A Necochea le llegó la hora de resurgir
Durante décadas fue un faro de oportunidades en la costa atlántica argentina. Hoy parece atrapada en un círculo de desencanto y retroceso. Tal vez haya llegado el momento de que la ciudad -y su sociedad- digan “hasta aquí llegamos” y decidan reconstruir su propio destino
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Por Jorge Gómez
Fundada en 1881 en la desembocadura del río Quequén Grande, mirando al Atlántico como quien mira una promesa, Necochea nació un 12 de octubre con una geografía que parecía marcarle el destino. Río, mar, puerto, campo fértil y un posterior parque/ bosque levantado frente al mar, frente al Océano Atlántico. Pocos lugares del país reúnen semejante combinación de ventajas naturales.
Durante buena parte del siglo XX, ese destino parecía cumplirse. En las décadas del ’60 y del ’70 de la centuria pasada la ciudad vivió una etapa de expansión que todavía permanece en la memoria colectiva, tanto de quienes la vivieron como de quienes la escucharon.
El crecimiento urbano se aceleraba mientras el mundo rural comenzaba a transformarse. Familias de distintos puntos del país llegaban en aquellos tiempos a instalarse aquí, atraídas por una ciudad que ofrecía trabajo, tranquilidad y un horizonte de progreso. Un proyecto de vida que reconfiguró esta parte del país y por consecuencia generó un impulso reconocido por propios y extraños.
Los veranos -recuerdan muchos- eran multitudinarios. Los hoteles se llenaban, los teatros y espectáculos convocaban a figuras de primer nivel y planteles de equipos de fútbol de todo el país elegían estas playas para realizar sus pretemporadas. Necochea no era solamente un destino turístico. Era, se reitera, un propósito de vida.
Incluso su escala territorial se amplió. En 1979, la vecina ciudad de Quequén se incorporaba al partido de Necochea, consolidando una región urbana con puerto, producción agrícola, comercio y turismo. Había algo más que crecimiento económico. Había confianza en el futuro.
Sin embargo, con el paso de los años ese impulso comenzó a diluirse. Desde el retorno de la democracia, hasta hoy, la ciudad parece haber atravesado un proceso largo y silencioso de desgaste. Guste o no esta apreciación, y mirando desapasionadamente las conclusiones, ha sido como una flor que se ha ido marchitando. No fue un derrumbe repentino, sino una suma de pérdidas y de oportunidades desperdiciadas.
Un Complejo Casino frente al mar que terminó convertido en símbolo del abandono, hoy a la espera de la “misericordia” de la justicia. Infraestructuras que desaparecieron sin ser reemplazadas. El histórico ex Puente Ezcurra de la zona portuaria que se derrumbó en la fatídica inundación de 1980 y nunca volvió a levantarse. Instituciones varias, privadas y públicas, que fueron perdiendo fuerza. Comercios que luchan por sostenerse en un contexto económico cada vez más difícil.
Mientras tanto, la ciudad crece de manera desordenada, sin una planificación estratégica clara. Y lo que es más preocupante y posiblemente lo más penoso. Crece también una sensación de desencanto colectivo.
Muchos vecinos sienten que Necochea gira en círculos, repitiendo diagnósticos conocidos sin encontrar un rumbo. Como esos perros que corren detrás de su propia cola.
La consecuencia más profunda de ese proceso no es material. Es anímica. Una comunidad que comienza a desconfiar de sus dirigentes, de sus instituciones y, poco a poco, también de sus propias capacidades. Claro que existen excepciones, pero no son las más sino las menos.
Pero tal vez haya que mirar esta etapa con otra perspectiva. Tal vez Necochea esté tocando fondo. Y tocar fondo tiene, a veces, una virtud inesperada, porque desde allí sólo queda la posibilidad de volver a subir.
La ciudad posee activos extraordinarios. Un puerto estratégico para la producción agrícola del Sudeste bonaerense que le falta mucho pero mucho para que toque su desconocido techo. Un frente marítimo de enorme belleza. El Parque Miguel Lillo, uno de los bosques urbanos más singulares de la Argentina. Un hinterland productivo poderoso. Y una comunidad con historia, identidad y cultura del trabajo.
En otras palabras, Necochea es como tener una Ferrari de F1 guardada en un garaje y no animarse a girar la llave. Por eso quizá haya llegado el momento de decirlo sin rodeos. O sea, de decir basta. Basta de diagnósticos repetidos. Basta de conflictos estériles. Basta de improvisaciones.
¿Qué más tiene que pasar para que la sociedad reaccione? Las ciudades no se recuperan solas. Se recuperan cuando sus comunidades deciden hacerlo.
Hace falta una dirigencia política profesional, preparada, que piense más allá de la próxima elección. Hace falta un empresariado local audaz, dispuesto a asumir riesgos y a construir una burguesía moderna que invierta, genere trabajo y vuelva a creer en su propio territorio. Hace falta que las instituciones, los colegios profesionales, las instituciones terciarias y anexos universitarios, y las organizaciones sociales vuelvan a discutir un horizonte común.
Pero por encima de todo hace falta recuperar algo que ninguna obra pública puede construir. Estamos hablando del estado de ánimo colectivo. Las ciudades también viven de su autoestima.
El filósofo español José Ortega y Gasset escribió una frase que hoy parece resonar con fuerza en esta costa: “Argentinos ¡a las cosas!”. Es una exhortación simple y directa. Y traducido es dejar de lamentarse y empezar a hacer.
Echemos luz. Ese filósofo español quería decir que había una propensión de los argentinos a enredarnos en cuestiones tangenciales, irnos por las ramas de la abstracción, encarar cruzadas inútiles y desentendernos de “las cosas”, es decir, de lo concreto, de la solución de los problemas.
También lo entendía Domingo Faustino Sarmiento cuando sostenía que “los pueblos que no se educan y no se organizan terminan gobernados por la inercia”.
Tal vez esa sea la clave del momento que vive Necochea. No se trata de recuperar exactamente el brillo del pasado. Se trata de construir un nuevo brillo, adaptado a la avanzada tercera década del siglo XXI.
La geografía sigue allí. El río sigue encontrándose con el mar. Los fértiles campos de la zona agropecuaria están ahí. El puerto sigue siendo una puerta al mundo. El bosque/parque sigue respirando junto a la ciudad. Todo está.
Lo único que falta es la decisión colectiva de encender nuevamente el motor. Porque las ciudades, como las personas, también tienen momentos en los que deben mirarse al espejo y decirse algo simple pero decisivo, algo así como hasta acá llegamos. Y a partir de mañana, empezamos de nuevo.
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