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La casa del parque
Fue, sin dudas, el encargo más difícil que recibí.
No por tratarse de un caracol y un bichito de luz —he tenido clientes más extraños—, sino porque jamás se ponían de acuerdo.
Uno decía tierra. El otro decía cielo.
Y yo, arquitecto de sueños ajenos, tenía que encontrar la forma de traducir su lenguaje en ladrillos y viento.
Teo, el caracol, era terco como la piedra. Lento, sí, pero constante.
Había arrastrado su cuerpo por praderas infinitas, aprendiendo que todo llega, incluso lo que tarda.
Valiente en su quietud, noble en su paso.
Lía, la luciérnaga, era otra historia:
seguía al viento, se perdía entre los reflejos del sol,
pero siempre —siempre— regresaba con su amigo.
A su raíz.
Ella brillaba.
Él buscaba sombra.
Ella volaba.
Él se aferraba al suelo.
Y sin embargo, se querían con esa forma sincera que tiene el amor:
la que no necesita explicaciones.
Querían un hogar. No una casa: un refugio.
Un rincón tibio para los inviernos que vendrían,
una morada para cuando ya no pudieran caminar ni volar tan lejos.
Querían un lugar donde envejecer juntos,
donde los recuerdos pudieran posarse sin miedo.
Quizá por eso me eligieron.
Para que hiciera posible lo imposible:
una casa que volara bajo y caminara alto.
Que tuviera ventanas al cielo y raíces profundas.
Una casa sin certezas, pero con abrigo.
En medio de ese desafío, mientras trazaba bocetos imposibles,
me detuve a pensar en la arquitectura misma.
Tan simple y tan hermosa.
Formas que dibujan un sentido, que juegan bajo la luz.
Tapizado de civilización que alfombra la tierra.
Como la pintura que derrama su angustia en el lienzo,
la arquitectura también se derrama:
desperdigando sus ladrillos, se distiende en el seno de la urbe.
A veces se empeña en alcanzar las nubes,
y otras solo quiere esconderse de ellas.
Cruza ríos, ordena la vida, y cobija
a quien se acurruca en su regazo en las noches frías.
Nació una vez bajo las manos del primer trabajador.
Se hizo historia que no cesa.
Desafía el tiempo,
y se vuelve majestuosa incluso en el más humilde ladrillo de barro.
Pensé entonces que debía hacer lo mismo:
no una gran obra, sino una verdadera.
Una arquitectura que fuera abrazo.
Y no fue fácil.
Pero la hice.
Hoy está ahí, en el parque.
Nadie más la ve.
Solo se deja adivinar entre los árboles,
cuando la tarde cae y los suspiros se vuelven naranjas.
Brilla apenas.
Como Lía.
Permanece.
Como Teo.
Sobre el autor:
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Lisandro Dones. Arquitecto, Escritor y Sub secretario de Obras Públicas. Autor de los libros: Océano de Sueños y Cárcel de Arena. La obra que se publica es un fragmento inédito de su libro "Serendipia", el cual se encuentra en actual proceso de edición y que posiblemente vera la luz en este 2026.-
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