia; es un rasgo de época. Y los chicos, inevitablemente, la absorben.
Ahí aparece una de las claves más incómodas: los límites. Durante años, la palabra quedó asociada a rigidez, a modelos de crianza cuestionados, a una idea de autoridad que muchos quisieron dejar atrás. Sin embargo, en el aula vuelve a emerger con fuerza otra lectura: los límites no son un problema, son una necesidad.
No se trata de autoritarismo, sino de marco. De ofrecer certezas en un mundo que cambia rápido. De sostener un “no” cuando es necesario, aunque genere enojo. Porque el aprendizaje de la espera, de la frustración y del otro empieza ahí.
Los docentes lo plantean con claridad: el trabajo no puede recaer solo en la escuela. Necesita del acompañamiento de las familias. De tiempo de calidad (leer, jugar, conversar) que no puede ser reemplazado por ninguna pantalla. De coherencia entre lo que se pide en el aula y lo que se permite en casa.
Hay otro dato que suma preocupación: estos comportamientos, que históricamente se asociaban a la preadolescencia o adolescencia, etapas donde probar límites es parte del desarrollo, hoy aparecen en edades mucho más tempranas. Incluso en jardines de infantes, donde ya se empiezan a discutir estas mismas problemáticas.
No es una alarma para el pánico, pero sí para la reflexión. Porque lo que hoy se observa en primer grado no es un fenómeno aislado: es el inicio de trayectorias que, sin intervención, pueden profundizarse.
Mientras miramos, con razón, los casos extremos de violencia escolar, tal vez convenga detenerse también en estas señales cotidianas. Menos espectaculares, pero más estructurales. Menos visibles, pero más cercanas.
Ahí, en lo diario, en lo aparentemente menor, es donde empieza a jugarse buena parte del futuro.
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