Anécdotas, miedos y la lucha de los taxistas en su día
Cinco conductores hablan sobre lo más extraño que les pasó al volante, la conversación con los pasajeros y la amenaza de las aplicaciones de transporte
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Manejarse entre el tránsito, conocer la ciudad al detalle y ser, a veces, psicólogo, confidente o simplemente un acompañante silencioso es parte de la vida cotidiana de cualquier taxista. En su día, Ecos Diarios habló con cinco profesionales del volante, quienes compartieron sus historias, sus miedos y su pasión por un oficio que, aseguran, les da una libertad que ninguna otra profesión les brinda.
La libertad
Federico Norio Oba tiene pocos años frente al volante. “Llevo más o menos cuatro o cinco años trabajando como taxista. Estuve unos años como remisero y, cuando se dio la oportunidad de comprar una licencia, me pasé al taxi”, cuenta.
Para él, no hay zona vedada: “No hay barrios en los que no entre, salvo que sea un día de lluvia y la calle esté intransitable. Gente trabajadora hay en todas partes, así que entramos a todos los lugares”.
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Y aunque ha pasado por situaciones tensas, lo tiene claro: “He vivido situaciones peligrosas de intentos de robo, pero miedo no he tenido”.
En el auto, Federico es de pocas palabras. “Soy bastante tímido, así que prefiero que el pasajero vaya callado con su celular, como la mayoría hoy en día. Aunque a veces tocan personas que te van sacando charla todo el viaje; el clima es el tema de inicio en todos los pasajes”.
Sobre la competencia de las aplicaciones como Uber o Didi, no deja dudas: “No estamos de acuerdo con las aplicaciones porque vienen a sacarnos el trabajo bajando precios. Después terminan subiéndolos al mismo nivel que nosotros porque los costos no dan para menos, pero las bajan inicialmente para entrar”.
Pese a todo, elige quedarse con lo positivo: “Lo mejor de este oficio es ser tu propio jefe, manejar tus horarios y tener la libertad de moverte libremente”.
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Entre la gente
Oscar Gutiérrez, por su parte, encontró en el taxi una segunda oportunidad tras la jubilación. “Llevo pocos años en esto, unos siete. Me jubilé y, como mi jubilación es mínima, tengo que seguir trabajando”, admite.
Su anécdota más extraña ocurrió en medio de la pandemia: “Llevé a una persona que decía que era el fin del mundo, que no iba a quedar nadie, y no quiso darme su nombre porque decía que era un secreto. Hablaba de forma coherente pero estaba muy ida”.
Aunque no le teme al volante —“toda la vida fui viajante”—, sí reconoce: “Miedo a las personas puede ser, porque sube gente que ni te imaginás lo que puede hacer. Lo máximo que me ha pasado es que se bajen sin pagarme”.
Respecto a la charla con los pasajeros, asegura que el clima aparece “unas 20 o 30 veces al día”.
Y respecto a las aplicaciones: “De ninguna manera las aceptaría. Pagamos impuestos y Necochea todavía es una ciudad chica donde, salvo en verano, no hay tanta gente para compartir el trabajo. Ya nos ha bajado mucho la actividad”. Su balance es simple: “Lo mejor de ser taxista es conocer gente”.
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Constante exposición
Carlos Fabián Chatelain tiene una trayectoria más extensa. “Empecé en el taxi permanentemente desde el año 2007 cuando pude cambiar el auto, aunque ya venía haciéndolo anteriormente”.
Señaló que lo más incómodo del trabajo son los pasajeros que lo quieren tocar. En cuanto a la inseguridad y el miedo de un trabajo en el que se está todo el tiempo expuesto a desconocidos, Chatelain dijo que: “Me ha tocado escapar de situaciones donde trataron de pegarme, pero hoy está más controlado. He tenido miedo, especialmente cuando me asaltaron; fue algo imprevisto y lo tuve que pasar”.
En cuanto al vínculo con los pasajeros, afirmó que “me manejo de acuerdo al pasajero sin llegar a molestarlo. Si quiere hablar, participo, y si no, sigo callado. Trato de evitar hablar del clima a menos que me lo pregunten”.
Y sobre el posible desembarco de las apps de transporte en la ciudad, dijo que “preferiría que el sector estuviera más ordenado para que realmente no ingresen”. Con todo, valora su independencia: “Me siento bien en este oficio porque uno maneja sus tiempos y horarios. Lamentablemente la parte económica hoy no es la más agradable, pero es algo aceptado y lo seguimos manejando”.
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Siempre taxista
Abel Tito López es taxista por vocación. “Llevo más o menos 30 años en esto, desde 1994 o 1995. He cortado para hacer otras actividades, pero siempre vuelvo al taxi”. Sin anécdotas extrañas, pero con varios sustos, tiene una máxima clara: “No hay barrios prohibidos; este es un servicio público y tenemos que estar en todos lados, incluso en los llamados peligrosos, porque los vecinos no tienen la culpa”.
Para él, el contacto diario es lo esencial. “Me gusta estar en contacto cotidiano con la gente, saber qué les pasa y compartir las anécdotas y los problemas de la comunidad. Yo soy de hablar y siempre saco algún tema, aunque ya reconozco a los pasajeros que prefieren el silencio”.
“La conversación mayormente arranca con el clima”.
Sobre Uber y Didi, no guarda opinión: “Estoy lejos de estar de acuerdo con las aplicaciones; son precarización laboral y para nosotros sería un desastre. Donde han estado han destruido el transporte público”. Su frase resume un sentimiento común: “Lo mejor es el contacto con la comunidad para ir mejorando el día a día a través del diálogo”.
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Veinte años de experiencia
Por último, Nicolás Guillerón roza las dos décadas al volante. “Empecé en el 2006, así que llevo casi 20 años”.
Con humor, recuerda: “Pasan cosas curiosas, como la gente que sale despistada del Bingo, llega a su casa y se da cuenta de que se olvidó las llaves o que había venido en su propio auto, y hay que volver a llevarlos”.
“Me robaron una sola vez cuando recién arranqué porque no tenía experiencia y levantaba a cualquiera; ahora, si algo no me gusta, no freno”, explicó.
Y confirma la regla no escrita del taxista: “Todas las mañanas el tema recurrente es si va a llover”.
Su postura ante las aplicaciones es firme: “No estoy de acuerdo porque no están legalizadas y son una competencia totalmente desleal”.
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