Algo no huele bien en Necochea
La tensión entre el Ejecutivo municipal y una oposición fortalecida en el Concejo puede ser parte natural de la democracia. El problema emerge cuando la carrera electoral se adelanta y la política deja de deliberar sobre cómo gobernar un distrito para empezar a discutir solamente quién la gobernará
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Por Jorge Gómez
Para Ecos Diarios
“Algo huele mal en Dinamarca”. La frase inmortal de Hamlet suele aparecer cuando una situación empieza a mostrar más de lo que parece. No necesariamente porque exista una irregularidad ni una maniobra oculta. Muchas veces simplemente expresa otra cosa si de política se habla. Es cuando una tensión deja de ser solamente institucional y asoma a transformarse en una disputa de poder que todavía no termina de decirse del todo.
En Necochea empieza a respirarse algo de ese clima. Y la escena visible está planteada.
Por un lado, el Departamento Ejecutivo municipal local encabezado por Arturo Rojas cuestionando ordenanzas impulsadas por una oposición que en la actualidad reúne una amplia y diversa mayoría dentro del Concejo Deliberante. Del otro lado, bloques opositores sosteniendo que ejercen facultades legítimas de iniciativa política y control institucional.
En el medio aparecen vetos, la presencia de un conflicto de poderes, interpretaciones sobre facultades presupuestarias y un debate que seguramente tendrá nuevos capítulos.
Una ordenanza que fue vetada e insistida por dicha mayoría en el HCD habilitó la intervención de la Corte bonaerense, que es el único poder que se ocupa en cuanto a diferencias entre un Ejecutivo comunal y su Concejo. La aludida norma está interrumpida en su aplicación.
Otras disposiciones aparecen en una zona de tensión -vetos- que podrían desembocar en eventuales insistencias legislativas y decisiones similares del DE.
Todo eso forma parte de la democracia. Pero quizá la pregunta interesante sea otra.
¿Estamos frente a una discusión institucional o ya empezó la campaña electoral 2027?
Porque cuando la política partidaria empieza a proyectar demasiado temprano en quién podría llegar a ocupar el poder, corre el riesgo de dejar de reflexionar cómo se ejerce el mismo. Ahí empiezan los problemas.
Necochea vive una etapa política singular. El oficialismo perdió la elección legislativa local 2025 en un contexto atravesado por el fenómeno nacional de Javier Milei y su traslado a la oferta distrital de La Libertad Avanza.
Ese es un dato político. Pero también hay otro. Un comicio legislativo no releva una gestión. Y tampoco borra el hecho de que Arturo Rojas sigue siendo el dirigente con mayor centralidad dentro del escenario político necochense.
No porque no existan otros o porque no haya más que obvias aspiraciones. Sino porque sigue siendo el intendente, administrando Necochea; y porque además buena parte de las discusiones políticas continúan organizándose alrededor de sus decisiones. A favor o en contra.
Eso también merece una lectura más justa. Rojas no apareció de manera improvisada. Construyó una trayectoria política, se preparó para competir por el Ejecutivo, ganó la elección de 2019 y luego consiguió su reelección en 2023 con un sostén electoral muy significativo.
Después cada uno evaluará si aquella gestión fue excelente, buena o insuficiente.
Pero el respaldo existió. Y ese pilar electoral habla también de una parte de la sociedad que entendió que había un proyecto de administración y de ciudad. Hoy el interrogante ya no es solamente cómo terminará su segundo mandato.
También aparece otro interrogante. Más allá de si se cambia la ley bonaerense que finalmente le permitiría o no una nueva candidatura a Rojas, y ajeno a cualquier interpretación futura o modificación normativa, ¿seguirá siendo el intendente el ordenador político de su espacio luego de 2027 o comenzará otra etapa?
Todavía es temprano para descodificar ese confín. Pero mientras tanto aparece otra obligación para todos los sectores.
La oposición tiene derecho a controlar, a cuestionar, y a construir mayorías. Eso forma parte de la esencia del sistema democrático. Pero una mayoría legislativa no debería confundirse con una suerte de gobierno paralelo. Y el Ejecutivo tampoco debería interpretar toda diferencia como una casual amenaza institucional.
Porque nuestra comunidad necesita algo más que capacidad de confrontar. Requiere suficiente en el milenario arte de gobernar. Y administrar un municipio no admite amateurismo. Ese quizá sea el punto central de la imprescindible y madura discusión.
Después de más de más de cuatro décadas de democracia Necochea no está en edad de experimentar con dirigentes que descubren el Estado comunal después de ganar una elección.
No alcanza con sentarse en un café y anunciar que existe vocación para ser intendente. Menos aún con tan sólo caminar un puñado de barrios; o con tener cierta visibilidad. No alcanza con construir una posible candidatura dado que gobernar exige, por citar, preparación, equipos, conocimiento, y entender cómo funciona la administración pública municipal.
Porque administrar una comuna no es tan sólo comentarla. Hay leyes, reglamentos, normas, procedimientos, presupuesto, licitaciones, expedientes, responsabilidades, y controles.
Está conformada por una arquitectura institucional que impone límites y obligaciones. Y existe una realidad económica y financiera que suele ser menos épica que los discursos.
La Municipalidad no es una empresa privada, y tampoco es una caja sin fondo. Es un muy “pequeño” Estado que presta servicios y que además tiene una responsabilidad social enorme, por citar y entre otros, los cotidianos temas de salud, limpieza, salarios, infraestructura, desarrollo social, mantenimiento urbano, y servicios esenciales. Y gran parte de los recursos que le ingresan ya llegan comprometidos.
Además, los municipios dependen fuertemente de la coparticipación provincial y en este 2027 -como sucede desde 2024- tienen un escenario nacional con menor presencia financiera sobre el territorio.
Por eso la discusión también exige precisión. Si alguien propone replicar localmente un modelo de reducción del Estado debería explicar exactamente qué piensa reducir. Y si alguien propone ampliar presencia estatal también estaría obligado a dar cuenta de cómo piensa financiarla. Porque después aparecen las frustraciones. Y Necochea ya conoce demasiado bien ese recorrido.
La política siempre va a competir. Ese es su trabajo. Pero gobernar sigue siendo otra cosa. Quien administra tiene la obligación de mejorar su capacidad de mando, corregir errores, reconstruir expectativas y renovar el vínculo con una sociedad que cambia, reclama más y tolera menos.
Y quien aspira a reemplazar al actual oficialismo tiene una obligación igual de exigente que es demostrar que está preparado para hacerlo. No alcanza con declarar agotado un modelo, o con decir que un ciclo terminó, y que sólo es cuestión de construir una mayoría circunstancial o instalar nombres.
Toda oposición que pretenda convertirse en alternativa tiene que responder un puñado de preguntas mucho más difíciles que la crítica. ¿Qué propone? ¿Cómo piensa hacerlo? ¿Con qué equipos? ¿Con qué financiamiento? ¿Con qué prioridades? ¿Con qué conocimiento del Estado?
Porque una elección puede ganarse con clima político. Gobernar un distrito no. Regentear una comuna exige preparación. Y también se reclama algo que hoy parece escasear, o sea trabajar políticamente por acuerdos básicos para que las cuestiones estructurales de Necochea no dependan exclusivamente del calendario electoral.
Tal vez ahí esté la discusión pendiente. No solamente quién será el próximo intendente, tenga o no continuidad Arturo Rojas. Sino si la dirigencia local está dispuesta a construir un nuevo pacto político y social que permita competir sin destruir, controlar sin bloquear y gobernar sin vivir en campaña permanente.
Porque después de más de cuatro décadas de democracia Necochea ya debería poder discutir algo más ambicioso que quién ocupa el principal despacho del municipio. Debería empezar a discutir seriamente cómo democráticamente se gobierna mejor.
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